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lunes, 2 de septiembre de 2019

NOS HEMOS VUELTO VIGILANTES

¿Por qué nos cuesta tanto confiar en que las cosas irán bien?

Lo veo constantemente. En mis pacientes, en mis familiares y amigos, en mí mismo. Parecería que el estado natural de las personas es el estado de alerta: mantenerse en tensión, al acecho. Vigilantes.

Y preocuparse es vigilar.

¿Por qué? Ese estado es patológico, es insano, es... Una putada. No ganamos nada de nada de nada preocupándonos. Es un autoengaño: preocupándome no hago nada por que las cosas vayan bien o por evitar que vayan mal. Preocupándome lo único que consigo es ponerme mal yo.

Y la mayoría de nosotros ya sabemos esto y, aún así, seguimos preocupándonos y preocupándonos. 

¿Por qué?

Creo que es porque nos hemos vuelto adictos al confort. Somos dependientes del confort y, por ello, tratamos de evitar a toda costa:

- Las incomodidades.

- Los problemas.

- Los conflictos.

- Las malas noticias e imprevistos.

- El... El dolor, al fin y al cabo.

Mediante el estado de alerta en el que me sumerjo a través de preocuparme y preocuparme y preocuparme, me genero la ilusión de que estoy vigilante, al acecho, controlando algo que en realidad no controlo porque: ¡por más que quieras evitarlo, la vida son problemas, conflictos y dolor!

Entonces, por ende, si nos relajamos, ¡no estresamos! Porque pensamos que no deberíamos hacerlo, que si me relajo no estoy haciendo lo suficiente por mantener el confort en mi vida y evitar el displacer. ¡Maldito hedonismo!

Las rumiaciones y preocupaciones me tensan. Pero si me relajo, ¡también me tenso porque pienso que debería estar rumiando y preocupándome! Pienso que debo estar vigilante, para no estar mal; pero estar vigilante, me pone mal.

Vaya círculo vicioso de mierda.

¿Cómo salimos de él? No soy quién para dar respuestas definitivas, pero pienso que ayudaría bastante hacer un ejercicio de interiorización a través del cual, cada día, cada puto día, en serio, nos comprometamos con nosotros mismos a renunciar al confort absoluto y al control total para mantener aquél. Renunciar a que las cosas vayan bien siempre. Dejar entrar en nuestra vida todo tipo de incomodidades que son, la gran mayoría de ellas, completamente llevaderas y superables. 

Escribir un Manifesto de Renuncia puede ser de gran ayuda en este sentido. "Yo Fulanito o Fulanita de Tal me comprometo a..." Y leerlo todos los días.

Te aseguro que con este método... ¡no dejarás de preocuparte, ni de coña! Pero puede (puede) que te ayude a:

1. Darte cuenta de que estás en alerta.

2. Relajarte. Es decir, desactivar ese estado de alerta.

3. Dirigir tu actividad mental hacia otras cosas más agradables y productivas que el maldito control.

Te deseo, de verdad y de corazón, mucho descontrol y caos en tu vida. Abre los brazos para recibirlos y para que te pueda dar yo ¡este abrazo!

lunes, 2 de abril de 2018

LA ESCALA DE LA FELICIDAD

¿Te preocupas demasiado? ¿Rumias con frecuencia? ¿Te ahogas en un vaso de agua?

Tranquilo, no eres el único. Creo que la mitad de la población se ahoga en un vaso de agua y la otra mitad no, ¡sólo porque ve el vaso medio vacío!

Es un chiste entre psicólogos...

Hoy día, el pensamiento neurótico (sensación de amenaza persistente o estado de alerta) es bastante frecuente. Es la consecuencia natural de una sociedad cada vez más individualizada. Y donde lo individual crece, el Ego se hace fuerte.

El Ego (o mente egotista, según Echart Tolle, autor de El Poder del Ahora) es la consciencia de uno mismo. Y el uno mismo, nuestra identidad, en una sociedad individualizada, es muyyy importante. Así que cualquier cosa (o no cosa: imaginación) que la amenace, es también muyyy importante. Y por tanto: grave, horrible, digno de ser temido, digno de mi preocupación.

Hay muchas maneras de salirse el Ego, por ejemplo a través del Mindfulness (atención plena en el aquí y ahora) o a través de la gratitud: para desplazar el foco de atención desde la amenaza o problema hacia lo que es, y aceptarlo con valoración.

Pero, como psicólogo cognitivo-conductual que soy, considero que la mejor manera de salirse del Ego y su característico pensamiento neurótico es: no echarle mucha cuenta. Y eso se logra cuestionado la credibilidad y la utilidad de los pensamientos que inundan nuestra mente egotista.

En este blog ya he dado cuenta de algunas técnicas que nos sirven para cuestionar al Ego, ya sea a través de un diálogo interior o de la escrituraterapia, como por ejemplo: pregúntate por qué no es importante ese pensamiento que te ronda (preocupación: rumiación, anticipación) y qué sí es importante en este momento; o pregúntate qué te estás diciendo para sentirte mal, qué está pasando realmente y qué puedes hacer para sentirte mejor.

La siguiente técnica es complementaria con las anteriores y muy sencilla de aplicar en la vida cotidiana. Consiste en construir tu escala de la felicidad.

¿Qué es lo más importante para ti? ¿Qué es lo que le da valor a tu vida? ¿Qué es lo que más te gusta, te llena y te da paz y satisfacción?

Hace poco hablaba con un paciente y le preguntaba: ¿qué es lo más importante que has hecho en el día? Y él me respondió: preparar unas clases (es profesor), dedicar un tiempo al proyecto en el que estoy trabajando... Yo le dije: "No. Eso no es cierto. Sé qué es lo más importante que has hecho en el día y no es eso. Te conozco mejor que tú". Él, con la mosca ya detrás de la oreja, me replicó: "A ver, ¿qué? Y yo le contesté: "Darle un par de besos a tus hijos".

Estuvo totalmente de acuerdo conmigo.

¿A qué le das más valor: al dinero o a la familia, al trabajo o a los amigos, a tu identidad (como hace el Ego) o a sentirte bien contigo mismo?

Una escala de valores prototípica (¡y cuidado, eso no quiere decir que ésta tenga que ser la tuya!) podría ser:

1. Familia.
2. Amigos.
3. Ocio.
4. Descanso.
5. Comida y bebida.
6. Trabajo.
7. Música.
8. Sexo.
9. Viajar.
10. Crecimiento personal.

Insisto, es sólo un ejemplo: no están todos los que son ni tienen por qué ser todos los que están. Pero ahora cabría preguntarse: ¿mi preocupación, mi rumiación o anticipación, mi neura: amenaza realmente estos valores?

Y si la respuesta fuera que sí (que es muy improbable) cuestiónate si la amenaza es realmente definitiva: ¿si te quedaras sin amigos no podrías hacer unos nuevos, si te quedaras sin trabajo no podrías encontrar otro, si te quedaras sin música...? Eso último es bastante complicado, aunque cuidado, ¡que ahí está la amenaza del electro-latino, eh!

Incluso si la respuesta siguiera siendo que sí (que ya sería la repanocha), ¿no mantendrías otros valores que, valga la redundancia, la darían un valor muy especial a tu vida?

La pregunta final que tienes que hacerte es: ¿quieres que en tu vida abunden las neuras o lo que te hace sentir bien?

Pues empieza por darle valor sólo a aquello que para ti se lo merece.

Un abrazo.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

CÓMO ELIMINAR MALOS HÁBITOS

Con frecuencia me encuentro en mi consulta con personas que me dicen: "Sé que no debería hacer esto, que es malo, pero no sé cómo evitarlo".

Y es que es muy fácil dejarse llevar por los malos hábitos adquiridos y muy difícil frenar los impulsos que nos empujan a realizarlos.

Aunque lo que es muy difícil sólo cuesta un poco más que lo fácil.

Veamos qué nos puede ayudar a eliminar nuestros malos hábitos:

En primer lugar, los psicólogos (al igual que muchas personas más en el mundo), sabemos de la importancia que tiene definir bien un problema para hallar una solución al mismo.

Por lo tanto vamos a definir qué es un mal hábito: una conducta que se tiende a repetir por impulso y que provoca consecuencias no deseadas para el individuo y su entorno. Así, un mal hábito por ejemplo no tiene por qué ser eructar, si la persona no ve ninguna consecuencia negativa en ello y su entorno está acostumbrado y se lo permite. Ejemplos de malos hábitos: fumar, automachacarse, exigirse en exceso, discutir de manera agresiva con la pareja, tratar de complacer continuamente, rumiar, preocuparse... siempre y cuando, al hablar sobre estos comportamientos, expresamos nuestro deseo de no llevarlos a cabo, bien porque nos hacen daño a nosotros mismos o a otros.

¿Y qué es un impulso? Es la tendencia que mayormente los seres humanos experimentamos cuando actuamos movidos por alguna emoción sin que haya mediado una deliberación previa de la razón. Actuar sin pensar.

Por tanto:



Para eliminar los malos hábitos,
habrá que evitar dejarse llevar por los impulsos,
que generan esos malos hábitos.

Porque en el fondo, a no ser que hablemos de comportamientos autodestructivos que tienen su base en problemas de autoestima, nadie suele querer realizar una conducta que es mala para él y para su entorno. Pero un día, debido a un aprendizaje erróneo, adquirimos esa conducta, sin ser conscientes de las consecuencias negativas, y a través de repetirla se convierte en un hábito, y los hábitos son arraigados y cuesta mucho deshacerse de ellos... si no pensamos.

Porque es el impulso, la tendencia a repetir el hábito, a emitir la respuesta, lo que provoca esa respuesta, y ese impulso carece de razón, pero si conseguimos que la razón entre en la secuencia de respuesta, podremos evitar la continuación de esa respuesta no deseada:


Impulso - Respuesta no deseada
Impulso - Respuesta no deseada - Razón - Cambio de respuesta

Según la comparativa de secuencias anteriores, no se trata de "obligarnos a" dejar de emitir una respuesta no deseada, ya que el impulso, la "tendencia a", es algo que está muy consolidado en nuestro repertorio de respuestas, lo que dificulta de manera importante esa pretensión de no emitir la respuesta. Se trata de darse cuenta y salir del hábito.


Esto se puede llevar a la práctica a través de los siguientes pasos:


1. En primer lugar localiza cuáles son tus malos hábitos que deseas eliminar: la tendencia a pelearte con tu pareja, a pelearte contigo mismo, a preocuparte, a rumiar, a fumar, a beber...


2. En segundo lugar, como ya tienes localizada la conducta, eso no te facilitará eliminar el impulso, ya que se produce de manera automática, pero sí te facilitará el darte cuenta de que está volviendo a caer en una conducta no deseada. Cuando esa toma de conciencia se produzca, PÁRATE. No sigas dejándote llevar por el impulso, PÁRATE.


3. Cuestiónate. Que entre la razón en la cancha de juego. ¿Por qué crees que estás haciendo lo que haces? ¿Forma parte de aprendizajes erróneos o creencias irracionales? ¿Te sirve para algo, te ayuda a resolver un problema o a ser mejor persona? ¿Cuáles son las consecuencias negativas? Hazte consciente de la irracionalidad y disfuncionalidad de tu hábito y de las consecuencias negativas que tiene para ti.


4. Sustituye. Emite una respuesta opuesta o distinta de la que te empujaba a emitir tu impulso. Ha intervenido la razón, ahora puedes hacerlo: en lugar de pelearte, hablar; en lugar de machacarte o sobreexigirte, relajarte; en lugar de preocuparte o rumiar, focalizar sobre el presente y disfrutar el aquí y ahora; en lugar de fumar o beber, realizar una conducta sana, divertida y gratificante para ti.


Y es que la clave para eliminar los malos hábitos no está en "no hacer" sino en darse cuenta de que estás haciendo, dejar de hacer, y hacer algo nuevo.


Detectar el mal aprendizaje.


Desaprender.


Aprender.


¡Un abrazo!


miércoles, 15 de noviembre de 2017

UNA CREENCIA QUE DEBES ELIMINAR DE TU VIDA

A lo largo de nuestro aprendizaje vital, nuestro sistema de creencias se va desarrollando.

Una creencia puede ser definida como un pensamiento que se ha instalado en la manera de pensar del individuo de manera sólida, y que puede determinar su conducta y sus emociones.

De hecho, Albert Ellis, creador de la Terapia Racional Emotiva y propulsor de la Psicología Cognitiva, defendía en su teoría que no son los acontecimientos los que generan los estados emocionales sino la manera de interpretar los acontecimientos. De esa interpretación nacen las creencias, y de esas creencias nacen hábitos.

Por ejemplo: si mis padres le han dado una importancia excesiva al dinero, puedo adquirir la creencia de que el dinero da la felicidad y quizá me esfuerce mucho en mi vida por obtener más y más dinero o quizá caiga en un estado crónico de apatía y desesperanza porque me veo sin mucho dinero y sin posibilidades de conseguirlo. O: si una vez me rompieron el corazón, puedo adquirir la creencia de que los hombres o las mujeres son personas egoístas y que el amor no existe, y no volveré a confiar en una persona.

Albert Ellis estableció una clasificación de 11 creencias irracionales y disfuncionales, es decir, no son válidas desde un punto de vista racional ni tampoco útiles, ya que generan conductas ineficaces y/o estados del ánimo negativos. Usando los dos ejemplos anteriores: no es razonable que el dinero dé la felicidad ya que la felicidad no es una "cosa" que se consigue y hay muchísimos más elementos (que no se compran con dinero) que nos aportan felicidad, y no todos los hombres ni mujeres son completamente egoístas ni es cierto que no exista el amor (la ciencia ha demostrado que sí). Las conductas que se desprenden de estas creencias son disfuncionales porque pueden llevarnos a convertirnos en work-alcoholics (adictos al trabajo) o en personas que no se hacen responsables de sus vidas o en parejas sumamente celosas.

De las 11 creencias que estableció Ellis quiero hablar en este post de una que, si no la más perjudicial, es una de las que más daño puede hacernos:

"Si existe la posibilidad de que algo malo pase,
debo preocuparme mucho por ello".

Creo que ésta es una preocupación dominante en la manera de pensar de hoy día, y el origen de mucho estrés autogenerado (preocupaciones, rumiaciones, anticipaciones), y por ende de muchos problemas de ansiedad, depresión, y otros como puede ser la hipocondría (aunque en realidad ésta es un trastorno de ansiedad).

Pensémoslo bien (de hecho pensar bien es una herramienta poderosísima a favor de la felicidad, así que te animo a hacerlo muchísimo): siempre existe la posibilidad de que algo malo pase, así que si seguimos la lógica del pensamiento: ¡siempre estaré muy preocupado!

Por otro lado, preocuparme ni aumenta ni disminuye las probabilidades de que lo malo pase. Lo que incide directamente sobre el problema o amenaza, resolviéndolo o evitando que ocurra, son nuestras decisiones, planificaciones y acciones, no nuestros pensamientos. Lo que sucede es que que hay muchos problemas o amenazas sobre los que no podemos ni decidir, ni planificar ni actuar porque están fuera de nuestro margen de maniobra o porque ni siquiera han sucedido. Y la mente rumiante es la mente tratando de controlar algo que no controla.

Pero no lo consigue, y no sólo no lo consigue sino que además, provoca un efecto negativo en nuestro estado de ánimo y por ende en nuestra salud mental, emocional (y en muchas ocasiones física, cuando psicosomatizamos). Es decir que: nuestras preocupaciones no provocan un impacto real sobre el problema o amenaza, ni resolviéndolo ni evitándola, ¡pero sí provocan un impacto negativo real sobre nuestra salud!

Creo, por todo ello, que es más que necesario que desactivemos esa falsa creencia de que preocuparnos mucho es un arma para solucionar los problemas o evitar las amenazas, ¡es un arma contra nosotros mismos!

Cómo la desactivamos:

1. Por supuesto que siempre existe la posibilidad de que algo malo pase: de que suspendas el examen, te echen del trabajo, tu pareja te deje o contraigas una enfermedad. Pero también siempre existe la posibilidad de todo lo contrario: de que saques una buena nota si estudias lo suficiente, de que te asciendan si te esfuerzas, de que la relación con tu pareja sea larga y significativa si trabajáis para que así sea, y de que tengas la salud y fortaleza de un roble si te cuidas.

2. PERO, en el caso de que efectivamente lo malo pasase, y puede pasar, estoy convencido de que no es peor que estar constantemente preocupado. Porque si suspendes el examen puedes repetir convocatoria, si te echan del trabajo puedes encontrar un trabajo mejor, si tu pareja te deja puedes disfrutar enormemente de tu vida de soltería, y si contraes una enfermedad puedes curarte o ser feliz con tu enfermedad como consigue hacer muchísima gente enferma. Es decir: nos recuperamos de la adversidad (de lo malo), pero de la preocupación obsesiva...

De eso, no se recupera uno nunca.

Así que desactiva esa creencia...

... y sustitúyela por esta otra:

Si va bien, bien,
y si va mal, no pasa nada, lo superaré.

Y don´t worry, be happy y Hakuna Matata. :)

¡Y un abrazo!

lunes, 20 de febrero de 2017

CÓMO DEJAR DE PREOCUPARSE

Hay varios acontecimientos que han provocado que hoy escriba este post. En primer lugar que últimamente varios pacientes me reconocen que se descubren a sí mismos preocupándose por tonterías. El segundo, que hoy mientras corría, me he descubierto a mí mismo preocupándome por tonterías (sí, soy psicólogo, y aún así no soy perfecto :p ). Y el tercero haber visto ayer la película Manchester frente al mar, de la cual no desvelaré nada porque se merece que la veáis, pero digamos que el protagonista no es de los que se preocupan mucho.

No sé si tú alguna vez te has descubierto a ti mismo preocupándote por tonterías, pero permíteme imaginarme que sí. Es algo bastante común. Y que sin embargo puede provocar graves interferencias en nuestro bienestar: nos impide estar concentrados en una tarea y por tanto afecta a  nuestro rendimiento, nos dificulta la conexión con el aquí y ahora al mantenernos enfocados hacia el futuro, y nos genera ansiedad, ya que la tontería en sí en ese instante no es valorada como una tontería, y de ahí la preocupación.

Razones hay de sobra para querer mejorar en la gestión de nuestras preocupaciones, sobre todo si son tonterías. Pero lógicamente, para poder hacerlo tendremos que saber discernir entre tontería y lo que no lo es. ¿Y cómo lo hacemos? Evaluando el foco (el origen, la raíz, el porqué) de nuestra preocupación. De tal manera que:

¿CÓMO SABER QUE ME ESTOY PREOCUPANDO POR UNA TONTERÍA?
  • ¿El foco de tu preocupación es algo que no controlas? Es una tontería. No hay tontuna más grande que preocuparte por algo sobre lo que no puedes hacer nada.
  • ¿Controlas el foco de tu preocupación, pero no ahora? Me explico: sí que puedes hacer algo, pero no puedes hacer nada ahora... ¡a las 3 de la madrugada!
  • ¿El foco de tu preocupación amenaza tu integridad, tu existencia, tu felicidad? Imagínate que pasara aquello que tu mente preocupada teme que pase: supongo que sería malo, negativo, incómodo, desagradable... ¿Pero habría soluciones, alternativas, podrías seguir teniendo una vida relativamente feliz después de eso? Si la respuesta es sí, no lo dudes, ¡tontería!
  • ¿Es el foco de tu preocupación más importante que las cosas que te hacen feliz: familia, amigos, amor, aficiones, risas, satisfacción y crecimiento personal, autorrealización...? Ejemplos: ¿si tu foco de preocupación fuera quedarte sin empleo, podrías mantener el resto de cosas? ¿Si tu foco de preocupación fuera una de las cosas mencionadas, no podrías volver a enamorarte o tratar de hallar la autorrealización de otra manera?
Si usamos los filtros mencionados, seguramente encontremos que algunas de las cosas sobre las que nos preocupamos escapan a nuestro control, o que ahora no es el momento de pensar en ellas, o que no suponen una amenaza seria para nosotros, o que hay cosas más importantes y positivas sobre las que pensar.

No. No, perdón, algunas no... ¡La gran mayoría! Y es que...

La mente rumiante es la mente tratando de controlar
algo que no controla.
La mente anticipándose es la manifestación
de nuestro perfeccionismo.

Deseamos tenerlo todo atado y bien atado. Lo que se escapa a nuestro control. Lo que aún no ha sucedido. Lo que no es tan grave y es secundario. ¿Por qué? Por nuestro infantil rechazo al dolor emocional, ya sea en forma de tristeza, vergüenza o desilusión. Por nuestra inmadura interpretación del fracaso, que nos impide precisamente madurar, crecer.

Por tanto, lo único que hay que hacer, una vez sabido esto, es decirse a uno mismo bien alto: "No seas niño, no seas inmaduro, ¡y deja de pensar en esa tontería!"

Claro... ¡Claro que no!

El "deja de pensar" tiene un efecto rebote: en cuanto nos decimos "deja de pensar en tal" el "tal" se convierte en nuestro foco de atención.

Pero si llevamos a cabo el análisis que hemos realizado antes, sabremos entonces ya que el "tal" no es urgente ni amenazante ni importante.

Esto es imprescindible tenerlo bien claro. Peeeero... Aun teniéndolo claro, nuestra mente (la tuya, la mía, la de casi todos...) que por razones evolutivas, sociales y biográficas, sí que es una "mete prisas", una dramática y a veces incluso una histérica, nos devolverá una y otra vez el foco de preocupación para que rumiemos, anticipemos, dramaticemos y nos pongamos histéricos.

¿Y qué hay que hacer entonces cuando suceda eso? NADA. Déjalo estar. Let it be. ¿Por qué? Porque si ya hemos detectado que el foco de preocupación no es urgente ni amenazante ni importante, da igual que se presente cuantas veces quiera que se presente, ya que eso no lo convierte ni en urgente ni en amenazante ni en importante. Eso lo único que nos revela es que nuestra mente es una cansina perdía.

Y sí, sí que lo es. Y mientras más le hacemos caso, peor. Así que la próxima vez que se ponga pesada la jodía por culo, simplemente:
  • Date cuenta, sin reaccionar, sin juzgar, sin sobrevalorar ni hacer interpretaciones catastrofistas.
  • Relativiza, desdramatiza, bahitiza (¡bah!).
  • Cambia el foco de atención, dístraete u... ¡ocúpate de lo importante!
Tu familia, tus amigos, hacer el amor, reírte de todo... y el fantástico sonido de tu respiración.

jueves, 18 de febrero de 2016

¿SOY UN NEURÓTICO?

No pocas veces usamos el término neurótico/a... ¿pero sabemos qué significa realmente?

La neurosis hace referencia principalmente a un rasgo: la inestabilidad emocional. Persona con elevado nivel de neuroticismo = persona con elevado nivel de angustia.

El rasgo es un factor de personalidad. La elevada angustia del neurótico no está provocada por una lesión biológica ni tampoco por condiciones de estrés más desfavorables: dos personas pueden soportar condiciones similares y mostrar respuestas emocionales muy diferentes, y una sentirse más o menos relajada y otra muy angustiada, ante el mismo fenómeno.

Los rasgos de personalidad, como el neuroticismo, son características más o menos estables que son precisamente el resultado de la interacción de lo biológico con el entorno. Rasgos que determinan nuestra forma de ser y de, inevitablemente, pensar.

Y he ahí donde radica la diferencia entre la persona que no se altera demasiado ante un evento que, aunque quizá incómodo o no deseado, no implica ninguna amenaza para su integridad ni para su felicidad, y aquella que sí lo hace. La diferencia entre aquella persona que sabe mantener la templanza en tiempos de tormenta... y aquella que se ahoga en un vaso de agua.

Su forma de pensar.

Y es que el esquema mental, es decir, aquellos patrones de pensamientos que se repiten y que son parte inherente de nuestra personalidad, puede ser muy distinto de un sujeto a otro. Y no en pocos individuos, ese patrón está formado por pensamientos que no poseen lógica ninguna, menor utilidad aún, y que sólo nos provocan desequilibro emocional, angustia, dolor.

Una de las creencias irracionales que domina este tipo de esquema mentales, es el pensamiento mágico: el dogma de fe según el cual existe una conexión entre mis pensamientos y los hechos en mi vida. Esta asociación ilusoria se manifiesta en un pensamiento muy preciso y realmente muy peligroso:

Si me preocupo o me lamento mucho por algo,
evitaré que pase o que vuelva a pasar.

Y ése es, por supuesto, el nacimiento de los neuróticos: gente que vive constantemente angustiada porque constantemente no para de preocuparse y de quejarse.

Pero... ¿una vez que nace el neurótico, puede morir (sin que muera la persona me refiero, claro está)? Sí, sí puede. Cuesta mucho cambiar un esquema mental porque se ha ido formando a lo largo de toda nuestra vida a través de las experiencias. La buena noticia es que no dejamos de tener experiencias. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Leer este post por ejemplo, es una experiencia. Y si eres neurótico, espero que además sea una experiencia enriquecedora.

Lo espero, y también lo creo. Porque precisamente para dejar de ser neuróticos lo que podemos hacer es:
  1. Darnos cuenta de que nuestros pensamientos son irracionales, disfuncionales y dolorosos.
  2. Sustituirlos por pensamientos más realistas, útiles, y positivos.
  3. Y generar una respuesta alternativa a la que normalmente acompaña al pensamiento:
 OCUPARME VS PREOCUPARME.
 ACEPTAR VS LAMENTARME.

Si hicieras esto a partir de ahora todos los días de tu vida (siempre es imposible, pero estoy convencido de que sí es aproximadamente posible), ¿te das cuenta de cuánta felicidad podrías ganar? ¿No te sentirías libre? ¿No sentirías como que te has liberado de algo, como de una maldición?
La maldición del pensamiento mágico. Y es que no hay embrujo, que no tenga su propio antídoto. 

lunes, 1 de febrero de 2016

VAS A MORIR... Y LO SABES


Hace poco en un programa de radio pedían a sus oyentes que les mandaran la frase que pondrían en sus epitafios. Una de las respuestas fue tan buena que no pude resistirme a apuntarla enseguida. Fue ésta:

"Ahora me doy cuenta: apunté pocas cosas en la lista de cosas
que me importan una mi..."

Genial.

Y es que, como reza el título de mi post, vamos a morir. Y lo sabemos. Y eso no es malo. Lo malo sería vivir para siempre, porque sería aburridííísimo. Pero aún peor que eso es vivir como si no fuéramos a morir nunca.

Y por desgracia, usualmente, es lo que hacemos.

Y no pienso hacer filosofía barata: "vive como si hoy fuera el último día de tu vida". Ah, estupendo, pero, ¿y si resulta que, por lo que sea, oye, hoy no es el último día de mi vida y mañana el casero me echa del piso porque se lo destrocé en la fiesta que, espontáneamente, decidí celebrar ayer y en la que invité a 500 personas?

Vive como si fuera el último... No, por favor. Cada día tenemos responsabilidades que no podemos desatender porque las consecuencias de esas responsabilidades nos gustan y nos hacen la vida mejor (recuerda el post que escribí al respecto la semana pasada).

Ser conscientes de nuestra propia muerte, de que somos seres finitos, con fecha de caducidad, nos sirve. Pero no para llevar una vida que nos acerque más pronto a esa muerte (sexo, drogas y rock´n roll, como lema mola, pero la mayoría de los que lo siguieron no pasaron de los 27), si no para darnos cuenta de que tenemos que dejar de lamentarnos, obsesionarnos y aterrarnos, con cosas que el día de nuestro funeral ya no nos importarán un carajo (obvio), ni tampoco a la gente que nos quiere.

Ejemplo desolador (porque habla de mí): soy un tipo muy manazas. Hace poco descubrí que es porque tengo los dedos de las manos muy flexibles (supongo que eso por otro lado tendrá alguna utilidad, no sé). El caso es que continuamente se me caen objetos de las manos, a veces rompibles. Y en alguna ocasión me he llegado a obsesionar y castigar exageradamente por ello: "¡Pero David, ¿cómo puedes ser tan manazas?, hay que ver, eh!" (no es una traducción literal de lo que me digo, ni mucho menos).

Pues: ¿os imagináis en mi futuro funeral la siguiente conversación?

- Hay que ver, con lo bueno que era.

- Sí, pero un manazas.

- Es verdad, vámonos de aquí.

¿...?

Pues así con:
  • Las cualidades físicas: que si soy bajito, que si soy muy alta, que si no me parezco a Ricky Martin.
  • La entrevista de trabajo, el informe que he de entregar mañana a primera hora al jefe porque de no hacerlo se iniciará una III Guerra Mundial.
  • Lo que me dijo mi chica, lo que se me olvidó a mí decirle y me puede llevar a un desenlace trágico.
  • Todo el sinfín de problemas que tengo y que me convierten en el ser más desgraciado del planeta, como que he de llevar el coche al taller.
  • Lo que no tengo, lo que me he perdido, la que me espera...
Vas a morir, ¿lo sabes? TIC TAC TIC TAC (no, no tengo complejo de Pablo Iglesias). No vas a estar aquí para siempre. TIC TAC TIC TAC ¿De verdad quieres seguir amargándote tu breve, aunque puede que significativa y a veces incluso feliz existencia, con cosas que ya han pasado o que no tienes ni pajolera idea de si pasarán?

En terapia se usa el ejercicio de visualizar la propia muerte para aquellas personas cuyas preocupaciones no les dejan disfrutar de la vida. Tomar conciencia de que vas a morir sirve, bastante, para relativizar la gravedad de ciertas neuras. El ejemplo más claro es el de aquellas personas que viven una experiencia cercana a la muerte y desde entonces empiezan a valorar más lo bueno de sus vidas y a despreocuparse por problemas no tan serios ni importantes como a veces nos los presentan nuestra imaginación.

Como dice Eduardo Punset: "hay vida antes de la muerte". Vívela, sin preocupaciones, sólo con ocupaciones y despreocupaciones. Gracias por haberme leído, espero que sirva, no te mueras nunc... Tarde, que sea muy, muy tarde. Abrazos.