miércoles, 25 de octubre de 2017

LA TIRANÍA DE LA MEJOR OPCIÓN

En otras ocasiones he hablado de la intolerancia a la incertidumbre y su relación con la ansiedad y la depresión: ser intolerante a la incertidumbre significa, básicamente, no saber por qué elección decantarme para resolver un conflicto, problema o situación de mi vida, porque no estoy seguro de que mi elección vaya a ser positiva.

En definitiva: no soporto no saber qué va a pasar y aspiro a una garantía de seguridad imposible, que es saber a ciencia cierta que mi decisión me llevará al sitio que quiero. Al no tener esa seguridad, acabo por no tomar decisiones, y eso me provoca insatisfacción, me frustra, además que no resuelve nada, y de ahí la aparición de estados ansiosos y depresivos.

El fenómeno que presento aquí y al que llamo "la tiranía de la mejor opción" es muy parecido y está relacionado, pero no es exactamente lo mismo, si sabemos leer los matices: no es no atreverme a tomar una decisión si no estoy seguro que resolverá el problema o conflicto planteado, ya que en realidad no existe tal problema, es no atreverme a elegir por no estar seguro de que la opción elegida será la mejor opción.

Esto nos puede suceder en multitud de eventos diarios: "¿escojo este detergente que es más barato, o éste que es de mejor marca?" "Me han surgido dos planes para el fin de semana, ¿qué hago, voy a la fiesta o al cine, dónde me lo pasaré mejor?" "¿Salgo con Fulanita o con Menganita?, ¿¿¿y si después me va mal con Fulanita y me arrepiento???"

Casi no cabe la pena mencionar lo cansina que puede llegar a ser esta indecisión: es una pérdida de energía constante. Querer asegurarse de que nuestra decisión será la mejor, sin ningún género de dudas, ya está provocando que la opción que escojas sea una mala opción: ¡porque habrás invertido demasiado tiempo y energía en ello!

Pero lo peor que te puede pasar es que, una vez tomada tu decisión, ¡no la disfrutes, porque sigas pensando que la otra opción quizá era la mejor!

Un ejemplo muy prototípico de esto es el de los planes: nos surgen varios a la vez y, claro, como todavía el ser humano no tiene el don de la omnipresencia (que al tiempo), sólo podemos escoger un plan. Después de un mar de dudas (como si nuestra felicidad dependiera de escoger en este caso lo mejor), nos decantamos por fin por uno de los planes, y cuando estamos allí (en el ejemplo anterior, en la fiesta en lugar de en el cine) no paramos de pensar en la maravillosa película que nos estamos perdiendo.

¡No te estás perdiendo nada, ese escenario ya no existe, dejó de existir en el momento en que tomaste tu elección! Corrijo: sí que te estás perdiendo algo: ¡la fiesta, tu presente, tu aquí y ahora, que además es lo único que existe, y te lo estás perdiendo por pensar en algo que no existe!

Pongo otro ejemplo: yo mismo, que por muy psicólogo que sea soy más humano que psicólogo (o eso creo) caigo muchas veces en esta tiranía de la mejor opción. Recientemente decidí comprarme un coche. Pues bueno, cuando pienso en la cantidad de horas, dudas y angustias que invertí en estar seguro de que el coche que iba a comprar iba a ser el mejor en relación calidad-precio-medioambiente-duración-etc., ¡me dan ganas de volver a la bicicleta! Pero sí que es verdad que, aunque me costó mucho decidirme, una vez que lo hice, ¡todos los demás coches desaparecieron! Esas opciones ya no existían una vez había tomado mi decisión: ésta es mi elección, éste es mi coche, punto. Asunto zanjado, ya puedo olvidarme del tema.

Saber esto es importante porque una de las resistencias psicológicas que podemos encontrarnos a la hora de querer liberarnos de la tiranía de la mejor opción es: el miedo a arrepentirnos. El miedo a pensar: "¿Y si tendría que haber elegido aquel coche?" Pues bien, ese "y si", como todos los "y si", no existe. Tomaste una decisión, más buena o más mala, pero asume que la tomaste y que ésa es tu realidad, la única realidad.

Si el coche al final sale malo, no tienes ninguna evidencia a tu favor de que el otro fuera a salir mejor, así que no te martirices. Y si al final la fiesta resulta ser un aburrimiento: ¡haz tú que sea divertida, propón un juego o una actividad para pasarlo bien! O a unas malas vete de la fiesta y prepara tú una buena fiesta para el próximo finde, ¡que un fin de semana aburrido tampoco es ninguna tragedia!

Al fin y al cabo:

Mucho, muchísimo más importante que el acierto de nuestra decisiones,
es la actitud que tomemos después de éstas.

Si va bien, bien, y si no, ya sabré lo que hacer.

Lo mejor... Bah, lo mejor está sobrevalorado. 

Abrazos.  

jueves, 19 de octubre de 2017

RECUPERARSE DE LA DESILUSIÓN

Ilusionarse es inevitable.

Ilusionarse ante una nueva relación, un nuevo proyecto, cambios que se avecinan...

No sólo es inevitable sino que es bueno, ya que la ilusión puede actuar como impulso de la fuerza motora, es decir, puede facilitarnos la toma de decisiones y la ejecución de acciones conducentes a hacer que nuestras ilusiones se cumplan.

Sin embargo la ilusión puede convertirse en decepción cuando nuestras expectativas no se convierten en realidad. La sensación es aún mucho más desagradable cuando se trata de una noticia negativa que nos pilla de sorpresa: un viaje frustrado en el último momento, un despido inesperado, una ruptura que no nos imaginábamos...

Se produce entonces un derrumbe, un ¡plof!, nuestro estado anímico cae y se sumerge en un pozo de depresión y vacío.

Éstas son algunas recomendaciones para salir de ese pozo:

1. Acepta la realidad. Y la realidad, por mucho que nos sorprenda a veces para mal, no tiene que coincidir con tus expectativas. La realidad es lo que es. Y no vas a cambiar lo que es por mucho que te lamentes.

2. No te culpes, aprende. Si hiciste algo mal, si cometiste fallos, perdónate, eres humano, a todo el mundo le pasa. Analiza cuáles fueron tus errores y eso te servirá para no volverlos a cometer. A través del autofustigamiento perpetuo no se aprende nada en absoluto.

3. Comparte lo que te ha pasado. Muchas veces es sobre todo la sensación de vergüenza lo que nos mantiene en ese pozo y nos impide salir de él. Pensar que lo malo sólo me pasa a mí. Si compartes tu desilusión con personas significativas para ti, seguro que encontrarás: empatía, apoyo emocional, y una mano amiga invitándote a salir del pozo.

4. Construye tu realidad. Quedarse parado tras una decepción es aferrarse a las expectativas. Tras el derrumbe inicial, tras concederte un tiempo a ti mismo para asimilar la decepción, explora cuáles son tus alternativas y llévalas a cabo: quizá no pudiste hacer ese viaje que tanto ansiabas, pero qué planes puedes hacer en tu ciudad para pasártelo bien, quizá ya no puedas seguir trabajando en ese trabajo en el que tan cómodo te sentías pero ahora se abren nuevas posibilidades profesionales para ti, quizá se acabó esa relación que tanto te ha aportado y de la que tan buenos recuerdos te llevas, pero quién sabe qué tipo de personas se cruzarán a partir de ahora en tu vida para enriquecerla. Frente a las expectativas perdidas: búsqueda de alternativas.

5. No te engañes a ti mismo. Puede que te sintieras muy bien ilusionándote, pero no te engañes a ti mismo, el objeto de tu ilusión, o dicho de otra manera, la consecución de tu expectativa, no iba a ser nunca, de ninguna manera, el culmen de tu felicidad. Porque el culmen de tu felicidad no existe. No necesitamos ilusiones para ser felices, necesitamos ilusiones para movernos, y a través del movimiento, a través del crecimiento personal, se genera felicidad, pero tu felicidad no depende una única cosa. Así que si no conseguiste o mantuviste aquello que te hacía ser tan feliz, de verdad...

NO IMPORTA TANTO.

Porque la vida no deja de ofrecerte nuevas alternativas. Así que, ten ilusiones, pero no te cases con ellas...

¡Cásate con la vida!

Un abrazo.

lunes, 9 de octubre de 2017

PRACTICAR LA FELICIDAD

Mucho se habla del viaje a la felicidad o la búsqueda de la felicidad.

Pero la felicidad, más que una llegada a ningún sitio o un encuentro con algo, reside en el viaje, en la misma búsqueda.

La felicidad es un siendo que se manifiesta a través de un haciendo (o un no haciendo nada, que a veces cuesta más trabajo que el hacer).

Y, entonces, sólo entonces, si entendemos, sólo si entendemos, por fin, de una vez, que la felicidad es un hábito y como tal se desarrolla y fortalece a través de la práctica, cobrará más sentido y significado para nosotros que:

Hagamos más
aquello que más nos hace sentir mejor.

Como por ejemplo:

Recordar los buenos momentos.

Jugar, reír, cantar, bailar, descansar...

Mostrar afecto y expresar gratitud.

Pararse y observar las maravillas que nos rodean con nuestros cinco sentidos.

Tomarte tu tiempo para saborear: una comida, un beso, un momento.

Tener orgasmos, sexuales y no sexuales. Estallar de placer y dicha por cualquier cosa.

Viajar: en tren, en barco, en avión, en libro, en imaginación...

Hablar de lo que te interesa. Gozar del silencio.

Trabajar en lo que te apasiona, ponerle pasión a tu trabajo.

Mirar al futuro con ilusión.

No son unos malos "10 mandamientos". Pero es posible que mucha gente esté pensando ahora mismo que esto es más que obvio y que no hace falta ser psicólogo en ejercicio para saberlo.

Sin embargo, como psicólogo en ejercicio, te invito a hacerte estas preguntas:

¿Cuántas horas de la semana practicas la queja? ¿La preocupación? ¿La crítica y autocrítica? ¿La insatisfacción? ¿El enfado? ¿Los "debos" autoimpuestos? ¿La autoexigencia excesiva? ¿La culpa? ¿Las prisas? ¿Las relaciones tóxicas? ¿El no estar presente? ¿La represión emocional? ¿La... infelicidad?

A veces la función de un psicólogo no consiste tanto en enseñar como... en recordar.

Que la psicología muchas veces va de sustituir hábitos que no funcionan por los que funcionan.

Que lo obvio, precisamente por ser obvio, merece ser recordado, porque es lo que más tendemos a olvidar.

Y que lo verdaderamente importante, es aquello que te hace sentir bien.

Que practiques mucho. Un abrazo.

lunes, 2 de octubre de 2017

¿QUÉ ES SER FUERTE?

De pequeño, una de las primeras cosas que mal aprendí, es que los hombres no lloran.

Luego, las pelis de Schwarzenegger y Stallone me enseñaron que si quieres ser fuerte debes ser un tipo duro.

Y los primeros desencantos amorosos me descubrieron que si no quería sufrir, nunca debía mostrar mis sentimientos.

Y así crecí, como tantos y tantos chavales de mi edad.

Menos mal que un poco de psicología más tarde, y sobre todo, mucho de experiencia después, me enseñaron que la auténtica fortaleza se esconde en:

Las personas que son capaces de llorar... y sonreír tras el alivio de las lágrimas.

Las personas que con sus palabras pueden ir más lejos que lo que la violencia lo hará jamás.

Las personas que tienen la osadía de abrir su corazón sin miedo a que se lo rompan.

Porque no es fuerte aquél que evita el dolor o esconde su vulnerabilidad... sino aquél que comprende su sufrimiento y acepta sus limitaciones.

Y a partir de entonces, es capaz de aprender, superarse y crecer.

Las personas más fuertes que he conocido no llevaban uniformes militares ni portaban semiautomáticas. Las personas más fuertes son las más auténticas, las que se conocen y valoran y por ello se muestran a los demás tal como son.

Las personas más fuertes son aquéllas que más capacidad de amor tienen para dar y para darse a sí mismas.

Las personas más fuertes:

1. Piensan de manera racional y positiva.

2. Comprenden, expresan y regulan sus emociones y las de los demás.

3. Se conocen y valoran.

4. Aprender de las adversidades y fracasos.

5. Ven los retos del futuro como oportunidades.

6. Aman, aman, aman...

Es decir, no tienen biceps de acero ni pecho de hojalata. Tienen Psicología. Psicología Práctica Aplicada a la Vida que, como vemos recientemente por los hechos sucedidos en Barcelona y Las Vegas, se ha convertido en algo imprescindible para sobrevivir.

Ojalá nuestros gobernantes cultivaran esta psicología más a menudo. Pero si no, no pasa nada, mejor no quejarse por lo que no hace el otro que pueda hacer yo:

Este sábado 7 de Octubre Taller de Mindfulness en Emociones. Un taller en Málaga para, a través de la meditación, aprender a convivir con nuestras emociones dolorosas. Para aprender a vivir con dolor y con amor.

Porque no es más fuerte el que huye del miedo o de la tristeza.

¡Es fuerte el que es capaz de abrazarlos!

lunes, 25 de septiembre de 2017

EL SENTIMIENTO DE CULPA TRAS UNA RUPTURA

Desde 2015 tengo el orgullo de formar parte del APOLel servicio de Apoyo Psicológico On Line de la Fundación Punset. Una selección de psicólogos de toda España que contestamos consultas en torno a problemas de depresión, ansiedad, estrés, pareja, desamor, y muchos otros.

Desde entonces, una gran cantidad de trabajo, más de 150 consultas publicadas, y una enorme experiencia de aprendizaje que me llevo y que quiero compartir contigo, publicando algunas de las consultas más destacadas que he tenido la oportunidad de contestar.

Esta semana: el sentimiento de culpa tras una ruptura. Un caso real que nos muestra que después de una infidelidad y una ruptura sentimental, solemos machacarnos echándonos la culpa, y que es la asunción de responsabilidades y el compromiso con uno mismo y su presente lo que nos saca del inmovilismo de la culpa.

CONSULTA


Mi relación se ha roto tras 12 años. Hace 3 perdí mi trabajo y caí en una depresión, y supongo que después de un tiempo se cansó de tirar de la relación y pasamos una crisis. Hablando y esforzándonos casi lo habíamos superado, yo al menos lo creía así. Fue entonces cuando retomó comunicación con su ex mediante las redes sociales. Yo me enfadaba, por no ver normal ese extraño interés después de tantos años, y discutíamos por el tema. Y lamentablemente se cumplieron mis temores, mantuvo relaciones sexuales con él. Rompimos. Yo ahora estoy pasándolo muy mal, y culpándome por haber provocado la infidelidad y la ruptura. Si no hubiera presionado en esa cuestión, quizá ella no hubiera rememorado viejos recuerdos no resueltos. ¿Puede ser posible? ¿Provoqué este desastre?

RESPUESTA


Es cierto que los psicólogos hablamos mucho de la profecía autocumplida: cuando nuestro temor a que ocurra algo propicia conductas en nosotros mismos que acaban provocando ese suceso. Por ejemplo, es muy común que cuando uno de los dos miembros de la pareja tiene miedo a que el otro le abandone, lleve a cabo conductas de control que acaban provocando el rechazo de la otra persona.
Los psicólogos, en el ámbito de la pareja sobre todo, también hablamos de responsabilidades, no de culpas. La culpa es una emoción que nos sirve para eliminar conductas indeseables y reparar el daño hecho a otras personas. Pero más allá de eso, la culpa es disfuncional, agresiva para la autoestima, y altamente incapacitante. En la pareja lo mejor es no echar culpas, sino asumir responsabilidades para, a partir de las mismas, adoptar mejores estilos de afrontamiento en la manera de gestionar los conflictos.
Pensar que con tu actitud provocaste la infidelidad de tu pareja, ¿no sería liberarla de toda responsabilidad sobre su conducta? ¿No había otras alternativas a lo que sucedió? Sin embargo ella eligió, ella tomó la decisión, no tú. Aceptar que la relación se terminó, liberarte de esa culpa dañina que te invade, y enfocarte hacia a ti mismo y un nuevo futuro, en lugar de hacia el pasado, te ayudará a salir del proceso de duelo romántico que estás viviendo, que por otra parte es un proceso normal y necesario. Ánimo, un abrazo.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

LA IMPORTANCIA DE LA RENUNCIA PARA SER FELIZ

En muchas ocasiones, trabajando con mis paciente (lo cual me sirve también para "trabajarme" a mí mismo) me doy cuenta de que las personas hoy en día tenemos la falsa creencia de que para ser felices debemos conseguir ciertas cosas.

Y sin embargo, muchas veces nos sentimos mejor, más que persiguiendo algo (sobre todo cuando ese algo es un imposible), renunciando a algo.

Con la renuncia, me libero de cargas, y hago de mi búsqueda de la felicidad un viaje menos pesado, más liviano.

Porque muchas veces, menos es más.

Y porque renunciar no es conformismo, es lucidez: es darse cuenta de que no necesito esto para ser feliz. Es más, es ser consciente de que precisamente mi apego a determinado objeto, idea o persona es lo que provoca mi infelicidad, a través de la frustración por no tenerlo o la ansiedad innecesaria por conseguirlo o el miedo a perderlo.

Así, podemos a renunciar a:

  • Vivir con garantías. La garantía de que me van a ir bien las cosas, de que si emprendo un proyecto conseguiré mis objetivos, de que no erraré en mi elección, de que no voy a sufrir... Fijaros qué tontería más grande: por querer hoy tener la garantía de que mañana voy a estar bien, me pierdo estar bien hoy. Porque me preocupo. Así que no funciona, no es útil, no es válido. Mucho mejor, vivir sin garantías, pero con todas las posibilidades. Las que tú construyas desde tu aquí y ahora.
  • Vivir con comodidad. El exceso de pretensión de comodidad es lo que origina el síndrome puf del que hablaba recientemente en otro post. Y ante cualquier problema, ante cualquier cambio de planes no deseado, ante cualquier gran o pequeña adversidad... ¡PUF! Es decir, magnificamos y nos generamos disgustos y neuras totalmente innecesarios. Renunciar a la comodidad es dejar entrar a la incomodidad en tu vida, y a partir de ahí empezar a ver los problemas como desafíos, los cambios como oportunidades, y la adversidad como aprendizaje.
  • Vivir con la aprobación de los demás. Porque esta carga puede ser especialmente limitante: te limita tu propia esencia, tu ser. Si al final buscas la aprobación de los demás para ser feliz, te expresarás y actuarás no conforme a lo que sientes y lo que eres, sino conforme a lo que piensas que los demás quieren que seas, y la paradoja es que nos solemos sentir bien siendo como verdaderamente somos y eso es además lo que mejor sabemos hacer. Renuncia a la aprobación y acepta el amor incondicional que te brinden, quien te lo brinde, que seguramente no será todo el mundo, pero quizá sí las personas más importantes de tu mundo.
  • Vivir felices. Sí, es muy posible que, fijaros qué paradoja aquí también, para ser felices, debamos renunciar a la misma idea de ser felices. Desde luego, como mínimo a la idea de ser felices siempre, ya que eso no existe, y por tanto, si tengo esa pretensión, cada vez que me sienta mal, me frustraré mucho y me sentiré peor. Pero también renunciar a la idea de que debo obtener algo para alcanzar felicidad: cosas materiales, virtudes, metas, crecimiento profesional y personal... Nadie está diciendo que eso sea malo y que no lo puedas obtener...
... pero si renuncias a la idea de que tu felicidad está subordinada a todos esos aspectos...

... quizá entonces, seas feliz, y punto.

Un abrazo.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

APRENDER A DECIR QUE NO

Decir que no realmente es muy fácil.


NO.

Ya está dicho, ¿veis qué fácil?

Decir que no (rechazar una petición o propuesta, expresar desacuerdo, pedir a otra persona que deje de hacer algo que nos molesta) entra dentro del repertorio de conductas que podemos clasificar como Habilidades Sociales.

Sin embargo no hay que ser demasiado habilidoso para saber decir que no, y desde luego es una habilidad que, como todas, podemos desarrollar.

Pero lo que más nos cuesta a la hora de decir que no, es superar las resistencias psicológicas que nos impiden decir que no. Las más importantes son:

  • El "síndrome del me sabe mal". Cuando anteponemos los sentimientos de la otra persona a los nuestros. "Me sabe mal decirle que no porque se va a sentir mal, se va a molestar, se va a sentir rechazado..." ¿Y tú, cómo te vas a sentir si dices que sí cuando no es lo que quieres? Pensar en uno mismo primero no es egoísta, es lo natural. Lo egoísta es no tener en cuenta nunca los sentimientos e intereses de la otra persona, pensar sólo en uno mismo. Pero antes de decir que sí, pregúntate: ¿y tú que quieres? Además, que la otra persona se sienta mal forma parte de la vida, el rechazo forma parte de las relaciones sociales. No hemos venido a este mundo simplemente a satisfacer las necesidades de los demás.
  • El miedo al abandono. Cuando pensamos que si decimos que no, el otro va a dejar de contar conmigo. Así, hay personas que suelen decir que sí siempre por miedo a que dejen de quererlas. Yo no quiero a las personas porque satisfagan continuamente mis deseos, ¿y tú? Si una relación se basa en la subordinación de las preferencias de uno a las del otro, no es una buena relación, no es sana, es tóxica. Y merece la pena que desaparezca. Pregúntate: si te quedarás completamente solo en el mundo, ¿desaparecían las oportunidades de conocer gente nueva con la que conectar de un modo más profundo y significativo, con las que no depender de un simple "sí" y que te acepten por ser cómo eres?
  • La creencia de que debo tener algo que hacer para decir que no. Las personas que padecen esta "neura" dan miles de vueltas, excusas y explicaciones para decir que no, y si no las tienen se las inventan o lo que es peor: ¡las producen! Son capaces de buscarse una ocupación que ni necesitan ni les interesa sólo para poder decir que no. ¿Qué pasa, no puedes decir simplemente: "no, no quiero" o "no, no me apetece"? De hecho, cuando damos excusas también ofrecemos oportunidades a la otra persona para dar argumentos que invaliden nuestras excusas. Que no te apetezca es un motivo muy difícil de invalidar, y es seguramente el mejor motivo para no hacer algo.
  • Por último: no tener ni puñetera idea de si quiero o no quiero. Hay veces que me cuesta decir que no porque no sé realmente si no quiero, y viceversa. Mi opinión: no es que no sepas realmente lo que quieres, es que quieres tener la absoluta certeza de qué es mejor, si el sí o o si el no. ¡Olvídate de eso! Esa absoluta certeza es imposible, y "lo mejor" no es tan importante. ¿Es que siempre tenemos que hacer lo mejor? Uf, qué agobio. Simplifica tu vida: decide sin garantías, HAZ, y trata de disfrutar de tu elección, ya que es más una cuestión de actitud que de acierto. Por otro lado: conócete bien. Qué te gusta, qué no, con quiénes prefieres compartir tu tiempo, cuál es tu escala de valores... El autoconocimiento te hará tener las ideas más claras respecto a  qué quieres y qué no quieres.
Este sábado 16 de septiembre por la mañana haré un Taller de Habilidades Sociales en Málaga en el que analizaremos otras resistencias psicológicas que dificultan nuestra relación con los demás, como la ira y la vergüenza, además de trabajar nuestra capacidades empáticas y asertivas.

Y es que al fin y al cabo, decir que no, más que una habilidad, que lo es, sobre todo es una capacidad: la capacidad de tener el coraje de decirse que sí a uno mismo.

Un abrazo.