Aprovecho agosto para tomarme un descanso del blog y republicar algunos de mis posts más antiguos. Ya sabéis lo que pienso: en psicología (en la vida) tan importante es lo que hay que aprender, como desaprender como recordar para reforzar.
Esta semana, LA PARADOJA DE LA ACEPTACIÓN, un post que nos recuerda aquello de "lo que resistes, persiste; lo que aceptas, se transforma".
Así es.
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En anteriores posts hablé de la necesidad de aprender a vivir con emociones incómodas. Porque forman parte de la vida. Y porque incluso de emociones desagradables y dolorosas como el miedo y la tristeza se saca algo bueno, ya que que cumplen una función: el miedo protege, la tristeza es integradora.
Sin embargo, cuando trato de transmitir este aprendizaje a mis pacientes, casi siempre encuentro (y así creo que le sucede a la mayoría de las personas) una enorme resistencia a la aceptación. Y pienso que es debido a que hemos llegado a creer que:
- Aceptar es resignarse, rendirse.
- Si le damos el control a la emoción, la emoción se instalará definitivamente.
- Como somos, en gran parte, esclavos de la dictadura de la felicidad, si no nos sentimos bien todo el tiempo, "es algo terrible".
Estas tres creencias, que dominan el esquema mental social, son absolutas falacias. Por un lado, es imposible sentirse bien todo el rato: las emociones incómodas, la adversidad y el fracaso forman parte de la vida y tienen también su lado bueno.
Por otro, en la ciencia de la Psicología se ha demostrado que mientras más luchamos o tratamos de controlar nuestras emociones dolorosas, más intensas y largas se vuelven éstas.
Ésa es la paradoja de la aceptación: cuando acepto no me rindo, VENZO.
Porque de la lucha y el control nacen este tipo de pensamientos: "No quiero sentir esto, no debería estar sintiendo esto, ¿por qué me siento así?, ¿cuándo voy a dejar de sentirme así?, si me siento así no voy a conseguir lo que quiero, soy estúpido, inútil y débil por sentirme así..."
La lucha y el control se vuelven contra nosotros. A la tristeza o al miedo se les unen una serie de críticas y juicios autodestructivos, además de otras emociones dolorosas como la culpa, la frustración o la desesperación.
Resultado: me siento peor por sentirme mal. Y mi tristeza o mi miedo se agrandan y alargan. Y entonces es cuando se transforman en depresión o ansiedad.
Necesitamos superar y anular esas críticas y juicios, y alcanzar entonces un estado contemplativo a través del cual observemos la emoción como lo que es: un evento interno que simplemente está sucediendo y del que se puede extraer una información relevante y positiva.
Esto se puede conseguir a través del mindfulness: la capacidad para prestar atención plena al momento presente, sin criticarnos ni juzgarnos. Y nuestro mundo interior, por supuesto, forma parte del momento presente. Se trata, por tanto, de observar.
Recuerda: no se gana una batalla por pelear más, se gana cuando termina la pelea.
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Cuestiona todo lo que digo; la duda nos acerca más a la verdad.
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Os recuerdo que, aunque me tomaré algunos días de vacaciones en agosto, sigo haciendo terapia en Málaga y on line para el resto del mundo.
¡Y recibe este abrazo!


Un enfoque muy acertado. La paradoja de la aceptación sigue siendo uno de los puntos más difíciles de integrar porque choca directamente con la idea cultural de “controlarlo todo”. Y ahí está el problema: cuanto más intentamos controlar lo que sentimos, más nos controla eso a nosotros.
ResponderEliminarAlgo que puede complementar muy bien lo que comentas es entender que aceptar no significa pasividad, sino cambiar de estrategia. Es dejar de gastar energía en luchar contra la emoción para invertirla en comprenderla y actuar mejor. Ese matiz es clave y muchas veces se pierde.
También es interesante cómo este enfoque se está integrando cada vez más en la práctica clínica moderna. Hoy en día, acudir a un psicólogo en Toledo o en cualquier otra ciudad ya no se percibe como una debilidad, sino como una herramienta estratégica para mejorar la gestión emocional, el rendimiento y la calidad de vida.
Aceptar no es rendirse. Es dejar de pelear batallas inútiles para empezar a tomar decisiones más inteligentes. Ahí es donde empieza el verdadero cambio.