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jueves, 26 de noviembre de 2020

EL MEJOR ANTÍDOTO CONTRA EL ESTRÉS LABORAL



Rescato uno de mis posts antiguos más leídos. Así, revisamos ideas muy útiles a las que siempre viene bien hacer un repaso. Porque en psicología tan importante es lo que conviene aprender, como desaprender, como recordar.


Esta semana, EL MEJOR ANTÍDOTO CONTRA EL ESTRÉS LABORAL. Un post que publiqué en mayo de 2016 y que intenta ayudarnos a vivir menos sobrecargados y, por ende, más felices. ¡Espero que te guste y te sea de provecho!


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El estrés laboral es uno de los grandes problemas de hoy, ya que buena parte del absentismo y muchas de las bajas por enfermedad se explican por esta causa.


Vivimos en un entorno hipercompetitivo en el que la especialización, la formación continua y la flexibilidad se han convertido en unas constantes. Y hay que adaptarse o morir, como dijo aquél.


Trabajar al mismo tiempo que estudiar, sacrificar fines de semana, pasarse noches en vela... Alguno pensará: pues para vivir siempre así, casi mejor morir.


No hay que llegar a eso...


Vivir sobrecargados de trabajo hasta tal punto que no podamos compatibilizar la vida familiar ni disfrutar del tiempo de ocio y descanso, debería estar prohibido. Pero rara vez ocurre. Si te organizas, si planificas, si delegas, si eres capaz de descartar y decir que no, no tendrías por qué tocar ese extremo. Y si llegaras a tocarlo, recuerda que es una elección que haces tú: nadie te obliga a estar en un trabajo esclavista. Y si te obligan, no es un trabajo en el que deberías estar.


Fuera de esto, la verdad es que la mayoría de nosotros, a pesar de no tener jornadas interminables, nos hemos sentido cansados de nuestro trabajo. ¿Qué es lo que está fallando? La falta de pasión.


Cuando tu profesión está inundada de pasión,

dejas de trabajar.


Cuando hay pasión las horas se pasan volando. Cuando hay pasión no te molesta dedicar tiempo de más. Cuando hay pasión, la energía y la motivación aplastan al estrés.


¿Qué podemos hacer para poner pasión en nuestros trabajos?


- Trabajar en algo que te guste y que se te dé bien. Nos sentimos satisfechos y plenos cuando hacemos tareas que son atractivas para nosotros, que nos hacen sacar nuestras potencialidades y que tienen un sentido o aporte que valoramos como positivo. Tendré, por tanto, que conocer: qué me gusta, cuáles son mis puntos fuertes, y qué tipo de tareas son las que me provocan sentimientos de orgullo y autorrealización.


- Si trabajas en algo que te gustaba al principio pero ahora te quema: pregúntate qué puedes hacer. Puede que te hayas estancado y necesites un cambio de aires. Pero quizá sólo es preciso que innoves, que crees una dinámica nueva dentro de tu entorno laboral, o desarrollarte profesionalmente en tu sector. Por mucho que te guste una actividad, llega un momento en el que te habitúas a ella y hacerla todos los días te cansa. La solución no tiene por qué ser siempre un cambio radical.


- Si nunca te ha gustado tu trabajo y no puedes cambiar... ¿Y por qué no vas a poder hacerlo? Salir de nuestra zona de confort es complicado, por eso hay gente que prefiere quedarse ahí y conformarse con una vida sin motivaciones ni satisfacciones antes que enfrentarse al cambio. Con eso consigues pagar las facturas, pero... ¿te sale realmente rentable?


- El problema no tiene por qué ser que no te guste tu trabajo sino que sólo te fijas en las cosas negativas del mismo: el jefe gruñón, los compañeros cotillas, los madrugones, el sueldo, los atascos... Pero, ¿no tiene cosas positivas, no hay trabajos peores, no es verdad que no lo cambiarías por otros? No existe el trabajo perfecto. Pon el foco de atención en lo positivo en lugar de recrearte en las miserias de tu trabajo.


- Por último, ¡no pongas toda tu pasión solo en tu trabajo! Está bien que ames tu trabajo, pero no que lo conviertas en el amor de tu vida. Eso te acabará agotando y quemando. No dejes de poner pasión para estar con tu familia y amigos, para tus hobbies, para tus vacaciones, para tus proyectos, para tu camino de crecimiento personal... La pasión nos sirve como antídoto del estrés para la vida, no sólo para el trabajo.


Cuando tu vida está inundada de pasión,

dejas de vivir estresado.


Que no sin estrés, porque el estrés forma parte de la vida. Pero, ya no será el protagonista, ¡sino la pasión!


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Si quieres saber más sobre cómo lidiar con el estrés, puedes comprar mi libro Prevención y afrontamiento del estrés laboral, disponible en todostuslibros.com, una nueva plataforma para adquirir los libros en tu librería más cercana y con ello contribuir a la economía de barrio y a la protección del medio ambiente.


Cuestiona todo lo que digo; la duda nos acerca más a la verdad.


Si te gustó el post, no te lo quedes solo para ti, compártelo, por favor.


Si te gusté yo, hago terapia psicológica en consulta en Málaga y online para el resto del mundo.


¡Y recibe, con mucha pasión de mi parte, este abrazo!




martes, 28 de mayo de 2019

LA FUERZA DEL OPTIMISMO

Desde ahora y, más o menos, una vez cada mes, publicaré algunos de mis posts antiguos más leídos. Así descanso un poco y recordamos ideas muy útiles a las que siempre viene bien hacer un repaso, porque en psicología tan importante es lo que conviene aprender, como desaprender, como recordar.

Esta semana, LA FUERZA DEL OPTIMISMO, un post que publiqué originariamente en  Enero de 2015 y que nos habla de la inutilidad del pesimismo y de cómo el optimismo en cambio nos facilita poner en marcha mecanismos de acción más eficaces.


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¿Te has preguntado alguna vez por qué somos pesimistas? Y no me vale que me digas: "¡No, yo no lo soy, yo soy muy optimista!" Todos hemos sido pesimistas alguna vez.

¿Quién no se recuerda a sí mismo convencido de la derrota de su equipo, o con unas expectativas bastante pésimas respecto a aquella fiesta a la que asistía casi por obligación, o atraído por una persona y diciéndose: "Bah, para qué lo voy a intentar, si seguro que no le intereso".

"¡No era pesimismo, era realismo!" Ya... A ver si nos enteramos: real es lo que está pasando ahora, no lo que aún no ha pasado.

Nuestras predicciones pesimistas son un mecanismo de defensa frente al dolor que puede suponer un fracaso o evento negativo, ante la adversidad. Pero son un mecanismo inválido, inútil. Me explico:

Pongamos el ejemplo del aficionado que piensa que su equipo va a perder. "Fo, seguro que perdemos, tenemos mucho lesionados, el otro equipo llega en muy buena racha, los árbitros la tienen tomada con nosotros..." Se lo dice a sus amigos, que están viendo el partido con él, rodeados de ricos aperitivos y de botellines de cerveza. Pero también se lo dice a él mismo. Es su manera de lanzarle al cerebro el siguiente mensaje: "Si finalmente tu equipo pierde, no debes sufrir, porque ya lo sabías".

El pesimismo pretende prepararnos para la decepción y el dolor al que nos vemos expuestos ante un evento no deseado.

Pero, ¡no sirve! ¿Qué más da que supieras que tu equipo iba a perder? Porque en el fondo, deseabas con todas tus fuerzas que ganase, porque en el fondo mantenías esa ilusión, y cuando finalmente ha perdido, te has sentido muy decepcionado por la derrota. Y por mucho que ocultaras esa ilusión a tus amigos, dentro de ti, el pesimismo no ha podido acabar con ella.

Cuando iniciamos proyectos y nos proponemos metas, sin embargo, el optimismo actúa como una fuerza que nos acerca a nuestro objetivos, porque se produce un ajuste entre las expectativas y el esfuerzo. Es decir:

El pesimismo no nos prepara para hacer frente al fracaso, 
pero el optimismo sí nos prepara para poner los medios hacia el éxito.


Teniendo cuidado de no convertirnos en optimistas ingenuos, pensar que tengo los suficientes recursos personales para afrontar los retos que me proponga y que además la suerte me acompañará, nos dota de fuerza de voluntad, frente al inmovilismo en el que nos sumerge el pensamiento negativo.

Sin embargo, por mucha confianza que tenga en la victoria de mi equipo, eso es algo que no controlo. O por mucho empeño que ponga, a veces las cosas no salen como uno quería. Pero ante esas situaciones, no nos ayuda en nada pensar: "¿De qué ha servido?, no tendría que haber puesto tanto entusiasmo, la próxima vez será mejor que piense que todo va a salir mal y me quede quietecito, así no me llevaré una decepción..."

Siempre sirve. Del fracaso se aprende, en lo malo se crece más que en lo bueno. Y el optimismo para afrontar los retos + la resiliencia para superar las adversidades, son dos motores imprescindibles para el desarrollo personal.

Así que la próxima vez que te tengas que enfrentar a algún desafío, recuerda:


Lo haré bien, y si no, ¡algo aprenderé, y creceré!

De una forma o de otra, así será. Suerte, ¡un abrazo!

lunes, 15 de abril de 2019

CREE


Nos enseñaron desde pequeños a creer en algo superior a nosotros mismos.

Llámese Dios, Alá, Obama o Universo.

Nos dijeron que habláramos con él, ella o ello. Que si le rezábamos y pedíamos, nos escucharía.

Nos instruyeron para seguir unos mandamientos, unas normas preestablecidas, un código, y que ésa era la vía para vivir de manera correcta y aspirar a una vida mejor... después de ésta.

Y que si no lo hacíamos... arderíamos en el infierno.

No te voy a decir que no creas, ¿quién soy yo para hacerlo? Desde luego, no un ser superior.

Pero sí te voy a pedir que creas más en ti.

Que confíes en tus fortalezas, en tus capacidades.

Que te valores, aunque... no seas "lo superior". ¿Qué necesidad hay de serlo para amarte?

Que te hables a ti mismo, que te escuches, que escuches a tu cuerpo, a tus emociones. Que seas tu propio guía.

Que creas en tu posibilidades de conseguir esos objetivos y metas que a veces parecen tan difíciles. Esfuérzate, lucha, pelea. A veces ganarás, a veces perderás.

Que cuando pierdas, cuando fracases, cuando incumplas las normas y perjudiques a otros, en lugar de purgar a través de la culpa, busques enmendar tus errores, aprender de ellos para mejorar, y sanar a través del perdón.

Cree. Cree en ti. En tu capacidad de perdonar, de amar, de construir desde tu pequeño lugar en el mundo, un mundo un poco mejor para todos.

Cree. Creen en ti. Porque más allá de que exista algo más, te aseguro que la inspiración "divina" que buscas, está en tu interior.

Cada uno de nosotros es un Dios. Porque creamos lo que creemos. Así que cree en ti, y crearás el Yo que quieres ser.

Y un mundo con muchas personas contentas de ser ellas mismas, suena a Paraíso...en la Tierra.

Hay vida antes de la muerte, así que cree en ti, ¡para vivirla!

¡Un abrazo!


miércoles, 19 de diciembre de 2018

LO MEJOR DEL 2018 (I)

Como cada año, aquí está la primera entrega de la recopilación de lo mejor que he colgado en Redes Sociales durante el 2018. Que los disfrutéis, porque no tiene desperdicio, ¡y que paséis unas muy felices fiestas!




Vídeo de Elsa Punset, muy interesante para facilitar la puesta en marcha de los propósitos del nuevo año:


Enamórate de quien te dé la gana: guapo, feo, rico, pobre, alta, baja, rubia, morena, lista o tonto... Pero enamórate de quien te trate bien.




Uno de esos inspiradores mensajes que te puede cambiar la vida. ¿Y tú, qué practicas?





Happiness: imprescindible corto sobre la (in)”felicidad”. 


Caminar: 




martes, 4 de diciembre de 2018

¡ACTÍVATE!

Una de las estrategias terapéuticas más usadas por los psicólogos, sobre todo los cognitivos-conductuales como yo, es la Activación Conductual.

Esta terapia se utiliza mucho para los trastornos depresivos y consiste, muy someramente, en activar a la persona (de ahí su nombre).

Uno de los síntomas más predominantes en un cuadro depresivo es el de la desmotivación, que lleva a la apatía y a la evitación de conducta y por tanto a la ausencia de reforzadores positivos.

A través de los cambios cognitivos, es decir, en la manera de pensar de la persona, ya que su estado anímico está más influido por su forma de interpretar su situación de vida y a él mismo más que por sus diversas situaciones de vida, se consigue mejorar el ánimo del paciente. Sin embargo éste es un trabajo arduo y lento y, mientras se hace (ya que sigue siendo un trabajo necesario), se puede intervenir directamente sobre los hábitos de la persona, motivándole a realizar actividades.

No cualesquiera actividades. Cada persona tiene las suyas y es trabajo del psicólogo ayudarla a buscarlas. Tienen que ser actividades que sean gratificantes para ella, que tengan un sentido y supongan una recompensa o así sería en condiciones normales, ya que por su estado anímico es muy posible que esa satisfacción tarde en encontrarse. 

Sin embargo la idea base de la que se parte es primero acción y luego motivación. Pongamos un ejemplo: imagina que quieres empezar a salir a correr, pero cada vez que vas a ponerte te invade la pereza y al final lo acabas postergando un día, y otro, y otro... La famosa procrastinación. Te faltan ganas, fuerza de voluntad y motivación, porque aunque quieres empezar, a la hora de la verdad no encuentras reforzadores positivos (alicientes) para hacerlo, ya que éstos no son inmediatos. La clave reside entonces en ¡hacer!, sin ganas, sin motivación, fuérzate, sal a la calle a correr, comprométete seriamente a hacerlo y hazlo.

La motivación vendrás después cuando, poco a poco, aprecies cómo al correr te vas sintiendo mejor, que es una sensación agradable (el ejercicio físico libera hormonas asociadas a emociones placenteras), que te vas notando cada vez más saludable, con más energía... Hasta que llega un día en el que ya no te cuesta, lo haces sin pensar, porque el refuerzo ha surgido, tu cerebro ha establecido una asociación entre salir a correr y sentirse bien y has convertido entonces esa actividad en un hábito.

Pues así con muchas actividades que en un primer momento el paciente no quiere o no le pone empeño en hacer pero que luego, simplemente haciéndolas, por el simple hecho de hacerlas, va a sentirse mejor. 

Porque las personas nos sentimos bien haciendo, moviéndonos, activándonos, independientemente de los resultados que consigamos, el hacer, el camino, el proceso, puede ser divertido, estimulante y reconfortante. Algunos de los beneficios de tener una vida activa son:

1. No piensas tanto. Los procesos rumiativos (dar vueltas y vueltas a un problema, idea o situación) son muy frecuentes en los estados depresivos, los mantienen y los agravan, y a través del hacer, salimos de nuestra propia mente.

2. Te cansas más. Y eso hace que puedas luego dormir mejor, ya que otro de los síntomas de la depresión es el imsomnio, que además provoca que te levantes con peor ánimo y menos ganas de hacer cosas, estableciéndose una espiral de inactividad.

3. Cambias la imagen que tienes de ti mismo, el YO. Todos nos vemos, nos autoobservamos y nos quedamos con una imagen de nosotros. Si la imagen que tengo de mí mismo es la de un tipo que está todo el día tirado en el sofá sin hacer gran cosa, ¿me sentiré igual de bien que si mi imagen es la de una persona activa y enérgica?

4. Encuentras la sal de la vida: las personas nos sentimos mejor cuando hacemos más aquello que más nos gusta hacer. Ésa es la sal de la vida. Lo que pasa es que las personas con depresión es como si hubieran perdido el sentido del gusto: ¡no le encuentran sabor a nada! Pero eso es sólo así al principio, después, a medida que vas haciendo, vas recuperando el sabor.

5. Por último, también se hace mucho hincapié en las rutinas y las relaciones, en la manera en que las personas con un problemas de depresión se relacionan con su entorno y las personas de su entorno. Y cuando encontramos relaciones conflictivas o insatisfactorias y rutinas que no aportan nada, y las eliminamos o las modificamos, cambiamos también el nivel de satisfacción de la persona. Es decir: no se trata sólo de hacer más, sino de cambiar tu manera de hacer, para hacer mejor.

Relacionarte mejor contigo mismo y con tu entorno, para sentirte mejor. No es tan fácil como suena, pero suena lo bastante bien como para intentarlo. Y si necesitas que te echen una mano, ¡no lo dudes, pídela!

Yo por lo pronto termino, no dándote la mano, pero sí enviándote este sincero y enorme ¡ABRAZO!   

miércoles, 20 de junio de 2018

EL ENEMIGO PÚBLICO NÚMERO 1 DE LA RESILIENCIA

La Resiliencia es la capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas, y ser transformado positivamente por ellas.

Lo que no te mata te hace más fuerte. O más sabio. O más bueno.

Como capacidad que es, es susceptible de ser potenciada y desarrollada, a través del fortalecimiento de otras competencias personales asociadas a un buen nivel de resiliencia:

- Capacidad de aceptación y de resolución. Cuando en lugar de quejarme y ver lo negativo me centro en buscar alternativas y soluciones.

- Autoestima positiva. Una buena valoración de uno mismo. Aceptación de los defectos y confianza en las virtudes.

- Optimismo Inteligente. El optimismo ingenuo es pensar que siempre te irá bien. El optimismo inteligente es de aquél que sabe que le puede ir mal pero confía en que le irá bien.

- Inteligencia Emocional. La capacidad para comprender, expresar y regular nuestras propias emociones y la de los demás. Es muy importante para mantenernos estables emocionalmente en tiempos de tormenta.

- Estilo de afrontamiento activo. Las personas con un buen nivel de resiliencia no evitan, ni echan culpas ni usan actividades compensatorias (p. ej: beber alcohol para olvidar), sino que enfrentan los problemas cara a cara.

- El sentido del humor. Imprescindible. Ayuda a desdramatizar y dejar de ver la adversidad como algo terrible. Quita hierro y por lo tanto, dolor a los traumas.

- Aparte de factores personales, los externos también juegan su papel en el desarrollo de una buena resiliencia: el modelo educativo, los condicionantes económicos y culturales, el apoyo social.

Todos estas competencias y factores son susceptibles de ser transformadas para mejorar nuestro nivel de resiliencia. Pero todo aquello que se puede cambiar, también puede resistirse al cambio.

Las resistencias y bloqueos que nos pueden impedir o dificultar tener un buen nivel de resiliencia son todos los opuestos a las competencias comentadas: negatividad, déficit de autoconfianza, pesimismo, represión o descontrol de emociones, evitación, dramatización, y factores externos adversos. Pero todos tienen un denominador común. 

¿Sabes ya cuál es?

EL MIEDO

Porque el miedo puede hacer que:

 - Lo vea todo negativo.

- No confíe en mí y en mis fortalezas.

- Piense que todo irá siempre mal.

- Me deje dominar por el miedo.

- Evite aquello que me da miedo.

- Sobrevalore aquello que me da miedo.

Esto es lo que llamamos eustrés o estrés negativo (porque cierta cantidad de estrés -tensión- es positiva para afrontar las situaciones): cuando subestimamos nuestras capacidades y sobrevaloramos la dificultad y gravedad del estímulo, llegando a percibir éste como una amenaza de proporciones bíblicas.

¿Y si hago el ridículo? ¿Y si me despiden? ¿Y si me dejan? Lo pasaré fatal. No seré capaz de superarlo.

Pensar que no serás capaz de superarlo, es el primer escollo para superarlo. Es la resistencia psicológica que te dificultará poner en marcha los mecanismos (aceptación, optimismo, resolución, humor, etc) que te permitirían afrontar la adversidad con resiliencia.

Pensar que no serás capaz de superarlo es la voz del miedo. Es lo que te dice el miedo. Y no se trata de acallarlo, ya que no podemos vivir sin miedo. Porque gracias al miedo sobrevivimos. Pero a veces el miedo excede sus funciones y convierte en amenazas lo que sólo son adversidades que nos permitirán aprender, crecer y mejorar.

No se trata de vivir sin miedo. Se trata de aprender a vivir con miedo. Se trata de darse cuenta de que si el miedo aparece, no es suficiente motivo para dejar de creer en nosotros y magnificar los sucesos negativos de nuestra vida, ya hayan pasado, estén pasando o sólo puedan pasar.

Se trata en definitiva de que cuando el miedo hable, no creer tanto en él como en nuestra maravillosa capacidad para superar la adversidad y salir fortalecidos.

No te fíes tanto de tu miedo, como de tu resiliencia.

Y dominarás tu miedo.

¡Un abrazo resilientes!

martes, 15 de mayo de 2018

LA VIDA ES UNA LENTEJA

No hace mucho tiempo fui opositor.

Opositar significa: nervios, dudas, incertidumbre, fatiga física y mental, frustración... Si alguien ha pasado o está pasando por el duro reto de enfrentarse a unas oposiciones, sabe de lo que estoy hablando.

El día del examen es como si todos aquellos estados emocionales acumulados durante los meses previos (o incluso años), se reunieran dentro de ti para organizar una gran fiesta. Es el momento del todo o nada, la hora de la verdad. ¿Todo el tiempo y esfuerzo invertidos habrán valido para algo?

Veía a gente en los pasillos antes de entrar al aula de examen y cada uno trataba de gestionar su ansiedad lo mejor que podía: repasando los apuntes por última vez para así no pensar, rezándole a un rosario, llamando a sus seres más cercanos para decirles que les querían... La verdad es que ahora que lo pienso, el aula de examen, a la que nos iban llamando uno a uno para entrar por orden alfabético, parecía aquel día más un matadero que la clase de una facultad.

¿Cómo gestioné yo mi propia ansiedad? Observando. La verdad es que observar siempre me ha servido para relajarme. A mí por ejemplo me gusta muy poco conducir y mucho viajar como pasajero: en coche, en tren, en avión... En esos momentos en los que sueltas el control (la Mente siempre quiere tener el control de todo, especialmente sobre lo que no controla), te dejas llevar por la vida como si fueras un pasajero y te sientes cómodo, relajado, tranquilo.

Me refiero a observar, sólo observar, por supuesto. Sin juicios ni valoraciones ni críticas... Sin control o pretensión de control. Mindfulness, Atención Plena. Sin embargo algo no estaba haciendo bien porque, aunque sí que conseguí reducir mi nivel de ansiedad, estaba enfadado. Estaba enfadado por tener que aguantar tanto histerismo, enfadado porque había mucha gente con la que iba a competir por una plaza, enfadado porque no sabía muy bien cómo había llegado hasta allí, enfadado porque quería que terminara lo más pronto posible. Creo que incluso me enfadaba el hecho de estar relativamente tranquilo cuando todo el mundo estaba nervioso.

Recuerdo (ahora, justo ahora que estoy escribiendo, porque esto no lo tenía preparado así) mi primer día de colegio. Mi madre al dejarme en el cole me dijo que cuando saliera vendría a recogerme, que si yo salía antes y ella no estaba que no me preocupara ni llorase, que ella aparecería pronto para llevarme a casa. Al salir mi madre no estaba y yo recordé lo que me había dicho y me mantuve tranquilo... hasta que me di cuenta de que a mi alrededor no había más que niños llorando histéricamente porque sus madres no había aparecido aún, así que yo me puse a llorar con ellos. Cuando mi madre apareció, me regañó (y con razón): "¿Por qué lloras, no recuerdas lo que te dije?" Hoy le diría que fui víctima de  un proceso empático. En esa ocasión sólo pude articular un lastimero "No sé" entre hipo e hipo.

Lo que más me enfadaba  de aquel día del examen era estar allí tranquilo cuando en realidad debía estar hecho un manojo de nervios como el resto. ¿Qué me pasaba? ¿A dónde había ido mi empatía? ¿Es que aquello no me importaba o ya lo daba por perdido?

Autoanalizándome ahora (y lo estoy haciendo, por eso me gusta tanto recomendar la escritura como ejercicio terapéutico) me doy cuenta de que algunas personas canalizan su ansiedad rezándole al rosario y otros simplemente se enfadan.

El hecho es que cuando por fin dijeron mi nombre y entré en el aula y me indicaron el sitio en el que debía sentarme... No creo en el destino ni ese tipo de cosas (Universo, karma, etc.), pero cuando me senté en el sitio donde realizaría mi examen, enseguida me percaté de que alguien había escrito una frase con típex. Una frase que llamó mucho mi atención y que decía:

La vida es una lenteja

No creo que el destino me pusiera en aquella mesa para leer esa frase, darle un significado especial y poder transmitírtelo. Pero es lo que está sucediendo ahora varios años después. Tampoco sé si mi interpretación de la frase es la misma que la persona que la escribió (seguramente no, me imagino a una una chica o chico aburrido por culpa del rollazo que le está contando algún profesor o profesora y escribiendo entonces con el típex la primera tontería que le viene a la cabeza), y puede que tampoco sea la misma que la tuya. ¿Qué te ha transmitido "la vida es una lenteja"?

A mí me transmitió paz. En cuanto la leí, desapareció el enfado y todo lo demás: los nervios, las dudas, la incertidumbre, la frustración... Se acabó la fiesta chicas. Me quedé tranquilo y contento.

Porque "la vida es una lenteja", para mí (y quizá sólo para mí, quizá tú tengas que encontrar tu propia frase) significó en aquel momento que aquel momento no era tan importante. De hecho, no era nada importante. No era más importante que una lenteja. Y hoy, en mi vida, significa que la vida no es más importante que una lenteja.

Es bonita, es sabrosa, es bella y merece ser vivida. Pero saber que no es importante (ni tiene que serlo) a mí me ayuda a quitarme miedos y preocupaciones que me impedirían valorar, saborear, apreciar y vivir mejor mi vida.

Por eso, si te estás o te tienes que enfrentar a algún reto hoy, ya sea un examen, una entrevista de trabajo, un proyecto, un cambio, una decisión "importante"... Hazlo, enfréntate, dedícale tiempo, esfuerzo, ganas, coraje, ilusión... Pero no pienses que es importante. No creas que te va la vida en ello. Y aunque así fuera: tu vida no es importante. La vida es una lenteja.

Suspendí aquel examen con una nota horrible. A veces me gusta pensar que gracias a aquel suspenso puedo estar aquí escribiéndote estas líneas. Que gracias a aquel suspenso hoy día hago un trabajo con mis pacientes y los asistentes a mis talleres que me gusta y me llena. Hoy, estoy tranquilo y contento.

Y cuando dejo de estarlo, porque no siempre se puede estar tranquilo y contento, creo que acordarme de la frase "La vida es una lenteja" me ayudará.

Espero que a ti también. ¡Un abrazo!

*Este post está dedidado a todos los opositores que rezan rosarios antes de un examen.  

miércoles, 18 de abril de 2018

SE INSEGURO

En mi trayectoria profesional como psicólogo he aprendido (en realidad debería decir: mis pacientes me han enseñado) que a la hora de hablar, ya sea a través de un lenguaje más coloquial o más técnico, usamos las palabras "inseguridad" y "falta de confianza" como si fueran lo mismo.

Y no lo son. De hecho, no es que no sean lo mismo. Es que son lo opuesto.

Para que haya confianza, debe haber inseguridad. Si hay seguridad, de nada sirve la confianza.

A mis pacientes con falta de autoconfianza siempre les pongo el mismo ejemplo: sabemos que la confianza es muy importante para que una relación funcione, es uno de los pilares de la pareja. Bien, confiar en la otra persona no implica estar seguro, ya que no suelo estar seguro de algo hasta que lo veo con mis propios ojos. Si miro su móvil, si le pregunto constantemente dónde está y con quién, si no la dejo salir para que esté siempre a mi lado y así pueda saber qué está haciendo, obtengo seguridad, puede, pero desde luego lo que no hay es confianza, y la relación más tarde o más temprano, morirá.

Confiar, dentro de una relación de pareja, implica que: no sé dónde estás, ni con quién ni lo que estás haciendo, pero no me imagino nada malo, porque confío en ti. Esa confianza, esa apuesta por la otra persona, ese acto de fe, genera un espacio de libertad en la que ambos miembros de la pareja se sienten libres, cómodos por tanto y, paradójicamente, seguros. 

Este modelo de confianza vs seguridad se puede (y pienso que se debe) aplicar al ámbito interno, a la relación más importante que tenemos en el mundo: la relación con uno mismo. Porque he observado que hay muchas personas que no confían en sí mismas precisamente porque quieren estar seguras de sí mismas.

Y esa pretensión de seguridad es absurda ya que es muy difícil en la mayoría de los casos, por no decir imposible, estar seguro de algo.

Entonces, nos decimos: "No, no lo hagas todavía, cuando estés seguro de que serás capaz de hacerlo, entonces". ¿Y cuándo lo estarás? ¿Es eso confiar en ti y en tus capacidades? ¿Es eso creer en ti?

Abandona esa absurda pretensión de seguridad, ¡y cree en ti! No sabes si eres lo suficientemente bueno ni nunca lo sabrás, no sabes si lo consigues hasta que lo intentas, no sabes si estás preparado hasta que te pones a ello. No esperes a estar seguro para actuar y desarrollar tus potencialidades, simplemente confía, apuesta por ti. Y para que esa apuesta sea, no segura (¿cuándo una apuesta es segura?, sólo cuando está amañada), pero sí al menos no demasiado arriesgada, lo único que tienes que hacer es:

1. Conocerte. Saber cuáles son tus fortalezas personales y también tus límites.
2. Aceptar que las cosas pueden salir mal y que eso no es el fin del mundo ni te marca de por vida, simplemente es una experiencia de aprendizaje más.
3. Confiar en ti y en que saldrán bien, porque pudiendo ir bien y pudiendo ir mal... ¿¿¿de qué te sirve pensar que va a ir mal???

Pensar que va a ir mal sólo es una excusa que te lanzas a ti mismo para no atreverte porque no estás seguro. Y no tienes que estar seguro para atreverte. Sólo lánzate al ruedo y mánchate las botas de barro, porque lo único que esperamos de ti, es una pequeña osadía.

Un abrazo, valiente.  

jueves, 23 de noviembre de 2017

DECÁLOGO PARA PRODUCIR BUENOS DESPERTARES

Una de las cosas que más les cuesta a las personas que pasan por un momento del estado de ánimo deprimido, son los despertares. Y a su vez, un mal despertar repercute negativamente sobre el estado del ánimo.

Por tanto, es beneficioso para nuestro estado anímico, ya estemos pasando por una fase depresiva o no, provocarse buenos despertares, especialmente en estas épocas del año en las que, por el frío, cuesta tanto despegarse de las sábanas.

Y es que un despertar es el arranque de tu motor, y si no arrancas bien, es probable que tu cuerpo, mente y/o estado emocional "se te cale". Empezar bien el día es fundamental para llevar bien el día. Llevar bien el día es fundamental para tener una buena vida.

Aquí va un Decálogo para mejorar tus despertares:

1. Lo primero de todo: duerme. Los estudios médicos al respecto dicen que lo ideal es dormir entre 7-8 horas, aunque esto varía según las personas, ya que hay quienes necesitan dormir menos o más. Si te encuentras fatigado a lo largo del día, puede ser un síntoma de que estás durmiendo mal o poco. Consejos para dormir bien: desconectarse del móvil u ordenador mínimo 10 minutos antes de ir a la cama, tomar infusiones, meditar antes de dormir, levantarse y acostarse sobre la misma hora cada día, e irse a la cama con pensamientos positivos (por ejemplo: pensando en lo mejor que hayas hecho durante el día).

2. Y es que un pensamiento, un simple pensamiento, puede marcar la diferencia entre sentirte bien y mal, y por tanto, entre un buen o mal despertar. Si te despiertas y enseguida piensas: "Jo qué rollo, qué madrugón, y ahora ir a trabajar, vaya mier...", o si estás de baja, de vacaciones o desempleado: "Bah, otra vez la misma rutina de siempre, no sé qué hacer con mi vida, todo son problemas...", esos pensamientos negativos, por supuesto, pueden determinar tu estado de ánimo y con ello mermar tu rendimiento y tu capacidad de disfrute. Si en cambio piensas nada más despertarte en las cosas buenas que, previsiblemente, te esperan: "Hoy me voy a preparar esa comida para el almuerzo que tanto me gusta... hoy he quedado con Fulanito, ¡qué alegría, hace tanto que no le veo!... esta noche ponen esa serie o programa en TV que tanto me gusta... ¡Hoy voy a ser todo lo posible por disfrutar el día!", tu despertar y tu predisposición a afrontar el día, pueden ser totalmente diferentes.

3. Y al mismo tiempo que estás pensando en cosas agradables... ¡sonríe! La propiocepción es el sentido que recibe información de nuestro propio cuerpo. Si pensamos en cosas agradables y sonreímos, le estamos diciendo a nuestro cerebro: "Eh, tranqui, todo está bien, ¡vamos a empezar!"

4. Y ya, para rematar, si acompañas los pensamientos positivos y agradables con una sonrisa y con gestos de cariño hacia ti: caricias, abrazos, estirazarte..., estarás creando una triada de positividad y autoamor que cambiará radicalmente tu despertar.

5. Y eso que aún no hemos salido de la cama. Importante: no demorar demasiado el acto de levantarte. Quedarte mucho tiempo en la cama sin hacer nada puede ser una ventana abierta a los pensamientos negativos y producir apatía y desmotivación (aparte de llegadas impuntuales al centro de trabajo, lógicamente).

6. Nada más levantarte, echa para arriba las persianas y déjate inundarte por la luz del sol, porque está demostrado que la luz solar puede afectar positivamente al estado de ánimo. Si tu habitación no da al exterior, busca una ventana que dé y recréate por un momento en esa sensación de sentir la luz del sol sobre ti. Si ninguna habitación de tu casa da el exterior, sal pronto a la calle para saludar al astro rey. Si te despiertas cuando aún es de noche... ¡jo, qué difícil me lo pones! :p Si te despiertas cuando aún es de noche, piensa en que pronto saldrá el sol y estate preparado para recibirlo como es debido: con contemplación y gratitud. Si está nublado y llueve... Las nubes y la lluvia también tienen su encanto.

7. Incorpora, dentro de tus rutinas mañaneras, alguna actividad que sea agradable para ti. Por ejemplo poner la radio. O si sueles meditar, cuándo mejor para hacerlo que al inicio del día, y además no necesitas demasiado tiempo para hacer esta actividad (es una actividad que se puede hacer en 1, 2, 5, 10 minutos... ya depende de tus posibilidades). O hacer ejercicio físico: empezar las mañanas "dándole caña" al cuerpo es una manera de activarlo y de producirte un estado del ánimo positivo, así que aunque tengas que despertarte un poco antes para hacerlo, merece la pena. La cuestión es: si empiezas tu día a día haciendo algo que te guste, va a influir sobre tu estado de ánimo y por ende sobre tu rendimiento y satisfacción general con tu vida.

8. Desayuna fuerte y algo que te guste. Los beneficios de un desayuno fuerte están más que demostrados: nos aporta energía para el resto del día, condiciona nuestro estado de ánimo, incide en nuestro rendimiento físico y mental, nos permite comer luego menos a lo largo del día y nuestro cuerpo asimila mejor los alimentos que tomamos en ayunas. Los alimentos que más se recomiendan para el desayuno son los cereales y las frutas, pero dentro de esa gran variedad, es importante que comas algo que sea sabroso para ti, ya que eso aumentará las ganas que tengas de levantarte de la cama.

9. Empieza el día regalando amor: besando a tu pareja, abrazando a tus hijos, acariciando a tu mascota... Y si vives solo, ¡mírate al espejo y regálate un beso! Todo el amor que damos nos viene de vuelta. No es el karma, simplemente es que nos sentimos felices cuando hacemos felices a los demás. Así de sencillo.

10. Si trabajas en casa o estás desempleado y tienes planificado quedarte por la mañana buscando ofertas por internet (éste sería tu trabajo en casa), no te quedes con la bata puesta y el pelo desaliñado. Arréglate un poco, aunque no vayas a salir. Como dije antes: nuestro cuerpo le envía información al cerebro, nuestra propia imagen también, por eso, si nos arreglamos, nos estamos mandando el mensaje: "Vale, ya estoy listo para el trabajo, ¡vamos allá!". Si nos quedamos con el pijama puesto... ¡de lo único que tendremos ganas es de volver a la cama! Igualmente, si trabajas fuera o tienes que salir: ¡ponte guapo, guapa! Te dará más fuerzas para "comerte el mundo". 

Como veis son "trucos" muy sencillos y que pueden determinar vuestra forma de levantaros y de empezar el día, y con ello vuestra predisposición y estado de ánimo para afrontar el resto de la jornada.

Y es que nos enseñan y ponemos en práctica multitud de consejos para: ganar dinero, ahorrar dinero, ganar peso, perder peso, ligar, alcanzar el éxito, gestionar el éxito...

Y digo yo: ¿qué mayor éxito hay que ser feliz? Pues la felicidad se gestiona. Y empieza por uno mismo... desde que te despiertas.

¡Un abrazo y felices despertares!

miércoles, 10 de mayo de 2017

FUERZA DE VOLUNTAD: CÓMO GENERARLA Y MANTENERLA

¿Qué es lo más importante que hay que tener para hacer algo?

Hace poco vi un vídeo que me contestó a esta pregunta:



Lo más importante para hacer algo es querer hacer algo. Lo más importante para hacer algo es la fuerza de voluntad ("voluntad" procede del latín "voluntas-atis" que significa "querer"). Para hacer algo que es poco accesible de hacer, bien porque no sé y he de poner entonces en marcha un mecanismo de aprendizaje (aprender a tocar la guitarra), bien porque no me es accesible, y tengo que poner en marcha un mecanismo de acciones dirigidas a tener acceso a eso que quiero hacer (acciones encaminadas a encontrar trabajo, por ejemplo). Ciertamente, estar tirado en el sofá viendo un partido mientras con una mano me bebo una cerveza y con la otra me rasco los genitales puede considerarse "hacer algo", pero no necesita de mucha fuerza de voluntad (quizá de un poco para ir al súper a comprar la cerveza, pero no más).

Por tanto, lo primero que necesitaré para generar mi fuerza de voluntad, es querer hacer algo y, para ello, necesitaré saber qué quiero hacer, es decir, necesitaré saber qué me gusta hacer, qué actividades me provocan emociones positivas como orgullo, satisfacción o plenitud. Qué me empuja, qué me motiva, que me atrae a dejar el sofá (y el rascamiento de "genis") y perseguir eso que quiero hacer.

Lo segundo será saber si ese algo que quiero hacer, lo puedo hacer. Si tengo las habilidades y conocimientos necesarios o los puedo conseguir. Si no tengo brazos, es posible que pueda usar mis pies para tocar la guitarra, pero deberé tener oído también, conocimiento musical, cultura de la música... o bien desarrollar esas aptitudes. En definitiva, se trata de hacer un ajuste entre tu capacidad y la dificultad de la tarea, entre lo que puedes dar y lo que se te exige para darlo, y para ello el autoconocimiento es fundamental, conocer tus fortalezas y debilidades es lo que te permitirá plantearte una meta realista.

Lo tercero, olvidarte de la meta. Si quieres sacarle provecho a tu fuerza de voluntad y mantenerla de una forma constante, por el momento, olvídate de la meta. Porque la fuerza de voluntad es querer hacer algo, no querer conseguir algo. El fin de la fuerza de voluntad no es que toques como Jimi Hendrix sino aprender a tocar la guitarra, no es vender bestsellers sino escribir un libro, no es tener trabajo, es buscar trabajo. Por tanto, si quieres que tu fuerza de voluntad te empuje, si quieres que sirva, sustituye enseguida objetivos de resultados por objetivos de rendimiento: "mi objetivo es ponerme, hacerlo, cada día, dar lo mejor de mí, lo mejor que pueda. Mi objetivo no es perder 4 kilos en un mes, mi objetivo es hacer dieta y entrenar hoy, mi objetivo no es dejar de fumar, mi objetivo es terminar el día de hoy sin fumar un cigarrillo".

Y cuarto y último, recuerda la meta. Sí, sé que es contradictorio con lo anterior, pero es que dependiendo del momento en el que te encuentres, seguramente necesitarás recordarte a ti mismo por qué estás haciendo lo que estás haciendo. Y esto pasará porque aprender a tocar la guitarra no es divertido, lo divertido es tocarla y ver la cara que ponen los chicos. Lo divertido no es hacer dieta sino tener un cuerpo sanote y ver la cara que ponen las chicas. Para aprender o para llegar a lo que se quiere hacer hay que pasar por un proceso que puede ser lento, aburrido, frustrante... pero que con paciencia y dedicación se sobrelleva bien. Sin embargo, tu Ego o Autoconsciencia (identificación con tu mente) que siempre es tan alterable, tan susceptible, tan temeroso, al ver que te estás esforzando, interpretará ese esfuerzo como dolor, y dada su naturaleza hedónica y sobreprotectora, empezará a lanzarte mensajes de autoboicot para que abandones ese dolor: pensamientos negativos ("no puedes, no vales..."), excusas ("no merece la pena, realmente no quieres hacerlo, no es lo tuyo..."), distracciones ("¿no estarías mejor en el sofá viendo el partido y tomándote una cervecita?"). Y entonces, entonces sí, conviene recordarle a tu maldito "Ego-Mente", por qué narices estás haciendo lo que estás haciendo.

PORQUE QUIERES HACER ALGO

El lema de mi Gabinete Psicológico es "La felicidad no es lo que te pasa. Es lo que haces".

Que hagáis muchas cosas bonitas. Un abrazo.