miércoles, 4 de noviembre de 2026

EL IMPACTO DE LA VIVIENDA EN LA SALUD MENTAL

El impacto que la vivienda tiene en la salud mental es evidente. La vivienda es un bien que necesitamos las personas para poder tener unas condiciones mínimas de vida. Sin esas condiciones mínimas, una buena salud integral (física, mental y emocional, relacional), se hace muy complicada.


Cuando los psicólogos y psiquiatras hablamos de salud mental, estamos hablando de un concepto condicionado por tres dimensiones: la biológica (la que tiene que ver con la genética), la psicológica (la que tiene que ver con la historia de vida de la persona y de cómo ha influido en sus procesos mentales y emocionales), y la social (el contexto en el que se desarrolla la persona). 


Se pone (a veces) demasiado el énfasis en cómo las dimensiones biológica y psicológica influyen en la aparición de trastornos psicoemocionales, pero, en mi opinión, aunque esas dimensiones son muy importantes, quizá la más importante sea la social, porque no podemos separar la historia de vida de una persona del contexto en el que ha tenido y tiene lugar esa historia, y porque la herencia genética de esa persona está también marcada por el contexto en el que se desarrollaron sus cuidadores principales.


Y para los psicólogos, particularmente, se nos hace muy difícil ayudar a alguien (aunque lo hacemos... hasta donde podemos) cuando una de las causas principales de su estrés, ansiedad o depresión es que no puede iniciar un proyecto de vida porque la vivienda es inaccesible, o porque vive asfixiado económicamente por el alto coste de su vivienda, o porque está temiendo un desahucio inminente. ¿Qué le decimos a esa persona? ¿Haz mindfulness?


Insisto: sin unas condiciones mínimas de vida, no hay salud mental (ni integral) que valga.


Sin embargo, si tú no tienes esos problemas de vivienda, ¿qué coño te importa esto a ti? ¿Verdad?


Parece que vivimos en una época particularmente individualista y, también, egoísta, donde cada vez es más difícil encontrar actitudes prosociales, es decir, actitudes que se preocupen (y ocupen) por lo ajeno: por el bien común, por la igualdad, por la cohesión social. Frente a la prosocialidad, se está imponiendo su opuesto, la antisocialidad: una falta de consideración o incluso desprecio por los derechos y los sentimientos de los demás. "Si no puedes comprarte una casa, a mí qué me cuentas, haber estudiao". O haber trabajado antes, o haber ahorrado más... O haber nacido en los 60 o 70, ¿no?, cuando, para nada, existía este desfase tan brutal que existe ahora entre ingresos y precio de la vivienda.


En los años 80, década en la que nací y en la que, por razones obvias, no podía comprarme una casa, el precio de una vivienda ocupaba entre 3 y 4 años de salario bruto íntegro. En 2026, entre 7´5 y 10 años. Solo con este dato, observamos que los ingresos y el precio de la vivienda han subido de manera muy desigual, y que el esfuerzo que hay que hacer hoy por acceder a un hogar es mucho mayor, el doble o más. "Ahorra". ¿Cuánto? Mucho más de lo que tuviste que hacerlo tú, ¿verdad?


Por supuesto, esta actitud despreciativa a los derechos ajenos o, sencillamente, al sufrimiento ajeno, no es algo generalizado. Hay muchas personas que se preocupan y/u ocupan no solo de lo suyo, también de lo que es de todos: la comunidad en la que vivimos y nos desarrollamos. Solo digo que observo un aumento de actitudes antisociales en detrimento de las actitudes prosociales que son deseables. Pero... ¿por qué son deseables?


O, preguntándolo de otra manera, ¿por qué una persona a la que le va bien ha de desear vivir en una sociedad en la que impere la prosocialidad? Si quizá a esa persona le ha ido muy bien siendo individualista y egoísta, ¿por qué vivir ahora en un contexto en el que las dinámicas nos empujen a hacer cosas no solo por el bien individual sino también por el bien común?


Por una característica de la prosocialidad que he nombrado antes: la cohesión social. Cuando hay cohesión social las personas sienten que se desarrollan en un contexto más seguro, donde hay más oportunidades para todos y también mayor resiliencia ante las crisis. La convivencia es más pacífica y se reduce la conflictividad social (por así decirlo, hay mucho más "buen rollito"). Y, por supuesto, lo anterior es clave para que también haya una mejora de la salud mental y el bienestar comunitarios. En general, las personas son más felices en comunidades en las que hay mayor cohesión social.


¿Y qué es lo que más favorece la cohesión social? La igualdad económica. ¿Y qué se está cargando la igualdad económica? Los ricos, por supuesto: la acumulación de riqueza por partes de los que más tienen y que extraen riqueza a los que menos tienen. Y eso es lo que está pasando con la vivienda, claro. Gente que tiene más y que le pide un esfuerzo demasiado elevado a gente que tiene menos para que puedan vivir entre cuatro paredes y un techo.


Y este contexto de mierda se carga la salud mental de quienes sufren el problema de la vivienda, pero también se la dificulta a los que no la sufren, porque, sencillamente, no nos estamos desarrollando en una comunidad sana.


Sino en una sociedad enferma.


Por cierto, teniendo en cuenta todo esto, no se me ocurre una invitación más sana
a ser prosocial que la de animarte a participar en la Huelga General por la vivienda del 11 de noviembre.


Por tu salud, por la de todos, por una condiciones mínimas de vida garantizadas para todos y todas, por... Coño, por un mundo mejor, y ya está.


Cuestiona todo lo que digo, la duda nos acerca más a la verdad.


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Si te gusté yo, hago terapia psicológica en consulta en Málaga y online para todo el mundo. También tengo un par de libros.


Y, con actitud prosocial por mi parte, ¡recibe este abrazo! 

miércoles, 7 de octubre de 2026

CÓMO EVITAR PONERSE A LA DEFENSIVA

 ¿Te sueles poner a la defensiva?


A veces, saltamos, ¿verdad? Sacamos las uñas, quizá antes de tiempo, o nos tomamos cosas a lo personal y, luego, nos damos cuenta de que no había razón para ello.


Cuando nos ponemos a la defensiva, generalmente, ¿qué es lo que defendemos? El honor, el orgullo, la identidad... el ego. Pero, si yo ya parto de tener una identidad fuerte y segura, no voy a tener la sensación permanente de que tengo que defenderla, porque ya se defiende por sí solita. 


Por ejemplo, si tengo un jefe excesivamente crítico y que no suele dar feedbacks positivos, no me afectará si tengo confianza en que hago bien mi trabajo. Si mis amistades no suelen mostrar agradecimiento por los detalles que suelo tener con ellos, no cambiaré mi forma de ser, ya que lo haré desde el convencimiento de que me gusta ser así, independientemente de lo que se me devuelva. Si un chico o chica me rechaza porque no me valora lo suficiente, no acabaré pensando que no soy suficiente para nadie, sino solo para él o ella, pero que no depende de mi valor, sino de lo que está buscando esa persona. 


Como vemos, hay una correlación directa entre la autoestima y el que nos resbale lo que digan y hagan los demás: si yo ya sé lo que valgo, no necesito demostrarte lo que valgo, porque yo ya lo sé, y quizá es tu problema que tú no lo sepas. Por tanto, esto nos facilitará domar nuestro ego cuando este quiere que nos pongamos en actitud defensiva. No hará falta. Defenderme de qué. No necesito demostrar, no necesito defenderme. Solo permitirme ser.


Por supuesto, esto no debe ser una licencia para la falta de autocrítica. De hecho, nuestra identidad personal no solo se defiende por sí sola cuando la tenemos fuerte y segura, también cuando no nos damos demasiada importancia a nosotros mismos. Una buena autoestima no se construye desde la base del quererse. No es quererse (o, al menos, no solo eso). Es conocerse, aceptar nuestras sombras, valorar nuestras luces y, sobre todo, tratarse bien. Así pues, tener autoestima es también aceptar que somos humanos, imperfectos, bastante pringadetes en ocasiones y... y que eso es válido también.


Ah, por último, no ponerte a la defensiva no implica siempre no defenderte. Defiendes tus derechos, necesidades y puntos de vistas, y si alguien está tratando de saltarse tus derechos, ignorar tus necesidades o menospreciar tus puntos de vistas, si tienes una autoestima sana, los defenderás, porque te valoras y ellos serán valiosos para ti, pero podrás hacerlo sin ponerte a la defensiva, desde una posición segura y tranquila, con asertividad. Y lo que no necesitarás es defender tu valía personal, porque sabrás que ella no está en juego. Con lo cual, el ego, ese que se nos hincha tanto cuando creemos que están tratando de pisotear nuestra identidad, se relajará.


A fin de cuentas, no es nuestra carga lo que piensen, digan o hagan otros. Y sí lo
es cómo reaccionamos ante ello.


Spoiler: no siempre nos sale bien. Eso también forma parte de lo pringadetes que somos. 


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viernes, 4 de septiembre de 2026

VIVIR, DE AKIRA KUROSAWA

Recientemente vi Vivir, de Akira Kurosawa, una película considerada una obra maestra y con un profundo sentido filosófico.


Atención porque ¡¡¡ALERTA SPOILER!!!


La película narra la historia de un funcionario al que le detectan una enfermedad y le dan unos seis meses de vida. La reacción del protagonista es la de quedarse en shock. Deprimido por la noticia, se va a un bar a beber y conoce a un bohemio que le descubre la vida de la noche en su ciudad: fiesta, alcohol, mujeres... Se divierte, pero no es eso lo que quiere para el tiempo que le queda de vida. Posteriormente, conoce a una joven con la que empieza una amistad. Ella es alegre, jovial, le da compañía... pero sigue sin ser lo que está buscando. Finalmente, decide volver a su trabajo pero adoptar una actitud totalmente distinta a la de antes, y ayudar con todo su esmero a un grupo de mujeres que quieren construir un parque en su barrio y a las que nadie hace caso. Cumple con su cometido. Y acaba muriendo feliz.


Vivir explora el sentido de la vida y nos propone que este se encuentra en una causa que nos trascienda a cada uno de nosotros, en una causa mayor. Es cuando nos entregamos a esa causa, cuando le encontramos el mayor sentido a vivir.


Sin embargo... yo disiento.


Recientemente me leí el libro del filósofo Jesús Zamora Bonilla, La nada nadea. Invitación al nihilismo, y, muy resumidamente, nos plantea este filósofo, y la corriente filosófica del nihilismo, que no hay ningún sentido que nos trascienda. Que el único sentido de la vida es vivirla, disfrutar de este soplo tan fugaz que es la vida en la historia del Universo.


Y estoy de acuerdo. Pero (e importante este "pero") los seres humanos NO disfrutamos solo cuando nos dedicamos a placeres ególatras como comer, beber, sexo, diversión... ni tampoco solo con los placeres intelectuales, como una conversación profunda con alguien o ver una gran obra de teatro. También cuando nos dedicamos a aportar un bien a otros (conductas altruistas) o a una causa que es ajena a nosotros (por ejemplo: hacer una acción medioambiental para dejar un mundo mejor a las generaciones posteriores).


Quizá no sea disfrute la emoción que experimentamos porque, a veces, hacer algo por los demás puede ser engorroso, pesado. Pero sí se le puede llamar satisfacción, autorrealización, plenitud... A fin de cuentas, nos sentimos bien cuando hacemos algo por otros. Y esto está más que estudiado: hay investigaciones que correlacionan las conductas altruistas con estados de bienestar y mejoras en la salud mental de las personas.


Como le pasó al protagonista de Vivir, al estar enfocados en objetivos externos, nos olvidamos de nosotros mismos, lo que equivale también a olvidarse de los problemas o miedos que suelen atormentarnos. Igualmente, nos gusta ser útiles y aportar felicidad a los demás. 


Sin embargo, ojo, no creo que por ello debamos "entregarnos" a una causa ajena a nosotros. Entregarse suena a dedicarlo todo a ello. A no dejar nada para nosotros. Y eso es un error. La clave está en hacerse el bien a uno mismo y también a los demás. Necesitamos descanso, necesitamos ocio, necesitamos relaciones... ¡necesitamos vivir y disfrutar de los placeres de la vida! Lo que trato de exponer aquí es que, dentro de esos placeres, está también el hacer cosas que sirvan a otros, no solo a nosotros mismos. 


Y no creo que haya que hacerlo por buscarle un sentido trascendental a nuestra existencia, ya que no la tiene, ¡somos un soplo de vida! Hay que hacerlo, simplemente, porque eso también es vivir. Es vivir bien. Es vivir bonito.


Y ya que vamos a estar poco tiempo aquí, mejor hacer cosas bonitas e irnos, como Kanji Watanabe, el protagonista de Vivir, con una bonita sonrisa en la cara.


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miércoles, 5 de agosto de 2026

DESDE EL TRAUMA

En el último post te daba algunas claves, tanto cognitivas como de autorregulación emocional, para ayudarte a calmar la emoción cuando la intensidad de esta se dispara. No olvidemos que las emociones no son un problema por sí mismas, sino que es, a veces, su intensidad, lo que nos abruma y provoca dolor o sufrimiento o hace que actuemos de manera impulsiva y equivocada. Pero esa intensidad se puede regular.


Bien, pues hay algo que no te conté en ese post y que, quizá, puede ser lo más útil para calmar la respuesta emocional tan intensa que estemos sintiendo: saber de dónde viene eso.


¿No te lo has preguntado nunca? ¿Por qué reaccionas emocionalmente de manera tan intensa ante ciertos estímulos y situaciones, mientras que otras personas no responden igual? Por supuesto, por tu historia. Una historia que no tiene los mismos traumas que ninguna otra persona. Pueden ser similares, en algunos casos, pero nunca 100% idénticos.


Entonces, lo que hace tu cerebro cuando percibe un estímulo (y recordemos, esos estímulos pueden ser externos, como situaciones e interacciones, o pueden ser internos, como pensamientos, emociones y sensaciones) es buscar rápidamente (en milisegundos) información con la que asociar ese estímulo para identificar si es peligroso o neutro. Si encuentra traumas o situaciones aversivas del pasado que asocia al estímulo presente, la sobre respuesta emocional ya está en marcha.


Imagínate un niño que sufrió en el pasado porque sus padres no dejaban de discutir violentamente y, ahora, en el presente, en cuanto se enfrenta a una situación de conflicto con alguien, responde entrando en pánico, o de manera agresiva, o se encierra en sí mismo y se queda días en un estado de ánimo deprimido. Su trauma se está despertando. Un trauma es una herida emocional todavía abierta.


¿Hay que cerrarla para que podamos sanar y, por ende, dejar de reaccionar emocionalmente así? Yo soy de los que piensa que no. Todos estamos traumados. Todos estamos heridos. Y vamos a seguir estándolo. Y no pasa nada. Bueno, mentira, sí que pasa: sufrimos. Pero no se trata de no sufrir. Se trata de sufrir bien. Y cuando te das cuenta de que tu sufrimiento viene de un trauma, es como si descubrieras que solo es una especie de falsa alarma, que en realidad estás sobre reaccionado a algo que tu cerebro se piensa que es muy malo pero que no lo es tanto o que, al menos, es manejable.


No necesitas sanar. No necesitas dejar de responder así (no puedes evitarlo). Solo necesitas cuidarte. Porque estás herido. Y todo herido necesita cuidados. Y es entonces, cuando entiendes que solo tienes que hacer eso, cuando la emoción se puede calmar. Porque sabe que está siendo bien atendida.


Sabe que la vas a sufrir bien.


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Si te gusté yo, te ayudo a identificar traumas y sus secuelas actuales en consulta en Málaga y online para todo el mundo. También tengo dos libros. 


¡Y recibe, como siempre, este abrazo!

martes, 7 de julio de 2026

CALMAR LA EMOCIÓN

 Sentir es normal. Hasta ahí llegamos, ¿verdad?


Sentir emociones incómodas, desagradables o dolorosas, como el miedo, el enfado o la tristeza, también es normal. To no puede ser bonito. Y, además, esas emociones están ahí para algo, cumplen alguna función.


Lo que ya no es tan normal o, mejor dicho, lo que puede provocarnos problemas (y las emociones no están ahí para provocarnos problemas) es cuando tenemos respuestas emocionales muy intensas, cuya intensidad no es adaptativa, y que pueden prolongarse en el tiempo.


Por ejemplo, lo que conocemos como estrés. El estrés es una respuesta adaptativa que se produce en el organismo y que nos prepara para afrontar ciertas demandas del entorno. No es otra cosa que una activación psicofisiológica elevada porque, si estuviéramos siempre en calma, no estaríamos lo suficientemente preparados para realizar ciertas tareas o resolver algunos problemas, ¿no?


Pero cuando el estrés es muy elevado con respecto a la demanda que lo provoca o nos mantenemos estresados cuando no toca, el organismo se resiente, y se agota, y pueden aparecer problemáticas como el burnout, la depresión o los ataques de pánico. ¿Lo ves?


Lo mismo con el enfado: ¿te has enfadado alguna vez y te has arrepentido de lo que has hecho luego o te has dado cuenta de que tu enfado había sido desproporcionado? Y con la tristeza: ¿ha hecho la intensidad (el drama) de la tristeza que lo veas todo negro y que nada tenga sentido ya?


Por eso a las emociones no hay que combatirlas. No se trata de luchar contra ellas ni de eliminarlas ni de transformarlas como primera opción (podemos cambiar lo que sentimos, sí, pero tras haber atendido antes la emoción que estábamos sintiendo en primer lugar). Se trata de aprender a regular la intensidad de las emociones cuando esa intensidad se dispara y nos provocan dolor innecesario o respuestas disfuncionales.


Y esa regulación se puede hacer de manera mental, cognitiva, con diálogo interno y cambio de pensamientos. Puedo decirme algo para ver aquello que me está estresando de otra manera, y ayudarme así a bajar un poco la guardia. Puedo relativizar aquello que ha provocado mi enfado. Puedo cuestionar tanta negatividad y tratar de enfocarme en lo positivo (siempre que este sea un ajuste realista, claro).


Pero, a veces (y creo que muchas veces) nos sentimos tan abrumados por la intensidad de la emoción que nos es imposible pensar con claridad y decirnos algo que sea útil. Por eso, hay que ir primero al cuerpo, a la emoción directamente.


Y hay dos formas principales de calmar la emoción:


1.  Relajarla. Si lo que notas es aceleración, hiperactividad, que no puedes quedarte quieto, que la emoción te empuja a actuar de manera impulsiva y desenfrenada, seguramente necesites pararte y bajar esas revoluciones. Por ejemplo, respirando lenta y profundamente. O con autoverbalizaciones relajantes. O con música de ambiente tranquilo, o con yoga o meditación. Se trata de desacelerar cuerpo y mente, que van a mil por hora, y, con otra marcha puesta, pensar de una manera más nítida y actuar de forma más controlada. Esta estrategia puede ser especialmente útil cuando estamos muy agobiados porque tenemos muchas cosas que hacer y sentimos esa presión de que no podemos con todo, o cuando la ira nos empuja a actuar sin control, de manera muy rápida, y, casi siempre, desacertada.


2. Desfogar. Si lo que notas es angustia, una tensión que te oprime, que te hace pequeñito, y te sientes bloqueado, asustado, encogido, con mucha inquietud interna, seguramente lo que necesitas entonces es ¡soltar toda esa tensión, liberarla! Puedes hacer alguna actividad física intensa, incluso en casa, moverte fuerte y rápido para "agotar" toda esa energía de más que hay en tu organismo. O puedes salir a la calle a andar rápido (normalmente, cuando se hace esto, tras un tiempo, se suele pensar con mayor claridad). Puedes cambiarte de sitio, porque a veces nos sentimos como encerrados, y, simplemente cambiado de entorno, empezamos a sentirnos mejor. Si relacionas esa tensión con el enfado, puedes desfogar soltando tacos o insultos (con la persona implicada fuera de esto, claro), o escribir muy rápido sobre todo lo que se te ocurra para soltar tu mala leche. O si lo que estás es triste, puedes llorar, por supuesto, que es de las cosas que hacemos que más liberados de tensión nos dejan.


Al final, se trata, sobre todo, de ser conscientes de que aquello que creemos que es el problema (algo externo) no lo es tanto o se puede resolver, pero que, primero, seguramente, necesitemos atender el verdadero problema principal: una respuesta emocional demasiado intensa. Nos sobre agobiamos, o nos sobre enfadamos, o nos volvemos demasiado negativos...


... pero podemos calmarlo. Y espero que este post te ayude con eso. Y si no, siempre puedes acudir a mí como tu psicoterapeuta y te enseño más sobre esto.


Cuestiona lo que digo, que la duda nos acerca más a la verdad.


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¡Y me despido de ti, por ahora, con este abrazo! 

lunes, 22 de junio de 2026

EL BUEN GUSTO Y LA SALUD MENTAL

 ¿Se puede educar en el buen gusto?


Quizá, antes de hacerse esa pregunta, habría que decir ¿Qué es el buen gusto?


Pero, en realidad, antes que esa otra pregunta, habría que preguntarse ¿Y qué es el gusto?


Y, para responder esa última pregunta (o primera, yo ya me he líao), habría que preguntarse ¿Cuál es la diferencia entre gusto y deseo?


Porque eso es lo que nos sirve para definir el gusto, ya que este es lo que gusta, lo que es agradable o, valga la redundancia, gustoso para uno. Mientras que el deseo es una fuerza psicofisiológica que activa en la búsqueda de lo que es deseoso porque es interpretado como potencialmente gustoso.


Vaya un rollo filosofal, ¿verdad? Pero tiene un sentido. Si el gusto es lo agradable para uno, y el deseo es lo que nos empuja hacia lo que es agradable, el gusto se puede educar para que el deseo se pueda manipular y, con ello, se manipulen también nuestras intenciones y acciones.


En un mundo como el de hoy, tan capitalista, tan materialista, tan superficial, tan dopaminérgico, tan todo fácil y rápido y ya, con tanta publicidad, con tantas RRSS y con tanto falso gurú guiando a tanta gente perdida (demasiada gente), tiene uno la sensación de que nuestro gusto tiene muchos malos maestros y nuestro deseo muchas malas influencias. Y que, con el gusto mal educado, el otro, el deseo, fácilmente nos empuja hacia estímulos, actividades o personas que no siempre son lo mejor.


Pero, ¿y qué es lo mejor? ¿O qué es el buen gusto? Bueno, si hemos determinado antes que el gusto es lo que me gusta porque es agradable para mí, podríamos decir que lo que es agradable para mí es bueno. Aunque... no siempre, ¿verdad? Hay veces que algo parece bueno, y luego no lo es, o lo es, pero solo en un primer término, y luego aparecen secuelas desagradables. Una comida basura puede ser muy buena en el plazo más inmediato, y, quizá, un poco después... a nuestro aparato digestivo ya no le parezca tan bueno.


Trabajar hasta altas horas en la oficina cada día puede no ser gustoso ni deseoso, ni explotar a personas a través de rentas especulativas (seguramente tenga que inventarme algún "atajo moral" para que mi conciencia pueda tolerarlo), pero el dinero que obtengo y que me va a llevar a cierto estatus socioeconómico puede que sí que sea lo gustoso y deseoso.


O, quizá, si aplicamos el pensamiento crítico, liberado de condicionamientos culturales negativos que abogan por el entretenimiento vacío, la novedad permanente, la hiperproductividad del ocio, y el materialismo en detrimento del humanismo, lleguemos a la conclusión de que aquel estatus no sea lo más gustoso ni deseoso.


Yo, desde mi propio pensamiento crítico, pienso que hoy día debemos recuperar
el buen gusto
. El gusto por lo sencillo, el gusto por lo natural, el gusto por la mesura, el gusto por la humildad, el gusto por la autenticidad, el gusto por la virtud, el gusto por la quietud y el silencio, el gusto por la pereza y por una productividad razonable y razonada, el gusto por la reflexión y por la filosofía, el gusto por la soledad como espacio para el desarrollo personal, el gusto por la cooperación como dinámica de crecimiento colectivo, el gusto por el arte como expresión de lo anticultural, el gusto de ser un antisistema como respuesta a un sistema disfuncional en el que gusto y deseo nos conducen, demasiadas veces, a la insatisfacción, al vacío y a la enfermedad mental.


Pero, insisto, este es solo mi pensamiento. No tienes por qué sentirte identificada o identificado. Sirva este texto, simplemente, para hacerte pensar sobre tu propio gusto y, quién sabe...


... quizá, también, para explorar.


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miércoles, 20 de mayo de 2026

HÁBITOS TÓXICOS Y HÁBITOS SANOS PARA NUESTRA AUTOESTIMA

La autoestima es la valoración que hacemos de nosotros mismos.


Es muy importante porque dependiendo de esa valoración, tendremos más confianza en nosotros o menos. Y la confianza da seguridad. Y la falta de confianza da miedo.


Además, de una mala autoestima se pueden derivar sentimientos como el sentimiento de inferioridad o el autorrechazo. No siento que sea lo suficiente, no siento que sea merecedor.


Normalmente, la mala autoestima proviene de experiencias chungas del pasado que provocaron que generaras creencias también chungas sobre ti mismo. Tu autopercepción y tu manera de pensarte han sido condicionadas por aquellas malas experiencias. Es decir, te ves de una forma distorsionada. Esto se puede trabajar en terapia.


Pero, independientemente de tus mierdas del pasado (que todos, por cierto, tenemos algunas), hay cosas que haces hoy día, en el presente, que pueden cuidar o intoxicar tu autoestima. Ten en cuenta que la autoestima no es inmutable, ya que esta va muy ligada al autoconcepto, y nuestro autoconcepto puede variar con el tiempo. Autoconcepto positivo = autoestima positiva. Autoconcepto negativo = autoestima negativa. 


A continuación te hago una lista de hábitos tóxicos y hábitos sanos que inciden en nuestro autoconcepto y que, por ende, envenenan o fortalecen nuestra autoestima. ¡Ahí van!


Los chungos:


- Destacar lo malo e infravalorar lo bueno.

- Compararse (cuando lo hacemos, solemos menospreciarnos).

- Ser demasiado autoexigentes. Al no llegar a tus estándares imposibles, te vas a sentir insuficiente.

- Hablarte mal (insultarte o criticarte de manera destructiva).

- Priorizar las necesidades y/o deseos de los demás siempre.


Los sanos:


- Acepta tus defectos; valora tus virtudes.

- Trata de superarte solo a ti mismo, entendiendo que nunca vas a alcanzar la perfección.

- Exígete dentro de tus posibilidades. Por tanto, reconoce tus límites y respétalos.

- Háblate como le hablarías a alguien al que intentaras ayudar: de manera amable, paciente y comprensiva, tratando de mejorar las cosas, no de empeorarlas.

- Sé consciente de tus necesidades y atiéndelas debidamente. Date tu lugar.


Como ves, la autoestima, y con ella nuestro autoconcepto y la confianza en
nosotros mismos, es algo que se puede atender y desarrollar cada día. Elige lo que es sano. Desecha lo que es tóxico. Cuídate bien y mucho.


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