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martes, 25 de octubre de 2016

LA FALSA NECESIDAD DE APROBACIÓN



Seamos honestos: nos gusta gustar.

Nos gustan los "Me gusta" de Facebook, los halagos sinceros, enterarnos de que lo que hacemos o lo que somos agrada a otras personas.

Y todo aquello que nos gusta, que nos produce placer, que es percibido por nuestro cerebro como una recompensa, tendemos a conseguirlo de nuevo. Lo deseamos, lo buscamos.

Y no pienso que haya nada malo en ello. Que cada uno busque lo que desee, mientras no haga daño a otros y a sí mismo.

Sin embargo... cuando uno cree que necesita la aprobación de los demás para vivir de una manera digna y obtener felicidad a cambio: lo más normal es que haga daños a otros y a sí mismo. Y que por tanto no consiga, para nada, felicidad.

Cuando abandonas tus principios y valores para recibir la aprobación del grupo.

Cuando agredes a otras personas porque los demás lo verán guay o cool.

Cuando sacrificas el tiempo de los que más te quieren para ganar dinero y comprar cosas con las que impresionar a gente que no conoces.

Cuando vives la vida que no tú sino otros han elegido por ti.

Cuando mostrar lo que se hace se ha vuelto más importante que vivir lo que se hace.

Cuando no te atreves a gritar de rabia, llorar por melancolía o reír como un loco, por miedo a ser juzgado.

Cuando priorizas el "qué dirán" antes que el "cómo me sentiré".

Cuando prefieres la compañía de gente con la que te sientes solo, antes que la soledad de tu propia compañía.

Cuando consigues la sonrisa de los demás, pero pierdes la sonrisa del espejo.

Todos estas situaciones se dan a través de comportamientos o actitudes dirigidas por una falsa necesidad de aprobación: la creencia errónea de pensar que si no gusto no seré feliz, y que lleva a generar dependencia o apego, que generan ansiedad y frustraciones, que finalmente provocan... Por supuesto: infelicidad.

No necesitas gustar a nadie, más que a ti mismo, 
y para gustarte a ti mismo, sólo necesitas aceptarte.

Y si te aceptas, no tendrás ningún inconveniente en ser tú misma, y siendo tú misma:

Te atreverás a equivocarte.

Te atreverás a fracasar.

Te atreverás a llevar la contraria.

Te atreverás a defender tus derechos, tu individualidad, tu libertad.

Te atreverás a hacer el ridículo.

Te atreverás a decir "te quiero" sin esperar que te lo devuelvan.

Te atreverás a exponerte ante el juicio de los demás.

Te atreverás a decepcionar, a desilusionar, a no estar a la altura.

Te atreverás a no ser siempre correcto, a nunca querer ser perfecto.

Te atreverás a ser más tú.

Y ser más uno mismo es, sin lugar a dudas, el camino del crecimiento personal. Y en ese camino encontrarás, estoy seguro de ello, muchos más momentos felices que en el camino de la falsa necesidad de aprobación.

¿Que no me crees? No me importa. No necesito tu puta aprobación de mierda.

No necesito nada de ti.

Sólo te quiero.

Abrazos. 


Nota del Autor: este post está inspirado en capítulo 1º de la 3ª temporada de Black Mirror, titulado Nosedive (Caída en Picado, en español), el cual os recomiendo mucho, mucho.

miércoles, 12 de octubre de 2016

REFLEXIONES EN UN DÍA DE LLUVIA

Particularmente, me encanta el buen tiempo, los días soleados, la playa, estar en una terraza junto a buena compañía y una cerveza bien fresca...

Pero hoy, al despertarme, he ido a la ventana, y me he puesto a observar. Y mientras observaba, he pensado: "Qué bonita la lluvia"

He sentido que realmente era hermosa, sólo que unos segundos después, mi mente siempre inquieta, demasiado inquieta a veces, me ha apartado de mi enamoramiento transitorio, y me ha susurrado: "Sí, qué bonita ahora, pero si estuvieras debajo de ella, dirías que qué mier... la lluvia".

Desde luego, no hubiera sido la primera vez que lo digo. Insultar a la hermosa lluvia.

Solemos valorar, etiquetar y clasificar todos los eventos que nos suceden como buenos o malos, mejores o peores, "me gusta" o "no me gusta" o "me beneficia" y "no me beneficia", en función del momento, las circunstancias, nuestro propio estado de ánimo y, cómo no, nuestras falsas y mezquinas necesidades ególatras.

Y lo cierto es que, independientemente de nuestras necesidades ególatras, estado de ánimo, y de las circunstancias y el momento, las cosas no son buenas ni malas ni mejores ni peores. Las cosas son. O como dijo un hombre sabio de Almáchar (pueblo de Málaga): "Lo que é, é".

Sin embargo, como un niño caprichoso que no entiende que sus padres no es que no quieran regalarle un viaje a Disneyworld sino que no pueden, nos obcecamos en no pocas ocasiones en negar que "lo que é, é", y no como nos gustaría que fuera. Y como no es como me gustaría que fuera, es "malo", y entonces debo sentirme triste. Y después (y ésta es la parte realmente chunga), como me doy cuenta de que me siento triste (porque nos damos cuenta, por supuesto), pienso que eso también está mal, muy mal, y ahí es cuando me da el bajonazo. Un bajonazo que puede incluso derivar en depresión.

Si fuéramos más capaces de sustituir la valoración, la etiquetación y la clasificación por la ACEPTACIÓN de los eventos, tanto externos como internos, que nos suceden, creo que todos seríamos un poco más sabios, como mi buen amigo el de Almáchar, y en consecuencia, más sanos y felices.

Pero es que además, la aceptación es como una luz que nos guía y nos saca de la profunda neblina de la obcecación implícita en el rechazo a la realidad. Cuando acepto, soy capaz de ver con más claridad las alternativas de las que dispongo ("¡Un día festivo y llueve!... Bueno... ¡La oportunidad perfecta para quedarme en casa y organizar un maratón de series, yuhuuu!"). Y, sobre todo, sobre todo, sobre todo, cuando acepto, soy capaz de descubrir la belleza que se esconde detrás de cada fracaso, detrás de cada adversidad, detrás de cada día de lluvia de nuestra vida.

Y no esperar a que salga el sol, como suelen decir las canciones y los poetas, para sentirnos realmente plenos, felices y en paz.


Pues de esto más o menos irá el Taller de Mindfulness en Emociones que hago este sábado 15 de Octubre en Málaga. Aprender a observar, sin juicios ni críticas ni valoraciones, y aceptar nuestras emociones dolorosas y los eventos que las generan, para darnos cuenta de que nada es bueno ni malo ni peor ni mejor, y que todo, incluido la ira, la culpa, el miedo, la vergüenza o la tristeza, ES, sin más, y por el simple hecho de ser, guarda belleza en sí.

Que tengas un hermoso día de lluvia. Un fuerte abrazo.
 

miércoles, 31 de agosto de 2016

EL PODER TRANSFORMADOR DE LAS HISTORIAS


Los que me seguís, los que me conocéis, sabréis a estas alturas que mi opinión sobre la condición humana es que las personas no somos, nos transformamos.

Somos cambio constante. Cambio que es el resultado de la confrontación entre nuestra historia genética y los acontecimientos vitales que experimentamos.

Y en ese sentido, siempre digo que las historias, sean reales o sean ficticias, y vengan en forma de cuento, de novela, de poesía, de canción o de película, o de parte de un amigo que nos cuenta una anécdota divertida o de un intelectual interesado en mostrarnos su visión del mundo, son eventos.

Eventos que percibimos, que vivenciamos y, que por supuesto, nos transforman.

Esta premisa me sirve a mí, y supongo que a otros muchos terapeutas, para aprovechar el aprendizaje de muchas de esas historias como herramienta de cambio y de crecimiento personal. Y os aseguro que funciona. Por supuesto, una novela o película no te soluciona un problema o te permite superar un trauma o incapacidad. Eso lo haces tú. Pero tú aprendiendo cosas nuevas, tendrás más posibilidades de solucionar o superar ese problema, trauma o incapacidad.

Aprovechando todo esto que estoy diciendo, y que además recientemente he podido disfrutar de un periodo vacacional (bastante corto por cierto, snif) que me ha permitido saborear algunas historias interesantes, quería recomendárselas a aquéllos que por fortuna empiezan sus vacaciones ya, en Septiembre, y a todos aquéllos que las terminan y que, por fortuna, pueden todavía gozar de fines de semana y resto de tiempo de ocio, mientras no nos lo prohiban o recorten (que cuidao).

Éstas son mis RECOMENDACIONES.

KIKI, EL AMOR SE HACE

Esta película española de Paco León, en un principio puede no parecer para todo el mundo, debido a su alto contenido erótico festivo. A mí por ejemplo, hace unos años me hubiera provocado mucho rechazo. ¿Por qué? Porque los personajes tienen algunas actitudes, comportamientos y preferencias sexuales que para nada comparto y que incluso me pueden resultar desagradables. ¿Por qué no me provoca rechazo ahora entonces? Porque he aprendido, con el tiempo, a separarme de personas y personajes, a darme cuenta de que la persona o el personaje, es él, y yo, soy yo. Y que no tengo por qué pensar ni hacer ni gustarme lo que al otro, ni viceversa. Una vez el espectador toma esa distancia con los personajes (o no, si no le resulta necesario) se lo puede pasar rematadamente bien, reírse como un descosido, abrir su mente respecto al sexo y superar viejas censuras anquilosadas e irracionales (es por esto que la recomiendo desde mi posición de psicólogo), y sobre todo, darse cuenta de que cuando las personas hacemos el amor, de una u otra u otra u otra... forma, que hay tantas como personas, nada malo se está haciendo.

REQUISITOS PARA SER UNA PERSONA NORMAL

Esta película, también española, de Leticia Dolera es... A ver cómo lo digo... Es anormal. Por eso quiero que la veas. El punto de partida es el siguiente: una chica de 30 años se propone ser normal (porque no se considera muy normal que digamos) y establece que debe cumplir una serie de requisitos para conseguirlo, a saber: una casa, un trabajo, una pareja, etc. y, por supuesto, ser feliz (porque tampoco se considera muy feliz, que digamos). A todo esto conoce a un chico gordito que quiere adelgazar y hace un trato con él: ella le ayudará a perder peso y él a ella a lograr los requisitos. En fin... El aprendizaje de esta película (que por cierto, es algo muy subjetivo, no aprendemos lo mismo a través de una historia, o no tenemos por qué, ya que tu historia genética no es la misma que la mía... tú eres tú, yo soy yo) para mí es bastante obvio, pero no te lo voy a desvelar porque entonces te haría spoiler (para los que no saben lo que es spoiler, traducir: una hijoputada) y porque prefiero que tú alcances tus propias conclusiones. Vedla, porque os va a encantar.

EL ABUELO QUE SALTÓ POR LA VENTANA Y SE LARGÓ.

Novela sueca de Jonas Jonasson, con versión cinematográfica. El libro nos cuenta la historia de un abuelo que vive en un geriátrico y el día de su 100 cumpleaños (¡100 cumpleaños!) salta por la ventana y se larga. Sí, el título no es engañadizo. A partir de ahí, un buen número de aventuras en las que se mete el bueno de Allan Karlsson (el hombre centenario) al tiempo que se nos relata de forma paralela su insólita y para nada aquietada vida. Seguro que el lector sacará multitud de aprendizajes útiles de tantas historias contenidas en una sola, pero yo he querido recomendarlo especialmente porque hay historias que contienen frases, sólo simples frases, que por su sabiduría, fruto de las muchas transformaciones que ha experimentado quien las ha dicho, se instalan ya en nuestro mapa genético de forma permanente. De esta obra rescato dos: "Será como tenga que ser, porque es como suele ser. De hecho, casi siempre es así" y "Porque si algo había aprendido Allan a lo largo de su vida es que la gente se empeñaba en pensar de una manera u otra".

De una manera u otra, estoy convencido de que tú (sí, eh, tú, tú, te estoy hablando a ti) también tienes muchas historias de otros, que me gustaría que compartieras en los comentarios de este post, para hacerlo más rico y diverso. Historias que además de entretenernos, lo cual ya se agradece mucho, nos ayudan, un poquitito, a ser más que lo que ayer era, aunque seguramente, o eso espero, menos que lo que mañana seré.

Abrazos y que las compartáis y disfrutéis.
 

miércoles, 13 de julio de 2016

AUTOAMOR INCONDICIONAL

Recientemente tuve una sesión de terapia con una madre y su hija. Le pregunté a la madre si quería a su hija y su "sí" fue inmediato, igual que el "sí" de la hija cuando le pregunté lo mismo con respecto a la madre. Cuando les pregunté por qué, sus respuestas también coincidieron:

- Primero porque es mi hija, segundo porque es mi hija, y tercero porque es mi hija.

La contestación de la hija fue más escueta pero no por ello menos contundente: "Porque es mi madre".

No les pedí que se extendieran más, ambas lo tenían bastante claro. Sólo añadí: "Qué bueno sería que ese mismo amor incondicional que cada una ha expresado por la otra, lo tuvieramos cada uno para con nosotros mismos".

¿No crees que el mundo sería un lugar mejor si...

... nos quisiéramos ya fuéramos altos, bajitos, gordos, delgados, blancos o negros, porque soy yo?

... nos quisiéramos ya fuéramos más o menos listos, más o menos habilidosos, más o menos populares, porque soy yo?

... nos quisiéramos ya fuéramos ricos o pobres, tivieramos más cosas o menos, o un trabajo u otro, porque soy yo?

... nos quisiéramos ya nos salieran las cosas bien o no, cuando acertamos o nos equivocamos, cuando triunfamos y cuando fracasamos, porque soy yo?

... nos quisiéramos si me dices sí y si me dices no, si me das un abrazo o si me das la espalda, cuando me entregues todo tu amor o me regales todo tu desprecio, porque soy yo?

Dirás que estas palabras son muy bonitas, pero que esto es muy difícil. ¿Lo es? Realmente, ¿tan difícil es llegar al Autoamor Incondicional? 

¿Qué hizo falta para que amaras a tus padres, que fueran perfectos? ¿Nunca te castigaron sin razón, siempre estuvieron presentes, lo sabían todo, te lo dieron todo?

¿Tuvieron tus hijos que graduarse y luego hacer un Máster para que les amaras de manera incondicional?

Sólo es difícil llegar a un sitio, si no conoces el camino.

Y el camino del Autoamor Incondicional no es otro que la Aceptación.

Aceptar que no tienes un cuerpo 10, que no eres perfecto, que no tienes todo lo que deseas, que no gustas a todo el mundo, que hay muchas cosas en la vida que no te van a salir bien y que no vas a conseguir nunca.

Y aceptar que no necesitas nada de eso para quererte. ¿Por qué? Porque eres tú. Y con eso vale.

Este viernes 15 de Julio de 19:00 a 21:00 estaré dando un nuevo Taller de Autoestima: ¡Soy imperfecto y me alegro! Será diferente a cómo lo he planteado otras veces, no tan mío y sí más tuyo, para que lo experimentes a través del hacer y a través del compartir, y aprendamos de esta manera nuevas formas de vivirnos a nosotros mismos.

Y de aceptarnos, valorarnos y amarnos a nosotros mismos. 

Al fin y al cabo creo que cuando nos damos lo mejor a nosotros, de alguna manera, nos predisponemos para darle lo mejor a los demás.

Y creo que no es ésta una mala premisa, para un mundo mejor. Un abrazo.

miércoles, 13 de abril de 2016

LOS 4 JINETES DE LA INTOLERANCIA

Sentir miedo, ira o tristeza no es malo, ya que estas emociones son naturales y básicas, y por tanto completamente normales. Pueden ser desagradables, incómodas, no deseadas... Pero en el momento en el que las valoramos como algo malo que no debería estar pasando, engrandecemos la emoción.

La sociedad hedonista en la que vivimos sumergidos nos empuja a ello: perseguimos constantemente el placer y huimos, rechazamos o evitamos cualquier atisbo de dolor. Si bajo esa premisa es de donde partimos en nuestra búsqueda de la felicidad... no podríamos andar más perdidos.

Pero además de no acertar en la dirección... nos estamos ablandando:

Cada vez sufrimos más por menos,
y somos menos felices con más.

Claro: si interpreto que sentirme mal no es tolerable, porque debo sentirme bien todo el tiempo, cuando me sienta mal, no lo soportaré. Ése es el rasgo esencial de la intolerancia: no poder soportar algo. Y la verdad es que los seres humanos podemos soportar más cosas de las que pensamos.

Hoy día, encuentro 4 grandes intolerancias que provocan que los estímulos, tanto externos (eventos), como internos (emociones y pensamientos) sean valorados como "no soportables". Conocerlas y saber cómo podemos manejarlas, puede suponer una importante diferencia en nuestro bienestar personal.

Éstos son los 4 Jinetes de la Intolerancia:
  1. Intolerancia al estrés. Es imposible no sentir estrés en nuestras vidas, e incluso se ha demostrado que niveles moderados de estrés son buenos para el rendimiento. Pero hay personas que se sienten desbordadas y huyen del estrés a través de las adicciones, sobre todo. Antídotos: planificar, delegar, evitar sobrecargas de tareas, relajación, mindfulness, y una interpretación más realista y menos catastrófica del estresor = a decir que: "Soy capaz de hacerlo, y si no, no será el fin del mundo".
  2. Intolerancia a la frustración. Nos gustaría que siempre las cosas salieran como teniamos pensado que salieran... pero el mundo no funciona así. Hay personas que por no sentir esa sensación de fracaso o de decepción, prefieren no hacer nada, no intentarlo. Lo que en realidad acarrea más frustración e insatisfacción. Antídotos: autocompasión positiva (sé amable contigo, permítete/perdónate el fallo) y hacer una reevaluación del fracaso: no es una desgracia, es una oportunidad de aprendizaje. 
  3. Intolerancia a la incertidumbre. Hay personas a las que le cuesta mucho tomar decisiones porque no soportan no saber qué va a pasar. Sin embargo, por lo general, no sabemos qué va a pasar. Pero a veces nos imponemos un grado de control sobre los resultados de nuestras decisiones y nuestras acciones que simplemente no tenemos. Antídotos: toma decisiones en base a riesgos calculados; y el optimismo: pudiendo ir bien y pudiendo ir mal, ¿por qué necesariamente tiene que ir mal?
  4. Intolerancia a la diferencia. Por lo general nos gusta cuando los demás piensan, opinan o se comportan como nosotros, pero, ¡qué aburrido sería el mundo si todos fuéramos iguales! Hay personas que no entienden las diferencias y se desesperan o irritan enormemente ante ellas, llegando a exclamar al cielo: "¡Pero por qué!" Muy sencilo: porque el otro, no eres tú. Es así de simple. Por lo tanto, antídotos: la empatía, ponerse en lugar del otro; y la asertividad para resolver los conflictos que puedan surgir.
Pero no podremos aplicar la empatía, el optimismo, la autocopasión positiva o la Atención Plena sin valernos antes del mayor antídoto contra estos Jinetes de la Intolerancia: la Aceptación. Aceptar implica no resistirse, dejar de pensar "esto no deberías ser así" o "no debería encontrarme estas piedras en mi camino".

Cuando aceptamos que el camino es como es, que los estresores, los fracasos, las decepciones y las diferencias forman parte del camino de la vida, todo fluye de manera más fácil.

Porque a través de la aceptación decimos adiós a los 4 Jinetes de la Intolerancia, y hola a nuestro miedo, a nuestra ira y a nuestra tristeza, y les cogemos de la mano, y le decimos que nos acompañen en nuestro camino hacia la felicidad. 

lunes, 25 de enero de 2016

¡PARA DE QUEJARTE!

Hay 4 tipos de actividades que podemos hacer:
  • Actividades que nos gustan y que hacemos porque nos gustan.
  • Actividades que no nos gustan pero nos gustan sus consecuencias.
  • Actividades que nos gustan pero no sus consecuencias.
  • Actividades que ni nos gustan ni nos gustan sus consecuencias.
Las primeras son las más gratificantes, porque la recompensa está en la actividad en sí, simplemente por hacerla ya nos sentimos bien, sin tener que esperar ningún beneficio aparte. Ejemplo: practicar un deporte porque me gusta hacerlo, sin pretender ponerme como un toro o ganar un campeonato (si pasa bien, pero no es la razón que me motiva a practicar ese deporte).

Las segundas son un coñazo.

Las terceras las hacemos por la recompensa inmediata que obtenemos, pero sus consecuencias nos hacen infelices. Están relacionadas con las adicciones. Comer chocolate es placentero y no tiene consecuencias negativas, pero ¡atiborrarme! de chocolate porque tengo una dependencia al mismo puede provocarme un aumento de peso no deseado o interferir en la toma de otros alimentos que son sanos y necesarios.

Las últimas son las imposiciones, que pueden provenir del entorno (papá, mamá, la pareja, la ley, el Sistema, Dios...) o de uno mismo. Muchas de estas imposiciones son absurdas y no sirven para nada más que para provocarnos malestar, y simplemente dándonos cuenta de ello podríamos dejar de hacerlas. Ejemplo: las personas con manías o, a niveles patológicos, con TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo). 

Aunque ¡cuidado! porque en otros casos las imposiciones son responsabilidades que otros han  "derivado" en nosotros y no asumirlas supone desobedecer, que seguramente nos gustará (¿a quién no le gusta desobedecer una imposición que odia?), aunque la consecuencia de ese acto de desobediencia (multa, cárcel o lo que es peor: ¡una regañina de nuestra madre o pareja!) es posible que ya no nos guste tanto.

Entonces: cuando valoramos si hacer algo o no, o elegir entre llevar a cabo una conducta u otra alternativa, pensamos en si nos gusta hacerla y tenemos en cuenta las consecuencias. Muchas veces nos dejamos llevar por el placer inmediato y subestimamos las consecuencias, otras veces las sobreestimamos (como cuando un TOC piensa "¡Si no me lavo inmediatamente las manos moriré por una enfermedad infecciosa!").

Pero el caso es que decidimos. Decidimos lo que hacemos o no hacemos, porque incluso en el caso de las imposiciones, siempre está la opción de desobedecer o rebelarse.

Entonces... Un inciso: es posible que te hayas preguntando por qué he prestado tan poco espacio a las actividades del 2º grupo: las coñazo. Decía que, entonces... ¿¿¿por qué te quejas tanto por hacer actividades que no te gustan ni una mi... ni una mijita, pero que las haces porque te gustan sus consecuencias??? Trabajamos porque nos gusta tener dinero, nos duchamos porque nos gusta sentirnos limpios y oler bien, y hacemos la cama por estética, porque nos gusta ver nuestra habitación ordenada.

Y si no, si piensas que las consecuencias de este tipo de conductas no compensa el hacerlas: ¡decide dejar de hacerlas y haz otra cosa distinta! Pero no te quejes porque nadie te las está imponiendo, y si continuas quejándote parecerá que sí, que te las están imponiendo otros o tú mismo, y tendrás la sensación de estar viviendo una vida que no quieres vivir, cuando no es verdad: ¡sí quieres vivirla, lo has decidido tú, nadie te lo ha impuesto!

Y si quieres demostrarlo y comprobar que no miento, haz una cosa: cambia de vida. A ver qué pasa. Que decides que mejor que no: entonces abandona esas pesadas y lastimosas quejas que lo único que consiguen es amargarte la existencia.

O Acepta, o Cambia, pero, ¡para de quejarte!

lunes, 2 de noviembre de 2015

LA PARADOJA DE LA ACEPTACIÓN

En anteriores posts hablé de la necesidad de aprender a vivir con emociones incómodas. Porque forman parte de la vida. Y porque incluso de emociones desagradables y dolorosas como el miedo y la tristeza se saca algo bueno, ya que que cumplen una función: el miedo protege, la tristeza es integradora.

Sin embargo, cuando trato de transmitir este aprendizaje a mis pacientes, casi siempre encuentro (y así creo que le sucede a la mayoría de las personas) una enorme resistencia a la aceptación. Y pienso que es debido a que hemos llegado a creer que:
  • Aceptar es resignarse, rendirse.
  • Si le damos el control a la emoción, la emoción se instalará definitivamente. 
  • Como somos, en gran parte, esclavos de la dictadura de la felicidad, si no nos sentimos bien todo el tiempo, es algo terrible.
Estas 3 creencias que dominan el esquema mental social, son absolutas falacias. Por un lado, es imposible sentirse bien todo el rato: las emociones incómodas, la adversidad y el fracaso forman parte de la vida y tienen también su lado bueno.

Por otro, en la ciencia de la Psicología se ha demostrado que mientras más luchamos o tratamos de controlar nuestras emociones dolorosas, más intensas y largas se  vuelven éstas.

Ésa es la paradoja de la aceptación: cuando acepto no me rindo, VENZO.

Porque de la lucha y el control nacen este tipo de pensamientos: "No quiero sentir esto, no debería estar sintiendo esto, ¿por qué me siento así?, ¿cuándo voy a dejar de sentirme así?, si me siento así no voy a conseguir lo que quiero, soy estúpido, inútil y débil por sentirme así..."

La lucha y el control se vuelven contra nosotros. A la tristeza o al miedo se les unen una serie de críticas y juicios autodestructivos, además de otras emociones dolorosas como la culpa, la frustración o la desesperación.

Resultado: me siento peor por sentirme mal. Y mi tristeza o mi miedo se agrandan y alargan. Y entonces es cuando se transforman en depresión o ansiedad.

Necesitamos superar y anular esas críticas y juicios, y alcanzar entonces un estado contemplativo a través del cual observemos la emoción como lo que es: un evento interno que simplemente está sucediendo y del que se puede extraer una información relevante y positiva.

Esto se puede conseguir a través del mindfulness: la capacidad para prestar atención plena al momento presente, sin criticarnos ni juzgarnos. Y nuestro mundo interior, por supuesto, forma parte del momento presente. Por eso este sábado 7 de Noviembre hago un taller de meditación emocional: mindfulness + IE, para aprender a vivir con emociones incómodas.

Si estás en Málaga para la fecha espero verte allí. Y si no, recuerda: no se gana una batalla por pelear más, se gana cuando termina la pelea. Un abrazo.

martes, 21 de abril de 2015

ACEPTAR LA PARTE INJUSTA DE LA VIDA

Os propongo reflexionar un momento sobre la siguiente frase:


Veamos sus posibles implicaciones:
  • No implica que haya que ser mala persona.
  • No implica que para ir a una corrida de toros debas hacerte vegetariano para que el toro no te ataque.
  • Implica ACEPTAR que la vida a veces puede tratarte mal... Hagas lo que hagas.
Sin embargo, esta verdad cuesta mucho asumirla. Nos resistimos a aceptar. Y esa resistencia nos agota y a veces nos hunde en desesperación.

No es difícil, por ejemplo, imaginarse a alguien convencido de que si mantiene una actitud positiva y se esfuerza y persevera, las cosas le saldrán bien, y que sin embargo, tras un par de fracasos consecutivos, ese optimismo que le caracterizaba se convierta en indefensión aprendida.

Indefensión aprendida = Haga lo que haga no servirá de nada (Resignación).
Aceptar = ESTO no ha servido de nada.

Cuando no aceptamos los sucesos negativos en nuestra vida, ya sean fracasos, pérdidas o traumas, es porque nos aferramos a las expectativas que teníamos. De tal manera que no dejamos de pensar: "Esto no debería haber pasado". No debería haberse terminado, no debería haberme tocado a mí, no debería haber sido así.

Debería. ¿Quién es el que debe nada a nadie? ¿El Universo, Dios, el Presidente?

Tú te debes Felicidad a ti misma.

Pero cuando nos fallamos a nosotros mismos somos los primeros que nos hacemos daño, negando ese Gran Deber que tiene todo ser humano a tratar de ser feliz. Éste es el proceso mental:

Me porto lo suficientemente bien como para que me pasen cosas buenas - Me ha pasado algo malo - No soy bueno - No merezco felicidad

Una falacia absoluta, porque estamos partiendo de una premisa errónea que es: por ser bueno (me esfuerzo, trabajo, me porto bien, pago mis impuestos, etc.) sólo, única y exclusivamente me deberían pasar cosas buenas.

Pero ya sabemos que la vida no funciona así. En el mundo hay bien y mal, y mientras antes aceptemos la adversidad, más pronto podremos superarla.

Así que deja de dirigir tu foco atencional a la Acción, lo que pasó y no puedes cambiar, y empieza a dirigirlo hacia tu Reacción, lo que vas a hacer aquí y ahora para conducirte hacia la felicidad.

Esa felicidad incompleta, inexacta e inestable, pero posible, muy posible, en un mundo injusto, pero lleno de posibilidades.