martes, 22 de mayo de 2018

¿BAJAR TUS EXPECTATIVAS TE PUEDE HACER MÁS FELIZ?

Sé lo que estás pensando. O a lo mejor no, soy psicólogo, no adivino. Pero déjame adivinar por un momento: piensas que la pregunta que da título a este post suena a conformismo.

Es como si planteara: para ser feliz, ¿debo conformarme? ¿Debo renunciar a proyectos y metas? ¿Debo dejar de soñar?

No es eso de lo que me dispongo a hablar ahora, y aunque lo fuera, lo último que tienes que hacer es hacerme caso. Yo no escribo en este blog para que me hagas caso. Escribo para hacerte pensar, y luego, tras tus reflexiones, que tú te hagas caso a ti mismo.

Y no a lo que nos han dicho que debemos hacer caso...

Es bueno tener proyectos y metas, y sueños. Es bueno soñar, pero no siempre, porque suele ser habitual tener también que trabajar para cumplir nuestros sueños.

También es bueno tener expectativas positivas. Porque cuando las tengo, cuando espero que de mi trabajo salga algo bueno, me predispongo al éxito, a la consecución de aquellas expectativas, y por ejemplo me hago más tolerante al fracaso, pongo más empeño y motivación, persisto más en pos de aquellos objetivos con los que me comprometí. Las expectativas positivas me acercan a la consecución de mis expectativas:

Si pienso que seré capaz de hacerlo,
estaré más cerca de hacerlo,
que si pienso que no soy capaz.

Lo que quizá no sea tan bueno es esperar que cumplir mis expectativas me hará muy feliz. O que no cumplirlas me hará sumamente infeliz.

Podemos encontrar muchos ejemplos muy habituales sobre esto: quiero hacer una fiesta de cumpleaños y quiero que sea la fiesta más épica de todos los tiempos, si lo consigo es posible que ni la disfrute porque habré estado demasiado preocupado por que fuera la mejor fiesta del mundo, si no lo consigo me sentiré un fracasado total, a pesar de que posiblemente haya sido una muy buena fiesta.

Más ejemplos: la pérdida de la virginidad, esa peli cuyo tráiler la hacía parecer alucinante, las bodas, el fin de semana... ¿Qué hay de malo en tener un fin de semana sin planes? Te quedas descansando en casa, puedes ahorrar, puedes invertir tu tiempo en hacer cosas solo o sola que hace tiempo que querías hacer pero nunca encontrabas tiempo.

Otro ejemplo: cuando España ganó el Mundial. ¿Cuánto tiempo llevábamos esperándolo? Lo deseábamos tanto que hasta pensábamos que cambiaría nuestras vidas: "¿cómo nos sentiremos cuando por fin seamos campeones del mundo?", nos decíamos. Pues la noche de la final fue un subidón absoluto, pero al día siguiente... Al día siguiente a currar (o a estudiar o a buscar trabajo) exactamente igual que tres días antes.

Tener expectativas demasiado altas puede hacerte infeliz. Porque mientras trabajas para alcanzar esas expectativas te centras tanto en conseguir que se cumplan que te olvidas de disfrutar el trabajo, el camino. Y porque una vez que las consigues experimentas un estado de felicidad que como todo estado de felicidad, es transitorio.

El estado de felicidad que experimentas cuando te comes un helado, es transitorio. El estado de felicidad que experimentas cuando consigues el ascenso de tu vida, es transitorio.

Por tanto sueña, no dejes de soñar, y persigue tus sueños... pero no olvides de disfrutar el camino, porque eso seguramente sea más importante que tus sueños, ya que el camino...

Es tu vida.

Y la vida no es sueño.

Barry Schwartz es un psicólogo estadoudinense, autor del libro La paradoja de la elección, por qué más es menos. En él habla de cómo en las sociedades industrializadas hemos ampliado hasta la enormidad nuestra capacidad de elegir y eso ha aumentado considerablemente nuestras expectativas.

Como tenemos tanto de donde elegir, nuestra expectativas respecto al objeto de elección (unos vaqueros, un trabajo, una pareja, una casa...) aumentan. El resultado: nos bloqueamos e invertimos demasiado tiempo y energía en decidir, y una vez hecha nuestra elección, es muy probable experimentar arrepentimiento, culpa o decepción al imaginar otra opción disponible que era mejor que la escogida.

Es decir: no disfrutamos el camino y cuando llegamos no nos sentimos mucho mejor.

Si mantuviéramos nuestra capacidad de elección pero hubiera menos donde elegir, seríamos más felices, porque nuestras expectativas no serían tan elevadas. Si por ejemplo en el mundo hubiera una distribución más igualitaria de la riqueza, haríamos más felices a personas del tercer mundo, al darles capacidad de elegir, y al reducir nuestro agigantado abanico de elección, nosotros también seríamos más felices... porque ya no estaríamos tan preocupados por elegir lo mejor, como por hacer lo mejor con lo que tuviéramos.

Tener alternativas es bueno. Tener demasiadas alternativas que inflan nuestras expectativas... No lo creo. Por eso:

1. Haz cosas bonitas con tu vida: márcate proyectos, metas, ten ilusiones, sueña y haz por cumplir tus sueños.
2. Pero renuncia a conseguir lo mejor (la expectativa más alta). Porque cuando consigas lo mejor seguramente te darás cuenta de que lo mejor no era para tanto...
3. Y que ni siquiera tenías que conseguirlo, porque ya lo tenías...

Porque lo mejor reside en tu capacidad de aceptar plenamente el aquí y ahora y disfrutar y agradecer lo que tienes hoy.

Porque la vida es lo que pasa y la felicidad lo que haces, mientras tienes otras expectativas.

¡Un abrazo!

martes, 15 de mayo de 2018

LA VIDA ES UNA LENTEJA

No hace mucho tiempo fui opositor.

Opositar significa: nervios, dudas, incertidumbre, fatiga física y mental, frustración... Si alguien ha pasado o está pasando por el duro reto de enfrentarse a unas oposiciones, sabe de lo que estoy hablando.

El día del examen es como si todos aquellos estados emocionales acumulados durante los meses previos (o incluso años), se reunieran dentro de ti para organizar una gran fiesta. Es el momento del todo o nada, la hora de la verdad. ¿Todo el tiempo y esfuerzo invertidos habrán valido para algo?

Veía a gente en los pasillos antes de entrar al aula de examen y cada uno trataba de gestionar su ansiedad lo mejor que podía: repasando los apuntes por última vez para así no pensar, rezándole a un rosario, llamando a sus seres más cercanos para decirles que les querían... La verdad es que ahora que lo pienso, el aula de examen, a la que nos iban llamando uno a uno para entrar por orden alfabético, parecía aquel día más un matadero que la clase de una facultad.

¿Cómo gestioné yo mi propia ansiedad? Observando. La verdad es que observar siempre me ha servido para relajarme. A mí por ejemplo me gusta muy poco conducir y mucho viajar como pasajero: en coche, en tren, en avión... En esos momentos en los que sueltas el control (la Mente siempre quiere tener el control de todo, especialmente sobre lo que no controla), te dejas llevar por la vida como si fueras un pasajero y te sientes cómodo, relajado, tranquilo.

Me refiero a observar, sólo observar, por supuesto. Sin juicios ni valoraciones ni críticas... Sin control o pretensión de control. Mindfulness, Atención Plena. Sin embargo algo no estaba haciendo bien porque, aunque sí que conseguí reducir mi nivel de ansiedad, estaba enfadado. Estaba enfadado por tener que aguantar tanto histerismo, enfadado porque había mucha gente con la que iba a competir por una plaza, enfadado porque no sabía muy bien cómo había llegado hasta allí, enfadado porque quería que terminara lo más pronto posible. Creo que incluso me enfadaba el hecho de estar relativamente tranquilo cuando todo el mundo estaba nervioso.

Recuerdo (ahora, justo ahora que estoy escribiendo, porque esto no lo tenía preparado así) mi primer día de colegio. Mi madre al dejarme en el cole me dijo que cuando saliera vendría a recogerme, que si yo salía antes y ella no estaba que no me preocupara ni llorase, que ella aparecería pronto para llevarme a casa. Al salir mi madre no estaba y yo recordé lo que me había dicho y me mantuve tranquilo... hasta que me di cuenta de que a mi alrededor no había más que niños llorando histéricamente porque sus madres no había aparecido aún, así que yo me puse a llorar con ellos. Cuando mi madre apareció, me regañó (y con razón): "¿Por qué lloras, no recuerdas lo que te dije?" Hoy le diría que fui víctima de  un proceso empático. En esa ocasión sólo pude articular un lastimero "No sé" entre hipo e hipo.

Lo que más me enfadaba  de aquel día del examen era estar allí tranquilo cuando en realidad debía estar hecho un manojo de nervios como el resto. ¿Qué me pasaba? ¿A dónde había ido mi empatía? ¿Es que aquello no me importaba o ya lo daba por perdido?

Autoanalizándome ahora (y lo estoy haciendo, por eso me gusta tanto recomendar la escritura como ejercicio terapéutico) me doy cuenta de que algunas personas canalizan su ansiedad rezándole al rosario y otros simplemente se enfadan.

El hecho es que cuando por fin dijeron mi nombre y entré en el aula y me indicaron el sitio en el que debía sentarme... No creo en el destino ni ese tipo de cosas (Universo, karma, etc.), pero cuando me senté en el sitio donde realizaría mi examen, enseguida me percaté de que alguien había escrito una frase con típex. Una frase que llamó mucho mi atención y que decía:

La vida es una lenteja

No creo que el destino me pusiera en aquella mesa para leer esa frase, darle un significado especial y poder transmitírtelo. Pero es lo que está sucediendo ahora varios años después. Tampoco sé si mi interpretación de la frase es la misma que la persona que la escribió (seguramente no, me imagino a una una chica o chico aburrido por culpa del rollazo que le está contando algún profesor o profesora y escribiendo entonces con el típex la primera tontería que le viene a la cabeza), y puede que tampoco sea la misma que la tuya. ¿Qué te ha transmitido "la vida es una lenteja"?

A mí me transmitió paz. En cuanto la leí, desapareció el enfado y todo lo demás: los nervios, las dudas, la incertidumbre, la frustración... Se acabó la fiesta chicas. Me quedé tranquilo y contento.

Porque "la vida es una lenteja", para mí (y quizá sólo para mí, quizá tú tengas que encontrar tu propia frase) significó en aquel momento que aquel momento no era tan importante. De hecho, no era nada importante. No era más importante que una lenteja. Y hoy, en mi vida, significa que la vida no es más importante que una lenteja.

Es bonita, es sabrosa, es bella y merece ser vivida. Pero saber que no es importante (ni tiene que serlo) a mí me ayuda a quitarme miedos y preocupaciones que me impedirían valorar, saborear, apreciar y vivir mejor mi vida.

Por eso, si te estás o te tienes que enfrentar a algún reto hoy, ya sea un examen, una entrevista de trabajo, un proyecto, un cambio, una decisión "importante"... Hazlo, enfréntate, dedícale tiempo, esfuerzo, ganas, coraje, ilusión... Pero no pienses que es importante. No creas que te va la vida en ello. Y aunque así fuera: tu vida no es importante. La vida es una lenteja.

Suspendí aquel examen con una nota horrible. A veces me gusta pensar que gracias a aquel suspenso puedo estar aquí escribiéndote estas líneas. Que gracias a aquel suspenso hoy día hago un trabajo con mis pacientes y los asistentes a mis talleres que me gusta y me llena. Hoy, estoy tranquilo y contento.

Y cuando dejo de estarlo, porque no siempre se puede estar tranquilo y contento, creo que acordarme de la frase "La vida es una lenteja" me ayudará.

Espero que a ti también. ¡Un abrazo!

*Este post está dedidado a todos los opositores que rezan rosarios antes de un examen.  

jueves, 10 de mayo de 2018

CÓMO CONTROLAR LAS EMOCIONES

Las emociones son naturales y cumplen una función.

Por eso decimos que no hay emociones buenas ni malas. Sólo emociones más agradables y otras menos. Existen incluso emociones dolorosas. Pero ni siquiera éstas se pueden considerar malas. ¿Es el dolor malo?

La fiebre es útil para el sistema inmunitario, ya que le permite tomar ventaja sobre agentes infecciosos, haciendo al cuerpo menos receptivo a la replicación de virus y bacterias sensibles a la temperatura. ¿Y qué me dices del dolor que precede al parto? ¿Y el dolor tras la marcha de un ser querido? Esa tristeza es la que nos permite superar la pérdida.

Entonces, si decimos que no hay emociones ni buenas ni malas, ¿por qué hablar de controlar las emociones? Entiendo que para muchas personas el término "control" les induzca a pensar en "represión". ¿Quién soy yo para controlar tu vida cuando el dueño de tu vida eres tú?

Exacto. Por eso: ¿quién es la emoción para controlar tu vida? El hecho de que tengas emociones no implica que debas cederle el mando de tu vida a esas emociones. Se trata por tanto de controlar no para reprimir la emoción, sino para que la emoción no nos controle. Dominar para que no nos domine. No darle el poder, no ceder el control absoluto a la emoción.

Porque entonces la tristeza me puede llevar a pasarme días enteros en la cama, y a no ser que estemos de vacaciones (y normalmente ni por esas) no queremos pasarnos días enteros en la cama, por tanto la emoción ha tomado el control. El miedo nos puede llevar a evitar y por regla general queremos afrontar. La ira nos puede llevar a golpear y... Aunque a veces sí quisiéramos hacerlo, desde luego que no deseamos las consecuencias negativas tras el golpe.

¿Cómo conseguimos dominar o controlar la emoción? Desde la posición de observador. Observando la emoción y permitiéndola estar, ser, sintiendo la emoción, porque así es como una emoción se extingue: no reprimiéndola, ahí se queda con nosotros; se extingue sintiéndola.

Cuando soy capaz de sentir la emoción aceptándola plenamente, sin pelearme con ella ni conmigo mismo porque se manifiesta, y soy capaz de no dejarme llevar por ella gracias a mi posición de observador de la emoción, a través de la cual dejo ser a la emoción pero no me identifico con ella: la emoción viene, transita por mi, y se va. Cumple su función, pero no me condiciona. No ha tomado el control, no me ha dominado, porque he sido capaz de mantenerme en posición de vigilia (despierto, no adormecido por la emoción) y en esa posición tengo el control.

Esto es lo que se trabaja, entrena y desarrolla a través del Mindfulness en Emociones:

1. Observar nuestro Universo Emocional.
2. Comprenderlo. Conocernos mejor.
3. Aceptarlo evitando hacer juicios de valor que le den el control a nuestras emociones.
4. Experimentar gratitud ante nuestro sentir porque todas las emociones cumplen una función que nos ayuda a adaptarnos al medio.
5. Y al no sentirme mal conmigo mismo por cómo me siento: mejorar la relación con mi Yo.

Este sábado 12 de Mayo de 10:30 a 13:30 en Málaga haré un nuevo Taller de Mindfulness en Emociones para alcanzar paz y bienestar emocional observándonos, desde dentro. Si estás en Málaga y puedes asistir, ¡te espero! Si no, recibe como siempre un abrazo. Y recuerda:

La salida del dolor, es a través del mismo dolor.

miércoles, 2 de mayo de 2018

TU ISLA DESIERTA

Me he inspirado para hacer este post en un viaje que he hecho en este puente de 1 de Mayo con tres amigas.

A muchísima personas les encanta viajar. De hecho es una de las cosas que más les gusta hacer. Yo me lo he pasado genial en este viaje. El destino ha estado bien (Manchester y Liverpool) y la compañía ha sido adorable.

¡Pero he acabado agotado! Agotado de visitar lugares, agotado de hacer actividades, agotado de hablar... Agotado de no estar solo.

Soy de esas personas que necesita estar solo de vez en cuando para descansar de la gente. Por eso, después del viaje, me dediqué a estar un día solo conmigo mismo. Hice otro viaje: lo que yo llamo escaparme a mi isla desierta.

Me quedé en casa todo el día, leyendo, viendo series y escuchando música. Y comiendo (me encanta comer). Y fue absolutamente reparador. Fue absolutamente terapéutico. ¡Fue un viaje genial!

Cuando volvimos al aeropuerto tenía ganas de estrangular a mis amigas y no porque lo hubiera pasado mal con ellas, ¡al revés, lo había pasado en grande! Pero estaba demasiado agotado como para sentir amor hacia ellas. Y ahora, después de mi pequeña escapada a mi isla desierta, ¡estoy deseando volver a verlas!

Por eso pienso que a todos nos puede venir bien irnos a nuestra particular isla desierta para mejorar en nuestras relaciones. Con nuestra pareja, familia, compañeros, amigos... Que queramos no verles por un tiempo no significa que no los amemos o no lo pasemos bien con ellos, sólo significa que las relaciones desgastan, y por eso a veces es bueno escaparse a la isla desierta, recuperar la conexión con uno mismo, y volver regenerado.

Sobre todo en una relación de pareja, en la que se pasa tanto tiempo juntos, creo que esto es importantísimo. ¡Y qué decir del trabajo! ¡Cuántas veces deseamos escaparnos a una isla desierta cuando estamos en el trabajo, ¿verdad?! Lamentablemente no siempre se puede. Y que desees hacerlo no significa que no te guste tu trabajo. Insisto: las personas cansan, las actividades también.

Estar siempre con la misma gente y hacer el mismo tipo de actividad durante mucho tiempo continuado desgasta mental, emocional y físicamente. Por eso, ¡escápate a tu isla desierta! ¡Hay muchas! Mira:

- Un libro.

- Una peli o serie.

- Un disco o lista de reproducción.

- Correr o pasear.

- Meditar.

- Videojuegos.

- Alguna actividad creativa: escribir, pintar, componer.

- Cocinar.

- Un baño laaaargo y relajado.

- Una taza de café o de chocolate.

- ... ¿qué más se te ocurre?

Hay muchas, muchas islas. Son maneras de viajar también, de desconectar, sólo que más económicas. La única condición es que las hagas tú solo. Son actividades que también puedes hacer en pareja o en grupo, ¡pero ya no serían islas desiertas! Prueba a hacerlas tú solo, de vez en cuando. El tiempo es muy variable, dependiendo de las circunstancias y de lo que tú quieras, tu estancia en la isla puede durar minutos, horas, ¡o incluso días!

Y cuando vuelvas de tu isla, te sentirás descansado, renovado, y con mejor predisposición a seguir tu relación (ya se trate de pareja, familiares, amigos o compañeros) o continuar con tu actividad.

Porque a veces, no siempre, pero sí a veces, tu mejor compañero de viaje, eres tú mismo.

Y es con quien te encuentras en tu isla desierta. ¡Un abrazo!

martes, 24 de abril de 2018

LA SENSACIÓN DE URGENCIA

De 2015 a 2017 tuve el orgullo de formar parte del APOL: el servicio de Apoyo Psicológico On Line de la Fundación Punset. Una selección de psicólogos de toda España que contestábamos consultas en torno a problemas de depresión, ansiedad, estrés, pareja, desamor, y muchos otros.

Fue una gran cantidad de trabajo, más de 150 consultas publicadas, y una enorme experiencia de aprendizaje que me llevé y que quiero compartir con vosotros, publicando algunas de las consultas más destacadas que tuve la oportunidad de contestar.

Esta semana: la sensación de urgencia. Un caso real que nos sirve como ejemplo de cómo podemos llegar a presionamos a nosotros con los tiempos que nos imponemos para hallar un trabajo, o para alcanzar la maternidad o la estabilidad... Consiguiendo únicamente a través de esa auto-presión: ansiedad y frustración.

CONSULTA


Tengo 30 años y estoy opositando. Tengo pareja estable, y sufro mucha ansiedad al no conseguir un trabajo que me dé la seguridad de embarcarme en un proyecto a largo plazo. Últimamente pienso mucho en la maternidad y en la edad para ser madre, y aunque mi pareja dice que quiere tener hijos conmigo, no concreta cuándo ni qué necesitaría para animarse a intentarlo. Esta situación hace que me plantee si realmente quiero estar con alguien así y pienso que quizás esté perdiendo el tiempo, aunque siento que le quiero. Me siento fatal porque cada día pienso una cosa, y esto hace que mis estados emocionales sean muy variantes. Él tiene trabajo estable y siempre ha sido muy independiente, y yo siento que si quiero ser madre sin tener trabajo fijo es como si quisiera aprovecharme de su situación y vivir de sus ingresos, algo que me agobia mucho sólo pensarlo. Me pregunto si encontrar trabajo sería la solución ideal.

RESPUESTA

Estar en situación de desempleo correlaciona con estados depresivos y de ansiedad. Sin embargo, si pensamos que esos estados se superan sólo cuando logremos encontrar un trabajo, estaremos condicionando nuestra felicidad exclusivamente a factores externos, ya que encontrar trabajo no depende solamente de nosotros: las ofertas disponibles, la competencia, los criterios de selección… Nuestro bienestar emocional sí depende de nosotros.


Si además añades que quieres ser madre, ya, esto aumenta la presión que te autogeneras, y provoca que sientas más ansiedad aún. Existen muchas presiones sociales que nos generan debos ficticios. Tú quieres ser madre, pero no renunciarías a ser madre si aplazaras tu maternidad a otro momento en el que ambos, tu pareja y tú, os sintáis más seguros para afrontar esa situación. Pregúntate si esa autoexigencia de ser madre ahora responde a una presión externa y si está justificada.

Puedes gestionar tu ansiedad a través de técnicas de relajación como la respiración abdominal, la relajación progresiva, o el entrenamiento autógeno. Y también a través del Mindfulness (Atención Plena), nuestra capacidad para conectar con el aquí y ahora aceptando todo estímulo que forme parte del momento presente: esto puede ser muy útil para manejar las rumiaciones y pensamientos anticipatorios que te generan ansiedad con respecto a tu situación de incertidumbre laboral. Y respecto a tu incertidumbre con la maternidad: habla con tu pareja desde la honestidad y la apertura emocional y pídele lo mismo a él. Tratad de llegar a un punto de encuentro. Que no quiera ser todavía padre, no significa que no quiera serlo en un futuro. Suerte, un abrazo.

miércoles, 18 de abril de 2018

SE INSEGURO

En mi trayectoria profesional como psicólogo he aprendido (en realidad debería decir: mis pacientes me han enseñado) que a la hora de hablar, ya sea a través de un lenguaje más coloquial o más técnico, usamos las palabras "inseguridad" y "falta de confianza" como si fueran lo mismo.

Y no lo son. De hecho, no es que no sean lo mismo. Es que son lo opuesto.

Para que haya confianza, debe haber inseguridad. Si hay seguridad, de nada sirve la confianza.

A mis pacientes con falta de autoconfianza siempre les pongo el mismo ejemplo: sabemos que la confianza es muy importante para que una relación funcione, es uno de los pilares de la pareja. Bien, confiar en la otra persona no implica estar seguro, ya que no suelo estar seguro de algo hasta que lo veo con mis propios ojos. Si miro su móvil, si le pregunto constantemente dónde está y con quién, si no la dejo salir para que esté siempre a mi lado y así pueda saber qué está haciendo, obtengo seguridad, puede, pero desde luego lo que no hay es confianza, y la relación más tarde o más temprano, morirá.

Confiar, dentro de una relación de pareja, implica que: no sé dónde estás, ni con quién ni lo que estás haciendo, pero no me imagino nada malo, porque confío en ti. Esa confianza, esa apuesta por la otra persona, ese acto de fe, genera un espacio de libertad en la que ambos miembros de la pareja se sienten libres, cómodos por tanto y, paradójicamente, seguros. 

Este modelo de confianza vs seguridad se puede (y pienso que se debe) aplicar al ámbito interno, a la relación más importante que tenemos en el mundo: la relación con uno mismo. Porque he observado que hay muchas personas que no confían en sí mismas precisamente porque quieren estar seguras de sí mismas.

Y esa pretensión de seguridad es absurda ya que es muy difícil en la mayoría de los casos, por no decir imposible, estar seguro de algo.

Entonces, nos decimos: "No, no lo hagas todavía, cuando estés seguro de que serás capaz de hacerlo, entonces". ¿Y cuándo lo estarás? ¿Es eso confiar en ti y en tus capacidades? ¿Es eso creer en ti?

Abandona esa absurda pretensión de seguridad, ¡y cree en ti! No sabes si eres lo suficientemente bueno ni nunca lo sabrás, no sabes si lo consigues hasta que lo intentas, no sabes si estás preparado hasta que te pones a ello. No esperes a estar seguro para actuar y desarrollar tus potencialidades, simplemente confía, apuesta por ti. Y para que esa apuesta sea, no segura (¿cuándo una apuesta es segura?, sólo cuando está amañada), pero sí al menos no demasiado arriesgada, lo único que tienes que hacer es:

1. Conocerte. Saber cuáles son tus fortalezas personales y también tus límites.
2. Aceptar que las cosas pueden salir mal y que eso no es el fin del mundo ni te marca de por vida, simplemente es una experiencia de aprendizaje más.
3. Confiar en ti y en que saldrán bien, porque pudiendo ir bien y pudiendo ir mal... ¿¿¿de qué te sirve pensar que va a ir mal???

Pensar que va a ir mal sólo es una excusa que te lanzas a ti mismo para no atreverte porque no estás seguro. Y no tienes que estar seguro para atreverte. Sólo lánzate al ruedo y mánchate las botas de barro, porque lo único que esperamos de ti, es una pequeña osadía.

Un abrazo, valiente.  

jueves, 12 de abril de 2018

MIS MONSTRUOS FAVORITOS

Quizá conocen la historia de aquel hombre que va al psicólogo y le dice: "Doctor, tengo un problema, a veces cuando estoy solo en mi casa de repente veo a un monstruo enorme de dos cabezas y garras gigantescas, ¿qué me pasa doctor, tiene solución mi problema?" El psicólogo, muy relajado (normalmente somos así), le contesta: "Cálmese, por supuesto que tiene solución, sólo que debe saber que el tratamiento durará alrededor de dos años y le va a costar más de 6000 euros". El hombre, muy convencido, le dice entonces: "No se preocupe doctor, que ya voy yo a mi casa y me hago amigo del monstruo".*

Todos tenemos nuestros monstruos. Y es posible que a lo largo de la vida, vayan evolucionando o cambiando de forma, transformándose, mutando. En mi caso fui un niño muy precoz: con menos de 10 años ya me había hecho amigo de Jack Torrance (Jack Nicholson en El Resplandor), la niña de El Exorcista o la madre de Jason Voorhees en Viernes 13. Lo de amigo es con ironía claro, porque al terminar de ver esas películas me iba a la cama con el miedo en el cuerpo y tenía tremendas pesadillas (y eso si conseguía dormir, claro).

El caso es que hoy, superado el trauma inicial, me encantan las películas de terror y disfruto mucho de ellas. Y no es que no me den miedo, ¡claro que me dan, eso es lo divertido! Conozco mucha gente (y hablo de gente adulta) que no ve pelis de miedo porque les dan miedo... Ejem, ¿hola?

¡Ten miedo, no pasa nada, puede ser divertido! Creo que los adultos que hoy no ven pelis de miedo porque creen que les dan miedo, en realidad han visto muy pocas pelis de miedo. Si hubieran visto más pelis de miedo, si ahora siendo adultos vieran unas pocas pelis de miedo, se darían cuenta de que aquello que les daba tanto miedo, no era para tanto.

Y así con todo en la vida, así con todo.

Los miedos se superan enfrentándolos.

Este próximo Viernes 13, aprovechando el simbolismo de la fecha, organizo un evento de Cineterapia: cine para el crecimiento. Sesión Nocturna: El Resplandor. Para enfrentar nuestros miedos, tanto al cine de terror como a otros miedos más mundanos y cotidianos de los que habla la película. Ya que como dije antes, nuestros monstruos evolucionan, y en mi caso han pasado a ser el señor del banco, la paciente que no mejora, el Ministro Montoro...

Espero hacerme algún día "amigo" de ellos. Hasta entonces, ¡te espero en el evento si estás en Málaga, sólo cuesta 3€ y habrá cinefórum posterior a la película! Y si no puedo verte, recibe al menos como siempre este abrazo...

... y felices pesadillas. Jajajajajajaja!

*Cuento (o chiste) de "El canto de la rana" de Anthony De Mello.