miércoles, 21 de junio de 2017

EL EGO SOBREPROTECTOR

El Ego es la consciencia de uno mismo.

Entonces, nos solemos referir al Ego como un ente propio, ya que yo no soy sólo yo, no soy sólo lo que hago, lo que digo, lo que siento o lo que pienso, también soy lo que pienso que hago, lo que pienso que digo, lo que pienso que siento e incluso lo que pienso que pienso.

Toma ya... Pues no acaba ahí la cosa, porque el Ego es además la consciencia de uno mismo en el mundo, ya que no somos seres aislados, sino que vivimos en constante interrelación con nuestro entorno. El Ego es también por tanto lo que pienso que hacen, lo que pienso que dicen, lo que pienso que sienten y lo que pienso que piensan, respecto a mí.

Ole. Pero tampoco acaba aquí la cosa. Porque yo no soy sólo mi Ego, aunque pueda parecerme que yo soy sólo mi Ego. En realidad: Yo soy más que lo que pienso que hago, digo, siento y pienso, y más que lo que pienso que mi entorno hace, dice, siente y piensa respecto a mí, ya que también soy lo que hago, digo, siento y pienso en constante interrelación con mi entorno. 

Sin embargo, lo que creo que es más importante (o quizá lo que creo que cree mi Ego que yo creo que es más importante... mejor dejémoslo) es que nos demos cuenta de que: existe una relación entre la consciencia de mí mismo y mi mí mismo. Es decir, entre mi Ego y Yo. Y esa relación, al igual que la relación con un familiar, un amigo, una pareja, un compi del trabajo y etcétera, también es susceptible de ser tóxica.

Lo explicaré con una pequeña metáfora: la del jarrón milenario.

Imagina que tienes un jarrón en tu casa, y que es precioso. Es tan bonito que cada vez que pasas por su lado, abrumado por su hermosura, te levanta el ánimo, te hace sentir bien. Quieres ese jarrón, lo amas.

Pero un día llega a ti una asombrosa revelación: resulta que ese jarrón que hay en tu casa, es un jarrón milenario, de un valor imposible de calcular. El jarrón ya no sólo es hermoso, ahora es importante. Y desde que sabes esto, lógicamente, te vuelves muy cuidadoso y precavido con el jarrón: ya no limpias la zona en la que se encuentra temeroso de cometer una torpeza y que se rompa, tampoco te provoca la alegría que sentías antes la visión del jarrón porque ahora ni te atreves a pasar por su lado por miedo a tropezar y derribarlo, ni siquiera invitas a amigos a tu casa, desconfiando de que alguno sepa de la valía del jarrón y decida robártelo, ¡e incluso no consigues dormir por las noches debido a este motivo!

Sin darte cuenta de cómo, el jarrón se ha ido convirtiendo en la causa de multitud de desdichas. Y es que, en realidad, el jarrón ya era valioso antes de que supieras que era milenario. Ni siquiera hacía falta que supieras de esta cualidad para considerarlo de un valor incalculable: el jarrón era hermoso, el jarrón te hacía sentir bien. Amabas el jarrón, y no hacía falta que fuera un jarrón importante, para amarle.

Cuando la consciencia de nosotros mismos en el mundo nos otorga demasiada importancia en él, aparecen el celo, la inseguridad, la desconfianza. No es que no haya amor, pero no fluye, porque lo que fluye es el miedo, y ese miedo bloquea el amor. El Ego está orientado a la protección y tan enfocado en ella, debido al peso y relevancia que nos da, que finalmente se convierte en sobreprotección.

Cuando me quiero, sin condiciones, porque no necesito ser milenario, no necesito ser importante, no necesito que no me rompan, simplemente me quiero, independientemente de lo que piense que haya hecho, dicho, sentido o pensado, y por supuesto, totalmente independiente a lo que piense que otros hagan, digan, sientan o piensen de mí, entonces, fluye el amor.

El miedo empuja la sobreprotección, que sólo lleva a más miedo.

Y lo que empuja el amor, es el amor.

Un abrazo.

Y:


Date el suficiente valor
como para que te dé igual que te rompas.
Porque cuando eso pase, será el valor que te das,
lo que recomponga tus piezas.

jueves, 15 de junio de 2017

REALMENTE: ¿QUEREMOS SER FELICES?

En mi trabajo como psicólogo me he dado cuenta de que la mayoría de las personas no queremos ser felices.

Y no hablo de esas personas que se odian o menosprecian a sí mismas hasta el punto de que no se consideran merecedores de sentir felicidad y por tanto se autosabotean constantemente. Esas personas no son la mayoría, y ése es otro problema a tratar, y que debe ser abordado en psicoterapia.

No, de lo que yo hablo es que la mayoría de las personas no queremos ser felices porque lo que queremos es que nos pasen cosas buenas para ser felices.

Condicionamos por tanto un estado interno a factores externos: eventos, resultados, cosas que tengo u obtengo.

Y hasta cierto punto ha de ser así. Hasta cierto punto... Es decir: es antinatura forzarme a sentirme bien cuando me ha pasado un evento negativo, he perdido algo o no he obtenido lo que quería.

El problema aparece cuando valoro mi vida o me valoro a mí mismo exclusivamente en función de lo que me pasa, lo que consigo o lo que tengo.

Ése es un problema muy chungo. Casi tanto, ahora que caigo, como el de pensarse no merecedor de felicidad.

Porque si pienso: "Para ser feliz han de pasarme cosas buenas o conseguir lo que quiero o tener muchas cosas", fácilmente llegaré a la conclusión de que: "Me pasa algo malo o no consigo lo que quiero o no tengo muchas cosas... no merezco ser feliz".

Ridículo.

La adversidad, el fracaso, la pérdida y la carencia forman parte de la vida, y si quieres ser feliz, tienes que vivir la vida, tal como es, aceptándola, con sus sombras y sus luces, y así también has de aceptarte a ti mismo.

La felicidad podemos entenderla como una emoción, como un estado de ánimo, como bienestar. No es una meta, no es un estado permanente, es transitoria.

Pero sí es cierto que cuando nos pensamos a nosotros mismos y valoramos nuestra sensación de bienestar global, podemos preguntarnos: "¿Soy feliz, tengo una buena vida, tengo la vida que quiero tener?" Y entonces me puedo contestar: "No, porque sufro; no porque no consigo ciertas cosas o no tengo muchas otras".

Da igual. En serio, da igual. DA IGUAL.

Sufre. Y sé feliz.

Fracasa. Y sé feliz.

Pierde. Y sé feliz.

Ten poco, pero ten felicidad.

No eres peor persona, ni más desgraciado, ni más infeliz por que te pasen o te dejen de pasar cosas malas o buenas. La felicidad no va de las cosas. La felicidad va de lo que haces, con las cosas. Un abrazo.

miércoles, 7 de junio de 2017

EL SÍNDROME DE LOS BICHOS RAROS

Una autoestima sana es el pilar base para una vida feliz.

Entendiendo vida feliz como bienestar, que desde luego no implica estar siempre bien.

Pero difícilmente vamos a sentirnos bien en algún momento, si no nos sentimos bien con nosotros mismos.

Por eso las consultas de psicólogos se llenan de personas con problemas de ansiedad y depresión, y por muy distinto que sea el origen, la mayoría presenta un denominador común: falta de autoestima.

Cuando un psicólogo detecta esta falta de amor propio, una de las acciones más comunes, y que se fomenta mucho desde la Psicología Positiva, es la de promover el autoconocimiento en el sujeto, para que su autoconcepto, que seguramente estará sesgado por distorsión, cambie, y se aproxime a una definición más exacta y justa de la realidad. 

Además, se persigue sobre todo que la persona conozca cuáles son sus fortalezas personales, sus virtudes, sus recursos, lo que tiene de bueno, lo que se le da bien, ya que ese feed back positivo mejorará su autoimagen al tiempo que le dota de autoconfianza para afrontar sus retos de vida.

Todo esto es bueno. Todo esto hay que hacerlo. Todo esto sirve.

Sin embargo... me he dado cuenta de una cosa. Mis años de experiencia profesional como psicólogo me han aportado una especie de revelación con una utilidad profundamente personal y que ahora quiero compartir contigo. Y es la siguiente:

La mayoría de las personas con déficit de autoestima,
no se piensan con una carencia de fortalezas,
sino que no les dan valor porque creen que sus defectos
les hacen especialmente inferiores.

Estas personas, nosotros, ¡yo!, nos creemos como bichos raros. Si tenemos miedo, nos pensamos los más cobardes del mundo. Si fracasamos, interiorizamos el fracaso como algo que forma parte de nosotros. Si nos hacen daño llegamos a la conclusión de que es lo normal, si sobreviene la adversidad que es lo que me toca.

Es tan grave hacer este tipo de interpretaciones.

Porque no es verdad. Pero atrapados por esa maldición de inferioridad que nos hemos autoatribuido, llegaremos a la conclusión de que mis limitaciones, mis fallos, mis desgracias, es lo que me merezco, porque no soy lo suficientemente bueno.

Es difícil liberarse de esa maldición de pensarte peor que el resto, es muy difícil. Sobre todo hacerlo uno solo. Por eso te pido que, si conoces a alguien que sospechas está bajo el dominio de esa maldición, le digas: "yo también".

Yo también he tenido miedo.

Yo también he fracasado.

Yo también me he sentido incapaz.

Yo también he estado en la mierda.

A mí también me han hecho daño.

A mí también me han rechazado.

Yo también he sido un "bicho raro".

El autoconocimiento y descubrimiento de las fortalezas personales es muy importante para tener una buena valoración de uno mismo. La aceptación de nuestra vulnerabilidad, es imprescindible.

¡Y que vivan los bichos raros! Un abrazo.

Recordatorio: este sábado 10 de junio por la mañana hago Taller de Autoestima: ¡Soy imperfecto y me alegro! en el Centro de Málaga. ¡Te espero! 

jueves, 1 de junio de 2017

ANSIEDAD ANTE LOS CAMBIOS

Desde 2015 tengo el orgullo de formar parte del APOL: el servicio de Apoyo Psicológico On Line de la Fundación Punset. Una selección de psicólogos de toda España que contestamos consultas en torno a problemas de depresión, ansiedad, estrés, pareja, desamor, y muchos otros.

Desde entonces, una gran cantidad de trabajo, más de 150 consultas publicadas, y una enorme experiencia de aprendizaje que me llevo y que quiero compartir contigo, publicando algunas de las consultas más destacadas que he tenido la oportunidad de contestar.

Esta semana: Ansiedad ante los cambios. ¿Quién no la ha sufrido? A través del siguiente caso real  te propongo algunas claves para superarla.

CONSULTA

Hace cuatro meses me mudé de ciudad esperando cambiar mi vida. Tengo 28 años y decidí estudiar una nueva carrera, si bien estoy contenta con mi elección, siento mucho miedo de no poder estar a la altura, además de muchísima inseguridad al momento de buscar trabajo (ya que mis padres me ayudan económicamente ahora). Tengo episodios donde mi autoestima está por los suelos y no soy capaz de cumplir con los objetivos que me gustaría alcanzar, es una especie de auto sabotaje que no me deja vivir.

RESPUESTA

El autosabotaje del que hablas se puede dar de diversas maneras. Una a través del pensamiento anticipatorio: anticipar lo malo cuando no tenemos evidencias ciertas de que vaya a ocurrir. “No voy a estar a la altura, no voy a encontrar trabajo…”. Puede provocar el efecto de la profecía autocumplida: si pienso que mis posibilidades de encontrar trabajo son mínimas, no me esforzaré mucho por encontrarlo y… finalmente, no encontraré trabajo.

Este pesimismo boicoteador se contrarresta con una actitud optimista. Se ha demostrado que el optimismo actúa como una fuerza que nos acerca a los objetivos porque se produce un ajuste entre las expectativas y el esfuerzo. Pero optimismo no es pensar que las cosas me saldrán bien porque el universo se va a alinear a favor mía. Es enfrentarte a los retos siendo consciente de que tienes los recursos personales necesarios para superarlos. Por eso nuestra autoconfianza y, asociada a ésta, nuestra autoestima, es decir, la valoración que hacemos de nosotros mismo, influye directamente sobre nuestra capacidad para ser optimistas.

¿Conoces cuáles son tus recursos personales, tus fortalezas y virtudes? Un ejercicio que te puede ayudar en este autoconocimiento es hacer una lista de tus logros: las cosas que has conseguido, que has superado, que has aprendido… o incluso aquellas veces en las que fracasaste pero te sientes orgullosa por haberlo intentado. En la sociedad actual se tiende a sobrevalorar el fracaso, pero la verdad es que cada fracaso es una lección de aprendizaje que nos ayuda a mejorar. El fracaso es imprescindible para el crecimiento. 

Por último, ajusta tus objetivos a tus capacidades, es decir: proponte metas que sean realistas, claras y concretas. Y date tiempo para alcanzarlas, y margen para equivocarte y rectificar sobre la marcha. Ánimo, un abrazo.