Cuando los psicólogos y psiquiatras hablamos de salud mental, estamos hablando de un concepto condicionado por tres dimensiones: la biológica (la que tiene que ver con la genética), la psicológica (la que tiene que ver con la historia de vida de la persona y de cómo ha influido en sus procesos mentales y emocionales), y la social (el contexto en el que se desarrolla la persona).
Se pone (a veces) demasiado el énfasis en cómo las dimensiones biológica y psicológica influyen en la aparición de trastornos psicoemocionales, pero, en mi opinión, aunque esas dimensiones son muy importantes, quizá la más importante sea la social, porque no podemos separar la historia de vida de una persona del contexto en el que ha tenido y tiene lugar esa historia, y porque la herencia genética de esa persona está también marcada por el contexto en el que se desarrollaron sus cuidadores principales.
Y para los psicólogos, particularmente, se nos hace muy difícil ayudar a alguien (aunque lo hacemos... hasta donde podemos) cuando una de las causas principales de su estrés, ansiedad o depresión es que no puede iniciar un proyecto de vida porque la vivienda es inaccesible, o porque vive asfixiado económicamente por el alto coste de su vivienda, o porque está temiendo un desahucio inminente. ¿Qué le decimos a esa persona? ¿Haz mindfulness?
Insisto: sin unas condiciones mínimas de vida, no hay salud mental (ni integral) que valga.
Sin embargo, si tú no tienes esos problemas de vivienda, ¿qué coño te importa esto a ti? ¿Verdad?
Parece que vivimos en una época particularmente individualista y, también, egoísta, donde cada vez es más difícil encontrar actitudes prosociales, es decir, actitudes que se preocupen (y ocupen) por lo ajeno: por el bien común, por la igualdad, por la cohesión social. Frente a la prosocialidad, se está imponiendo su opuesto, la antisocialidad: una falta de consideración o incluso desprecio por los derechos y los sentimientos de los demás. "Si no puedes comprarte una casa, a mí qué me cuentas, haber estudiao". O haber trabajado antes, o haber ahorrado más... O haber nacido en los 60 o 70, ¿no?, cuando, para nada, existía este desfase tan brutal que existe ahora entre ingresos y precio de la vivienda.
En los años 80, década en la que nací y en la que, por razones obvias, no podía comprarme una casa, el precio de una vivienda ocupaba entre 3 y 4 años de salario bruto íntegro. En 2026, entre 7´5 y 10 años. Solo con este dato, observamos que los ingresos y el precio de la vivienda han subido de manera muy desigual, y que el esfuerzo que hay que hacer hoy por acceder a un hogar es mucho mayor, el doble o más. "Ahorra". ¿Cuánto? Mucho más de lo que tuviste que hacerlo tú, ¿verdad?
Por supuesto, esta actitud despreciativa a los derechos ajenos o, sencillamente, al sufrimiento ajeno, no es algo generalizado. Hay muchas personas que se preocupan y/u ocupan no solo de lo suyo, también de lo que es de todos: la comunidad en la que vivimos y nos desarrollamos. Solo digo que observo un aumento de actitudes antisociales en detrimento de las actitudes prosociales que son deseables. Pero... ¿por qué son deseables?
O, preguntándolo de otra manera, ¿por qué una persona a la que le va bien ha de desear vivir en una sociedad en la que impere la prosocialidad? Si quizá a esa persona le ha ido muy bien siendo individualista y egoísta, ¿por qué vivir ahora en un contexto en el que las dinámicas nos empujen a hacer cosas no solo por el bien individual sino también por el bien común?
Por una característica de la prosocialidad que he nombrado antes: la cohesión social. Cuando hay cohesión social las personas sienten que se desarrollan en un contexto más seguro, donde hay más oportunidades para todos y también mayor resiliencia ante las crisis. La convivencia es más pacífica y se reduce la conflictividad social (por así decirlo, hay mucho más "buen rollito"). Y, por supuesto, lo anterior es clave para que también haya una mejora de la salud mental y el bienestar comunitarios. En general, las personas son más felices en comunidades en las que hay mayor cohesión social.
¿Y qué es lo que más favorece la cohesión social? La igualdad económica. ¿Y qué se está cargando la igualdad económica? Los ricos, por supuesto: la acumulación de riqueza por partes de los que más tienen y que extraen riqueza a los que menos tienen. Y eso es lo que está pasando con la vivienda, claro. Gente que tiene más y que le pide un esfuerzo demasiado elevado a gente que tiene menos para que puedan vivir entre cuatro paredes y un techo.
Y este contexto de mierda se carga la salud mental de quienes sufren el problema de la vivienda, pero también se la dificulta a los que no la sufren, porque, sencillamente, no nos estamos desarrollando en una comunidad sana.
Sino en una sociedad enferma.
Por cierto, teniendo en cuenta todo esto, no se me ocurre una invitación más sanaa ser prosocial que la de animarte a participar en la Huelga General por la vivienda del 11 de noviembre.
Por tu salud, por la de todos, por una condiciones mínimas de vida garantizadas para todos y todas, por... Coño, por un mundo mejor, y ya está.
Cuestiona todo lo que digo, la duda nos acerca más a la verdad.
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Si te gusté yo, hago terapia psicológica en consulta en Málaga y online para todo el mundo. También tengo un par de libros.
Y, con actitud prosocial por mi parte, ¡recibe este abrazo!

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