jueves, 29 de julio de 2021

¿LAS EMOCIONES ENFERMAN?

El pasado martes se habló en el programa Todo es verdad, de Risto Mejide, acerca de la praxis de ciertas terapias alternativas (o terapeutas) que promueven el tratamiento de las emociones para sanar enfermedades como la diabetes, el cáncer, las enfermedades coronarias u otras.


Sin querer entrar en la polémica sobre si estas terapias son recomendables o no, ya que en primer lugar no soy un experto en las mismas, en segundo lugar habrá que determinar, con claridad, qué es lo dicen o no dicen, porque quizá no dicen lo que dicen otros que dicen, y en tercer lugar, hay muchos tipos de terapias alternativas y, también, muchos tipos de terapeutas dentro de cada escuela, como para meterlas (los) a todas en el mismo saco, sí que me pareció muy interesante que se pusiera sobre la mesa el debate del impacto de las emociones sobre nuestra salud. Y de esto sí que quería hablar. Porque creo muy necesario hablar de ello.


Ya que, en el programa, había una participante, psicóloga, por cierto, que llegó a afirmar, con rotundidad, que las emociones no enferman. Y... tiene razón. Eso es verdad. Pero no es toda la verdad. Y por eso es tan importante matizar esa afirmación.


¿Qué nos enferma? ¿Qué nos produce cáncer o riesgo de padecer enfermedades del corazón? La vida. La vida nos enferma. Vivir implica morirse. Y nos morimos porque nos enfermamos. Y nos enfermamos porque vivimos. Lo que comemos, lo que bebemos, los químicos que nos metemos en el cuerpo, lo que respiramos, lo mucho o poco que tomamos el sol, lo que nos traumamos físicamente a lo largo de nuestros múltiples esfuerzos (yo ahora mismo estoy escribiendo con una pierna encima de una rodilla y eso es muy traumático para mi rodilla... voy a dejar de hacerlo, joder), todo esto influye sobre nuestra salud.


Si todo eso nos enferma, si un trauma físico (como una pierna encima de la otra) nos puede enfermar, ¿no va a hacerlo un trauma emocional? O lo que nos dicen. O lo que nos decimos a nosotros mismos. O las tareas que "tenemos que" hacer y que suponen una fuente de estrés.


¿Quiere decir esto que debemos evitar sentir emociones dolorosas o el estrés? Pues, igual que vivir enferma, y no por ello vas a dejar de vivir, ¿verdad?, la respuesta es no, no debemos evitar, a toda costa, sentir emociones difíciles o estrés. Porque es imposible, porque forman parte de la vida. Y porque, además, sentir esas emociones, haber padecido traumas emocionales, sufrir conflictos interpersonales o soportar estrés no son causa directa de enfermedades, mucho menos de enfermedades tan graves como el riesgo de infarto o el cáncer.


Así que, no, por supuesto que no es cierto (¡y qué barbaridad!) que solo haciendo una terapia que trabaja sobre las emociones, vayas a sanarte, ni de coña, de una enfermedad como aquellas u otras.


Sin embargo, se ha estudiado y confirmado que existe cierta correlación entre las personas que soportan altos niveles de estrés y el riesgo de infarto o personas con alteraciones del estado del ánimo y un sistema inmune más débil que es más vulnerable a algunas enfermedades. Pero no se da ni en todos los casos ni son estos, por supuesto, los únicos factores, sino que el peso de las factores genéticos, de la edad, y de los hábitos de vida de la persona (fumar, hacer vida sedentaria, la alimentación, etc.) influyen también muchísimo.


Por tanto, y aquí viene el matiz que hago sobre lo que se dijo en el programa de Risto, conclusión: las emociones, por sí solas, no enferman, no. De hecho, las emociones no son malas, las necesitamos (a todas, a las agradables y a las dolorosas) para vivir. Y hay que vivir. Y hay que sentir. No se trata de no sentir, sino de aprender a manejar nuestras emociones. Así que, la gestión emocional es importante, muy importante, para cuidar nuestra salud. Si queremos estar sanos, hay que ir al médico para tratar las enfermedades que se vayan generando en nuestro organismo, pero también hay que prevenir la enfermedad, y la mejor manera de hacerlo es promocionando una salud integral, que abarque las distintas dimensiones de nuestro organismo: cuerpo, cerebro, sistema nervioso, hábitos, alimentación, descanso, relaciones, autoestima, mente y emociones.


Así pues, la psicología es muy importante, la inteligencia emocional es muy importante, y el trabajo interior o crecimiento personal es muy importante. Siempre y cuando para ti sea muy importante tu salud.


Porque, ojo, y ya acabo con esto: que algo sea importante o muy importante no significa que haya que obsesionarse. De la salud, cada uno, como pueda, y en la medida que quiera, ha de ocuparse, no preocuparse. Hay que vivir. Y vivir implica sentir emociones, traumas y estrés. Y todo eso, y más que eso, implica enfermarse. Y enfermarse es morir. Pero, como decía Eduard Punset, hay vida antes de la muerte.


Así que vivamos.


Cuestiona todo lo que digo; la duda nos acerca más a la verdad.


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Si te gusté yo, hago terapia psicológica en consulta en Málaga y online para el resto del mundo. También he publicado un libro súper chulo (o eso me gusta creer), La Dictadura de la Felicidad.


¡Y sin miedo, y con muchas ganas de vivir y tener salud, recibe este abrazo!

jueves, 15 de julio de 2021

LA FELICIDAD EN EL SIGLO XXI

Hace muy poquito, el 5 de julio, por fin salió a la venta mi segundo libro, La
Dictadura de la Felicidad. Pero no he venido a hablar en este post de mi libro.


Bueno, a ver, a lo mejor un poquito. Pero muy poquito, os lo prometo.


Porque de lo que de verdad he venido a hablaros es de la felicidad en el siglo XXI. Tiene sentido si leemos el título del post, ¿verdad?


Cabría preguntarse por qué es necesario hablar de la felicidad en el siglo XXI. ¿Acaso la felicidad ahora es diferente que en el siglo XX, el IXX, etc.? ¿Varía la felicidad en función de la época, la década o, incluso, la temporada? Imaginaros: "Es verano y no sé qué felicidad ponerme, ¿cuál es la que está de moda este año?"


Según mi punto de vista, que no es el único, pero es el que puedo dar, durante lo que llevamos de siglo han surgido varios cambios que han influido en nuestra manera de ver y entender la felicidad y, por tanto, en el cómo hacemos para ser felices. Y son los siguientes:


- La aparición de la Psicología Positiva a principios de siglo. La ciencia de la felicidad. Con esta corriente, dentro de la psicología, se puso el foco de estudio en las mal llamadas "emociones positivas" (las emociones no son ni positivas ni negativas; son, punto). Esto está bien, creo que es bueno que se estudie qué hábitos, rasgos de personalidad y actitudes favorecen los estados de bienestar. Pero, la consecuencia también fue que se demonizaron las "emociones negativas". Ser feliz pasó a ser muy importante. Y ser infeliz... ¡la peor desgracia del mundo!


- El auge de las nuevas tecnologías. Internet, redes sociales, móviles... Sin duda nos han facilitado y enriquecido la vida en muchos aspectos. Pero, sí, también tienen su lado oscuro. Generan adicción y dependencia, nos desconectan (estamos más conectados que nunca, pero, ¿más siempre es más?, ¿o un mayor número de interacciones hace que estas sean menos profundas y significativas?), y, sobre todo, para el tema que nos atañe, estas nuevas tecnologías se han convertido en Escaparates de felicidad. Hoy, a través de las redes sociales, mucha gente muestra ser muy feliz todo el tiempo. Pero... ¿es verdad? ¿Y cómo pensáis que afecta esto a nuestra percepción de la felicidad?


- La "crisis" económica. En 2008 estalló, pero ya se había estado gestando mucho antes esta crisis estafa. La llamo así porque los principales responsables de la misma fueron los entes del sector financiero (bancos, grupos de inversión, grandes empresas) y sin embargo la pagamos los ciudadanos y ellos siguen siendo tan ricos son más ricos aún de lo que ya eran. La consecuencia para nuestra felicidad es que, en un contexto en el que la felicidad ha pasado a ser importante, porque hemos tomado consciencia gracias a la Psicología Positiva u otras fuentes, ¿cuándo nos ocupamos de ella, si hoy, para poder vivir, tenemos que trabajar más, cobrando menos, para pagar recursos básicos que cada vez son más caros?


- El confinamiento. Y si teníamos poco en estas dos décadas con la crisis económica, va y en el 2020, ¡bum!, llega el coronavirus. ¡Ole! La pandemia, al menos en España, nos metió dos meses en casa. Un tiempo en el que el mundo se paró. Fueron muchos los que dijeron que esto cambiaría nuestra manera de ver las cosas y vivir. ¿Fue realmente así? ¿Paramos? ¿Cambiamos? Algunos, simplemente, no pudimos, porque seguimos teletrabajando, y otros se dedicaron a aprovechar esta "pausa" para hacer más cosas que nunca: aprender a hacer pan y pasteles, clases online de yoga, seminarios webs de cualquier tipo... ¿Tenemos miedo a detenernos y mirarnos... por lo que pudiéramos encontrar?


Fuera como fuese, estos cuatro fenómenos me sirven para extraer unas ideas que pueden ser importante para la generación y buen mantenimiento de nuestra felicidad:


- Ve al psicólogo. O a una conferencia. O a un taller. O lee. O escribe. O medita. En definitiva, haz actividades que te ayuden a hacer introspección, autoanálisis. Ya que este es el primer paso para avanzar: conocerse, para saber de donde se parte.


- Haz menos y más lento. No necesito explicar esta idea. Simplemente hazlo, quítate cargas, quítate prisas, y comprueba si tu vida mejora o no.


- El sistema competitivo en el que vivimos no beneficia nuestra salud mental y emocional. Para nada. La perjudica. Por tanto, necesitamos ayudarnos más, ser más cooperativos, colaborar.


- Conéctate mejor. No más; mejor. Da igual el canal que uses, si es con el móvil o in situ. Lo importante es que dediques tiempo y atención a otras personas, sobre todo a las personas que son más importantes para ti. Escucha. Ábrete. Compartid.


- Y, por supuesto, ya que nuestro concepto de la felicidad, por todo lo anterior expuesto, y por otros muchos factores, se ha podido desvirtuar bastante, habrá que redefinir qué es la felicidad. Y para eso podéis comprar mi libro (y para más cosas, ya que en él también hablo del amor, de la toma de decisiones, de la autoestima). Ahora sí, ahora sí que me tocaba hacer un poco de spam (sorry).


Tenéis más información acerca de La Dictadura de la Felicidad, un libro de
autoayuda diferente, aquí.


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jueves, 24 de junio de 2021

LA CREENCIA DE QUE LOS DEMÁS NO ME VALORAN

En mi último post hablaba de algunas de nuestras creencias más autolimitantes
(no soy merecedor, soy inferior, soy mala persona...). Estas creencias están basadas en malas experiencias que derivan en aprendizajes erróneos y, por supuesto, tienen un efecto que puede llegar a ser devastador para nuestra autoestima y, por ende, para nuestras relaciones con los demás (es complicado relacionarse bien con los demás si no tienes una buena relación contigo mismo).


Pero, ¿qué pasa cuándo la creencia no va dirigida hacia mí, sino al resto? ¿Qué sucede cuando yo sí me valoro positivamente (me siento merecedor, un igual frente a los demás, buena persona...) pero considero que son los otros los que no lo saben ver y, por tanto, no me valoran como me merezco?


Bueno, pues, en la mayoría de los casos (habría que ver cada uno individualmente para poder decir "en todos los casos"), esta también es una creencia irracional o errónea. Vamos a ver los argumentos que nos los demuestran y, por tanto, desmontan esta creencia:


- Es una sobregeneralización. ¿Todo el mundo no te valora, nunca? A veces tenemos desencuentros o decepciones con algunas personas y llegamos a conclusiones globales que no se ajustan a la realidad.


- Puede que esa creencia sea el resultado de un sesgo atencional. ¿El hecho de que una persona te haya fallado alguna vez significa que no te valore? ¿Y todas las veces que no lo ha hecho, qué? Cuidado con dónde ponemos la atención, porque si solo la ponemos sobre lo malo, podemos sacar deducciones precipitadas y extremadamente negativas.


- Puede que esa creencia sea el resultado de una creencia autolimitante. Si, en el fondo, me pienso como alguien no merecedor... y me digo "¡sí soy merecedor!", pero luego alguien, con alguna acción, refuerza aquella creencia autolimitante, una falsa alarma se va a disparar dentro de mí y me va a decir, "¿Ves?, no eres merecedor, ¡por eso te ha hecho eso!", y entonces le estás dando un valor intrínseco a ti a un fenómeno que puede ser totalmente circunstancial.


Algunas de las claves que nos pueden ayudar a superar esta creencia irracional que, como veis, aunque dirigida a los demás, no deja de ser también una creencia autolimitante ("yo valgo, pero los demás no me valoran, ¿será porque no valgo?"), son:


- Usa el discernimiento. Ni todas las personas son iguales ni todas las situaciones son la misma. Si crees que algo falla, no hagas atribuciones polarizadas ("todo el mundo" o "yo soy así para todos"), sino pregúntate qué puede estar pasando: quizá has de elegir mejor tus compañías, quizá has de trabajar algún aspecto de tu personalidad, o quizá, simplemente, aceptar que no se le puede gustar a todo el mundo siempre.


- Permite el fallo, el disgusto, el desacuerdo, el conflicto, el rechazo... Somos humanos y, por tanto, ¡no perfectos! Nos equivocamos, y todos los fenómenos que acabo de nombrar son relativamente normales en cualquier relación. Cuidado con las expectativas: los demás no pueden estar ahí para nosotros siempre que los necesitemos y no fallarnos nunca. ¡Eso es una idealización! Y puede causar mucho daño. Si, tras usar el discernimiento, llegas a una conclusión razonada de que hay personas que te restan más que aportarte o que no están ahí casi nunca pero luego sí te demandan que tú lo estés, todo tu derecho del mundo a alejarte de esas personas, faltaría más.


- Y, por último: tu valía no la han de refutar los demás. "Sí, yo valgo, me creo merecedor, ¡pero los demás no me valoran!" Los demás no han venido al mundo a demostrarte continuamente lo que vales. Eres tú quien ha de creérselo y estar convencido de ello (sin ínfulas, por supuesto). Todos, por el simple hecho de ser seres humanos, somos válidos y merecemos amor y felicidad (hasta que nuestros actos determinen otra cosa, al menos). Luego, habrá gente que te quiera más, menos, a veces sí, a veces no... pero, tu valía y bienestar interior no has de depositarlos en ellos, sino en ti.


Tú sabes cuánto vales y cuán feliz te mereces ser y no por el hecho de que haya gente en el mundo (y no tooodo el mundo) que no te quiera o no te trate como te mereces significa que dejes de ser digno de amor y de una buena vida.


Un último consejo: da las gracias a las personas que bien te quieren... pero también a las personas que te han malquerido, porque ellas también te han ayudado en tu camino de crecimiento personal.


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El día 5 de julio sale a la venta mi libro (¡por fin!) "La Dictadura de la Felicidad".
Para los que estáis en Málaga, mañana viernes por la tarde estaré vendiendo y firmando en mi consulta algunos ejemplares limitados que ya tengo en mis manos. Y para los que no, aún podéis leer el primer capítulo desde la página de descarga gratis de esta web.


El día 11 de julio volvemos a representar en La Cochera Cabaret de Málaga el espectáculo "Mis idas de olla. Un psicólogo al borde de una crisis existencial". Entradas a la venta aquí: https://www.lacocheracabaret.com/evento/mis-idas-de-olla-2/ 


Y nada más (que no es poco). ¡Ah, sí, casi se me olvida! ¡Recibe este abrazo!

jueves, 10 de junio de 2021

CREENCIAS AUTOLIMITANTES

Todos tenemos un sistema de creencias que hemos ido desarrollando a lo largo de nuestra experiencia vital.


Algunas de esas creencias son autolimitantes. Nos condicionan de manera negativa, impidiéndonos sacar nuestro verdadero potencial. Nos llenan de miedos, nos ponen el "no" por delante, nos cohíben y nos hacen daño.


La mayoría de esas creencias son falsas o, como mínimo, inexactas, y son fruto de malos aprendizajes. Nos pasaron determinados eventos en el pasado de los cuales extrajimos conclusiones erróneas que fueron el germen de esas creencias.


Pero hay una cosa que tienes que saber. Y no me gusta usar la expresión "tienes que", pero esto tienes que saberlo: el pasado es influyente, no determinante. Podemos darnos cuenta de qué tipo de creencias autolimitantes nos están condicionado negativamente, quitarles valor a través de un razonamiento que nos demuestre su irracionalidad y disfuncionalidad, ver que solo nos aportan malestar y, desde ahí, iniciar una transformación de creencias que se traduzca en cambios de pensamientos y de hábitos.


No te voy a engañar: no es fácil. Muchas de esas creencias llevan soterradas en nuestro subconsciente mucho tiempo. Entonces, aunque a través de la lógica seamos capaces de desmontarlas, van a seguir estando ahí y manifestándose en nuestro diálogo interior y comportamientos. Pero, el objetivo no es eliminar estas creencias y los pensamientos y conductas subyacentes, sino darnos cuenta. Cada día, cada hora, cuando aparezcan, ser conscientes de que tratan de influirnos (para mal, obvio) y, entonces, que esa toma de consciencia nos sirva para desechar la creencia, transformar el pensamiento y cambiar el comportamiento y, por ende, el resultado.


Como dice el gran rapero El Chojin: "Que sea difícil no implica que sea imposible; que sea imposible no implica que vaya a rendirme".


Algunas de las creencias autolimitantes más típicas, son:


- No soy merecedor. Sobre todo de afecto. Personas que vivieron un apego distante o ambivalente de sus progenitores o que sufrieron experiencias de rechazo o abandono, suelen tener esta creencia. "No soy lo suficientemente digno para recibir el amor de los demás". Entonces, crean una coraza, se muestran distantes, esquivos a recibir amor, porque anticipan que acabarán decepcionándoles. O bien ven falsas alarmas de rechazo y abandono en todas partes: si no queda alguna vez conmigo, si muestra desaprobación, si no me contesta al whatsapp tras cinco minutos... La verdad es que, por regla general, no hay nada en nuestra personalidad que nos haga 100% inmerecedores del afecto de otros. Todos tenemos defectos y virtudes. Todos somos dignos de amor y, por supuesto, susceptibles de rechazo y abandono, y no por ello dejamos de ser dignos de amor. No se le puede caer bien a todo el mundo... pero tampoco mal.


- Soy un inútil. Personas cuyo modelos en la infancia eran excesivamente exigentes, críticos y/o sobreprotectores. Entonces, llegan a la conclusión "No sé hacer nada bien". Así que evitan, porque no se ven capaces, y al evitar, refuerzan su creencia, porque no se enfrentan a los retos y así es imposible aprender a hacer nada bien. La verdad es que todos somos inútiles en muchas cosas... ¡y muy útiles en otras! Lo importante es conocer cuáles son nuestras capacidades y desarrollarlas y aprovecharlas. Por otra parte, nadie nace sabido. Hay cosas que no sabemos hacer o que hacemos mal pero en las que con conocimiento y práctica podemos mejorar. Y cosas que no se nos van a dar bien en la vida, y no pasa nada, siempre se puede pedir ayuda.


- Soy inferior a los demás. Personas que han crecido en un ambiente competitivo o han sufrido bullying u otras experiencias de acoso. Entonces, como he aprendido (malaprendido, en realidad) que soy despreciable, porque no se me dan bien los deportes, o porque era tímido y no me relacionaba mucho de pequeño, o porque en mi vida han aparecido unos hijos de puta (lo siento, no tienen otro nombre) que se burlaban de mí y me ridiculizaban, debo ocultarme, esconderme, no mostrarme tal como soy porque si lo hago el otro descubrirá aquello que soy o tengo que me hace inferior. La verdad es que la vida no es una competición. No nacemos para ganar ni para cumplir con las expectativas de los demás ni para ser perfectos ni mejores que nadie. Todos tenemos cosas admirables y otras que no lo son tanto y no hay que avergonzarse de ellas. No estamos ni por encima ni por debajo de nadie, sino a la par. Con nuestras diferencias, que nos hacen únicos, no inferiores.


- Soy mala persona. Típica de personas que han sido criadas en un sistema de la culpa. "No hagas esto, esto está mal, eres malo/a". Claro, con unas expectativas tan altas de corrección y excesiva responsabilidad sobre el qué dirá y cómo se sentirá el otro, no es de extrañar que me sienta malo por casi cada metedura de pata que cometa (o incluso cuando no hago nada mal). La verdad es que todos somos buenos y malos, al menos en términos de potencialidad. Es decir, todos somos capaces de hacer el bien y el mal, y como somos humanos, a veces nos equivocaremos y haremos el mal. Pero, más importante que eso es saber discernir entre una cosa y la otra. Por otro lado, no somos absolutos responsables del sentir de los demás. Por ejemplo, no soy mala persona por decir que no. Y si la otra persona se ofende o se molesta, quizá se lo tenga que mirar ella y no yo.


- Soy feo o poco atractivo. Personas que han sufrido ataques a su imagen (críticas excesivas de los padres, bullying de compañeros) o que han sido criados en un sistema en el que se las han inundado de expectativas irreales sobre la belleza. Esta creencia se relaciona con la de "no soy merecedor", pero, además, provoca que la persona se obsesione con su imagen, o mejor dicho, con los aspectos negativos de su imagen, dejando de valorar otros más positivos y, por supuesto, desechando los rasgos de personalidad. Típico de personas con complejos, problemas de alimentación, obsesión por lo superficial y miedos que las limitan en sus relaciones con los demás. La verdad es que el canon estético es una construcción social pero la auténtica belleza está en los ojos del que mira, y todos tenemos rasgos que pueden llegar a ser admirables. Por otro lado, el atractivo no es solo una cuestión de físico, sino que la personalidad, la actitud y la manera de expresarte y relacionarte marcan grandes diferencias.


Como vemos, estas creencias son veneno para la autoestima e intoxican nuestra forma de ver el mundo y de vernos a nosotros mismos, dificultándonos vivir una vida más plena y en bienestar. De ahí la importancia de saber detectarlas, cuestionarlas y transformarlas.



Por eso, este sábado, en Málaga, hago el Taller del Buen Pensar, en el que analizaremos no ya creencias sobre uno mismo sino de todo tipo (el mundo, las normas sociales, la cultura... el cómo son o "deben" ser las cosas, en definitiva), para demostrarnos si somos capaces de ver que otro mundo es posible, primero dentro de uno, y de dentro afuera. Si estás en Málaga para la fecha, no faltes. Te esperamos. Será muy interesante, ameno y enriquecedor.


Cuestiona todo lo que digo; la duda nos acerca más a la verdad.


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Y, sin límites, ¡recibe este abrazo! 


jueves, 27 de mayo de 2021

TIENES QUE ESTAR MAL

¿Quién no se lo ha dicho alguna vez? Quizá usando otra expresión. Una vocecita
en la cabeza: "Tienes que estar mal".


Si hay algún problema importante en tu vida y no hallas la solución, si tienes alguna carencia, si la amenaza de una posible adversidad o pérdida se vislumbra en el horizonte... ¿Cómo vas a estar tranquilo? Tienes que que preocuparte. Tienes que estar mal.


Si perdiste a un ser querido, si acabó tu relación, si no conseguiste aquello que deseabas... ¿Cómo vas a estar alegre? Tienes que estar mal.


Si te vas conociendo mejor y descubriendo debilidades, miedos, complejos u otras zonas oscuras en ti... ¿Cómo vas a estar bien contigo mismo? Eso sería conformarse. Tienes que estar mal.


Y es que, qué diferente es el acto de permitirse estar mal al de decirse "tienes que estar mal". Cuando me ha pasado algo malo (o que valoro como malo), todo el derecho del mundo a sentirme triste, preocupado o enfadado. Cuando me ha pasado algo malo y me siguen sucediendo cosas  que, ahora, podría valorar como buenas... No me permito estar bien. No. Tienes que estar mal.


Porque nuestra mente controladora y perfeccionista no puede permitirse que haya problemas, decepciones, fracasos o que no seamos lo que se supone que deberíamos ser. Y, mientras todo eso pase, ¿cómo vas a relajarte, como vas a estar contento, cómo vas a aceptar ser quien realmente eres?


Y, entonces, nos enfocamos en lo malo, en lo que tendría que ser pero no es y por lo tanto es malo, y si es malo, aunque haya cosas buenas, cómo me voy a permitir estar bien.


Y donde ponemos la atención, ahí está nuestra vida. Pero, por muy grave que sea el problema, por muy dura que sea la pérdida, por muy importante que sea tu debilidad... no creo que esa sea toda tu vida. Por tanto, no pongas toda tu atención ahí.


Cuanto más ando este camino llamado vida más me doy cuenta de lo crucial que es saber mantener el equilibrio para seguir avanzando. Por eso, es necesario permitirse estar mal... y también estar bien.


No se trata de rechazar el dolor. Se trata de darle su espacio. Pero no dejar de dárselo a la dicha, a la gratitud, al humor, al amor, a la paz.


No se trata de que todo nos vaya bien. Se trata de aceptar lo malo y que eso no me impida seguir produciendo momentos de felicidad.


No se trata del "tienes que". Menos "tengo que" y más "me permito". Me doy. Me regalo.


Como este regalo que hoy yo, en forma de post, te regalo a ti y me regalo a mí mismo.


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martes, 11 de mayo de 2021

MANEJAR LA RESPUESTA DE ESTRÉS

La respuesta de estrés es una reacción psicofisiológica ante los estímulos del
ambiente. 


Hasta aquí todo normal. Pero, ¿cuándo se dispara esa respuesta? Porque el ambiente posee muchos estímulos, ¿todos son estresantes? No, aunque sí todos son susceptibles de provocar una respuesta de estrés. Si valoramos el estímulo (la tarea, la interacción, la demanda) como muy difícil, a nosotros como muy pequeños frente a él, y sobrevaloramos las consecuencias negativas de no hacer bien el estímulo, es normal que se dispare esa respuesta, ¿no? 


Imagínate a alguien que ha de, simplemente, interactuar con otra persona. Y se dice: "Hablar con otras personas es muy difícil, yo no soy nada bueno para eso, ¡y encima si lo hago mal seguro que todo el mundo va a pensar fatal de mí!" Confianza a tope, ¡yupi! Pues, añadamos algo más a todo eso: la valoración que hago de mi propia respuesta de estrés. "Qué nervioso estoy, no debería sentirme así... ¡es insoportable!" Resultado: miedo no... ¡pánico!


Por tanto, para manejar nuestra respuesta de estrés:


- Démosle al estímulo la dificultad que realmente tiene. Hagamos un análisis y juicio realistas. ¿Dónde están las dificultades, qué puedo hacer para tratar de superarlas? Pongámonos metas que sean alcanzables. Pidamos ayuda si la necesitamos. Renunciemos a cosas, no podemos con todo.


- Confiemos en nosotros mismos. ¿Nos conocemos, sabemos cuáles son nuestras capacidades y potencialidades, creemos en ellas? Enfrentémonos a los retos para, a través de la evidencia, demostrarnos a nosotros mismos que somos capaces.


- Relativicemos las consecuencias negativas de hacerlo mal. ¿Tan trágico es? El fallo, el fracaso, el rechazo, el ridículo... ¿los estamos demonizando? ¿Nos dice todo eso que somos inferiores... o solo que somos humanos?


- Permitámonos sentir emociones difíciles como el estrés, la ansiedad, la vergüenza... No tratemos de suprimir el miedo; aceptémoslo, integrémoslo en nuestra vida y, simplemente, acompañémoslo con respiración y autoverbalizaciones que sean positivas, relajantes y amables (mantras).


Por ejemplo:


- "Puedo hacerlo mal y no soy menos válido por ello. Y puedo estar nervioso y no significa que no sea capaz de hacerlo bien".


- "No he de poder llevarlo siempre todo para delante".


- "Ninguna garantía; todas las posibilidades".


- "Si va bien, bien; y si no, algo aprenderé".


- "No sé si lo haré; pero sí sé que puedo hacerlo".


- "Valiente no es el que no tiene miedo sino el que sabe conquistarlo" (Nelson Mandela).


- "Hazlo. Y si te da miedo, hazlo con miedo".


Y esta que está inspirada en unas palabras de Brené Brown en su conferencia TED sobre la vergüenza (puedes verla en Youtube... imprescindible): "No queremos que seas perfecto. Solo que entres en el ruedo y te atrevas a hacer tu pequeña gran osadía".


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miércoles, 5 de mayo de 2021

NO TRATES DE IMPRESIONAR A NADIE

Este pasado domingo 2 de mayo estrenamos en La Cochera Cabaret de Málaga el espectáculo "Mis idas de olla. Un psicólogo al borde de una crisis existencial", una obra escénica que fusiona las charlas de bienestar psicoemocional con el teatro, el stand up comedy (monólogos) y otras disciplinas artísticas. Está escrita y dirigida por mí y también participaba en ella, lo que supuso una salida tremenda de mi zona de confort. No soy actor ni cómico ni tampoco conferenciante (al menos hasta ese momento), así que como era la primera vez, como no eran mis tablas... ¡estaba cagado!


Por eso, el día anterior a la representación, me puse la película Birdman o (La Inesperada Virtud de la Ignorancia), un film de Alejandro González Iñárritu, protagonizado por Michael Keaton, que narra la odisea de un actor de cine comercial, ahora en declive, para producir una obra de teatro. Pero, más allá del argumento, el tema de la película, claramente, es: la necesidad de reconocimiento por parte de nuestro ego.


El personaje de Keaton se juega su patrimonio y la salud, literalmente, por sacar su obra adelante. Está tan obsesionado con hacerlo que incluso deteriora su relación con las personas que más quiere. Y, ¿por qué? Porque ansía abandonar esa imagen de actor popular (pero mediocre) que la gente se ha hecho de él y desea, no, necesita, urgentemente, ser valorado como un actor serio, prestigioso... Trascendente.


Trascendente. En la película se habla sobre la supuesta trascendencia del ser humano. En una escena de la misma, la hija de Keaton, interpretada por una magistral Emma Stone, le explica a su padre un ejercicio que le enseñaron a hacer durante su estancia en un centro de desintoxicación: se trata de coger un rollo de papel higiénico e ir dibujando en sus tiras, rayita a rayita, todos los millones de miles de años de La Tierra (6 mil millones de años). Cada rayita representa solo mil años. Por lo que hay que dibujar muchas rayitas. Al final del ejercicio, se corta la parte del papel que representa el tiempo que el ser humano lleva habitando La Tierra (150 mil años). Es una parte muy pequeña del todo. Al final de la conversación con su padre, ella le dice: "Con esto tratan de recordarnos el valor de nuestro ego y narcisismo".


Así de pequeños somos. No somos trascendentes. No somos relevantes. No somos importantes. Y, sin embargo, nuestro ego, el ser que habita en nuestra mente (la imagen de nosotros mismos con la que nos identificamos), al hacernos creer que sí, que lo somos, todos nuestros actos, todas las impresiones que causemos en los demás, todos nuestros problemas, traumas, complejos o carencias, también nos los hace ver como algo trascendente.


Por tanto, debo hacerlo todo bien (o muy bien... o perfecto) siempre, para causar una buena impresión en los demás y obtener reconocimiento y evitar el trauma del ridículo o del fracaso... ¡porque todo eso es muy importante!


- Hacer una obra y que salga genial y que a todo el mundo le guste.


- Hablar en público y que tu exposición salga perfecta.


- Acudir a un evento social y ser popular.


- Entregar todas la tareas a tiempo para obtener el aprecio de tus jefes.


- Ser la persona que socialmente se supone que debes ser.


El problema del reconocimiento, en realidad, no es que lo deseemos. Porque, al fin y al cabo, como animales sociales que somos, nos gusta ser reconocidos y no podemos erradicar ese anhelo de nuestro esquema mental. Simplemente está. No queda otra que aceptarlo. Pero, el problema sí es confundir reconocimiento con amor. Porque el amor es una necesidad. Necesitamos amor desde que somos bebés para poder sobrevivir. Sentimientos de conexión y pertenencia (aunque no sea a otras personas... a los animales, a la naturaleza, a la vida). Pero no necesitamos reconocimiento.


La sensación de necesidad nos lleva a sobrevalorar el impacto tanto positivo como negativo del objeto que creemos que necesitamos. Entonces, ¡es maravilloso ser reconocido! ¡Y es horrible no serlo! Pues, chico, chica, el mundo va a seguir girando igual por mucho merecimiento o desmerecimiento que obtengas.


Y, creo, no es tan malo saberse tan pequeño en este vasto mundo, porque así, mi supuesta necesidad de reconocimiento también lo será, e igual mis fallos, y mis defectos, y mis carencias... Y porque no necesitamos ser trascendentes para amar y ser amados (o sentirnos conectados a algo).


El amor y el reconocimiento no son lo mismo. No los confundas. Jamás. Así que ama, pues esta es la única manera de obtener amor, amar. Y no trates de impresionar a nadie.


No trates de impresionar a nadie.


No trates de impresionar a nadie.


Cuestiona lo que digo; la duda nos acerca más a la verdad.


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Y, ¡ah!, por cierto, al final la representación fue muy bien. Llenamos La Cochera y el público nos devolvió un poco de su reconocimiento (que está muy bien y nos puso muy contentos) y mucho amor. Amor de ida y de vuelta. ¡Gracias, un abrazo!